Lectivo divina de Hechos de los Apóstoles Servidores y testigos de la Verdad III

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Lectio divina Adviento 2012 - "Aumentanos la fe"

Lectivo divina de Hechos de los Apóstoles
Servidores y testigos de la Verdad III
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Lectio divina
Hechos de los Apóstoles
Servidores y testigos de la Verdad III
ARZOBISPADO DE MADRID

Selección de textos y comentarios:
Andrés García Serrano (coord)

LA LECTIO DIVINA

La lectio divina es, sobre todo, la obra del Espíritu en nosotros que habla al hombre por medio de la Palabra de Dios para mostrarle la voluntad del Padre. De este modo, la lectio divina permite mostrar la esencia más íntima del hombre facilitándole conocer el plan de Dios sobre él, y, por tanto, conocerse a sí mismo. Para ello la lectio divina parte del texto de la Palabra de Dios, realizando una lectura atenta que preste atención a cada mínimo detalle del texto. La lectio divina consiste en un leer atentamente el texto bíblico, meditando en su significado para hacerlo nuestro. Es ese entrar en diálogo confiado con Aquel que nos dirige su palabra hasta quedarnos contemplando, admirados, la belleza del rostro de quien nos habla. Y esta contemplación ciertamente transforma nuestra vida.

Una imagen vale más que mil palabras. Palabra y visión no se oponen, son cauces complementarios que pueden ayudar a comprender la esencia de la lectio divina. Tratemos de explicarla mediante la contemplación de un cuadro de Tiziano en el que aparece San Jerónimo rezando. San Jerónimo, patrono de los exegetas católicos puesto que el Papa español San Dámaso le encargó la traducción de las Sagradas Escrituras al latín, la lengua del pueblo en aquel momento, nos puede ayudar en el arte de la lectura espiritual de la Sagrada Escritura, con la que queremos rezar a lo largo de este curso 2013-2014.

Observemos el cuadro. Su marco es el desierto agreste. Todo evoca al retiro y al silencio, pero nada dice. Nada distrae al espectador de la imagen de San Jerónimo y de su mirada ardiente, clavada en los clavos de Cristo, clavada en Cristo. Es el marco de toda búsqueda de Dios, que no puede darse sin silencio, sin interioridad, sin un cierto pararse y darse solo a Él. ¡Cuánto necesitamos este silencio en medio del vértigo de nuestros días! La contemplación de la Palabra de Dios será un oasis de paz en Dios, un escuchar tranquilamente la voz de Dios que habla en nuestra intimidad.

En el ángulo superior izquierdo encontramos, casi un detalle, la Cruz. En su humildad, la Cruz de Cristo no llena la escena, pero sin embargo, todo converge hacia ella. No se impone, pero sin ella la obra entera carecería de sentido. Todo el cuadro invita a buscarla. Este cuadro es todo un tratado de contemplación sobre la búsqueda del rostro de Cristo. Jerónimo busca a su Señor, el consuelo y la gloria del Resucitado. Parece como si todo el cuerpo pendiera de esa mirada. La mi- rada profunda de San Jerónimo es la mirada del que ama a Cristo y se identifica con Cristo, hasta en la cruz. La oración sólo se ilumina cuando tendemos y miramos a Cristo y no a nosotros mismos.

¿Pero quién busca a Cristo? San Jerónimo, en su humanidad desnuda, sin tapujos. El Santo se encuentra, con el peso de sus años, orientado hacia el objeto de su deseo, la visión del Señor. Es decir, San Jerónimo no sólo mira a Cristo, sino que también se deja mirar por Él. Deja que Cristo mire su carne desnuda, enferma, quizás herida por su pecado, anciana. Ese diálogo de las miradas es la oración contemplativa que une la carne gloriosa de nuestro Señor con nuestra desnuda carne.

El cuerpo, con su verdad desnuda, se cubre parcial- mente con un manto rojo. Es la Iglesia. Tiziano lo ex- presa con este manto cardenalicio, teñido de púrpura en la sangre de los mártires. El que reza está en soledad, pero nunca solitario. Esta dimensión eclesial es un rasgo esencial de toda contemplación cristiana. En el seno de la Iglesia, el rostro de Cristo se hace accesible a todo el que lo busca con sincero corazón. Dejémonos acompañar por la Iglesia, por su Magisterio, por sus santos y por nuestras comunidades parroquiales.

Si la mirada de San Jerónimo orienta el cuerpo y tira de él hacia Cristo, las manos nos enseñan el camino. La una está sobre la Biblia; la otra sobre la piedra. San Jerónimo busca al Señor en las palabras del Señor. Y nuestra madre la Iglesia nos dice que la Palabra de Dios es la Biblia. Parece como si San Jerónimo se impulsara hacia el crucifijo apoyándose en el libro santo. Como decían los Padres de la Iglesia, ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo mismo. Pero no sólo eso, del mismo modo, conocer las Escrituras nos lleva a conocer el corazón de Dios en la Palabra de Dios.

En la otra mano, San Jerónimo tiene una piedra. La lectura orante de las Sagradas Escrituras no es superficial, ni de una mirada curiosa. Se trata de una mirada empeñativa, que está dispuesta a sufrir y luchar por amor. El amor busca la unión, la identificación, aunque cueste. Queremos leer y meditar la Palabra de Dios uniéndonos al Señor hasta formar una sola cosa con Él. La oración sería un simple pasatiempo, una evasión, si se la priva de este deseo de cambiar la vida, de hacer todo aquello que el Señor nos manifiesta en la oración. Es una contemplación transformadora, aunque cueste. Se trata, en definitiva, de descubrir la voluntad de Dios para luchar para hacerla propia. La piedra expresa la actitud de quien dice: «Señor, ¿qué quieres que haga?», ¿qué he de hacer para identificarme más contigo?. La Palabra de Dios es ese libro de discernimiento (mano izquierda) que ilumina las dificultades propias de la vida (mano derecha) para identificarnos progresiva- mente al Verbo Encarnado, el hombre perfecto.

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