Adviento - Cuarta semana

Publicado en Lectio divina

CUARTA SEMANA

Mateo 21, 28-32: Parábola de los dos hijos

EVANGELIO DEL MARTES DE LA TERCERA SEMANA DE ADVIENTO

En aquel tiempo dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: «¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: “Hijo, ve hoy a trabajar en la viña”. Él le contestó: “No quiero”. Pero después se arrepintió y fue. Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. Él contestó: “Voy, señor”. Pero no fue. ¿Quién de los dos cumplió la voluntad de su padre?». Contestaron: «El primero». Jesús les dijo: «En verdad os digo que los publicanos y las prostitutas van por delante de vosotros en el reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia y no le creísteis; en cambio los publicanos y las prostitutas le creyeron. Y, aun después de ver esto, vosotros no os arrepentisteis ni le creísteis».

Lectio: ¿Qué dice este texto?

Jesús habla a los sumos sacerdotes y a los ancianos, a los que han de guiar al pueblo a vivir la Alianza con Dios.

Trabajar en la vina. El mundo aparece en este pasaje, como en tantos otros, como el escenario en que los hombres han de desarrollar su acción, su trabajo, siguiendo la voluntad de Dios. No se detiene en detallar las tareas, lo que cuenta es la obediencia o desobediencia al Señor.

Las palabras y los hechos: “No quiero” / “Voy, Señor”. “Se arrepintió y fue” / “Pero no fue”. Para Jesús, como para sus oyentes, es en las obras donde se cumple o incumple la voluntad del Padre Dios. Y este obrar puede ser diverso, puede cambiar radicalmente, cuando se cree y se experimenta un arrepentimiento interior.

Lo importante para Jesús no es el pasado de las personas, sino que por la fe lleguen a arrepentirse, a experimentar ese cambio que les lleva por el camino de la justicia y de la voluntad de Dios.

 

Meditatio: ¿Qué me dice este texto hoy?

La vina de Dios son los hombres, y nosotros estamos llamados a trabajar en ella con amor. La Misión Madrid nos recuerda que Dios ama a todos y cuenta con nosotros para hacerles partícipes de su amor.

El primer hijo hizo mal en negarse. Pero se arrepintió. Y así cumplió la voluntad de Dios. Según Jesús, es un modelo para nosotros. No hemos de desanimarnos cuando descubrimos que no siempre hemos sido prontos para responder al Señor. Lo importante es recapacitar, arrepentirse, y Él ofrece siempre su perdón. Por la misericordia del Señor siempre podemos retomar el camino, volver a Él, y llegar a ser auténticos servidores de Dios. Es la maravilla que Dios nos ofrece en el sacramento de la Reconciliación.

Dios no desespera de nadie, sabe que siempre puede haber un cambio interior. Tampoco nosotros debemos etiquetar a las personas, desesperar de ellas, dar por cerrado su camino. Superando prejuicios y desánimos, el verdadero misionero aprende a ser audaz y paciente, como el mismo Dios.

Los publicanos, grandes pecadores, y las prostitutas, van por delante de los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo en el Reino de Dios. Ellos, ricos y poderosos, ellas, pobres maltratadas. Pero, a diferencia de sacerdotes y ancianos, han escuchado, han creído, se arrepienten, se abren a la misericordia de Dios.

Jesús vincula el arrepentimiento con la fe. Ellos creyeron. Vosotros no creísteis ni os arrepentisteis. La fe cambia la vida, porque nos lleva a enmendar el camino, a dejar de vivir de espaldas a Dios. La fe nos libera del encierro en nosotros mismos, en nuestros caprichos, manías, egoísmos y perezas. Transforma a ricos y pobres, publicanos y prostitutas, en personas nuevas, en hijos del Reino, en siervos de Dios. También a mí, y a los míos, la fe nos llama a la conversión.

El anuncio de Jesucristo puede ser para muchos el momento de su salvación. Muchos, por ignorancia, o por las durezas de la vida, niegan, rechazan u olvidan acoger la Palabra de Dios.

Acaso escandalizados por aquellos, que tenemos la misión de acercarles a Dios. Hemos de comenzar por convertirnos, y reencontrar la audacia de proclamar la misericordia de Dios. Pues Él no da por perdido a nadie, la vida de nadie carece de futuro, y todos son llamados a creer y renacer de Dios.

 

Oratio: ¿Qué le digo yo al Señor en respuesta?

John Henry Newman vivió como un auténtico converso, buscando la verdad y la plena comunión con Cristo en la plenitud de la comunión con su Iglesia. Dedicó su vida a invitar a los hombres a la conversión. Hoy, bien puede ofrecernos su plegaria, para que la hagamos nuestra, pidiendo el don de nuestra propia conversión:

 

Amado Señor,

Ayúdame a esparcir tu fragancia donde quiera que vaya.

Inunda mi alma de Espíritu y vida.

Penetra y posee todo mi ser hasta tal punto

que toda mi vida solo sea una emanación de la tuya.

Brilla a través de mí, y mora en mí de tal manera

que todas las almas que entren en contacto conmigo

puedan sentir tu presencia en mi alma.

Haz que cuando me miren ya no me vean a mí

sino solamente a ti, oh Señor.

 

Quédate conmigo y entonces comenzaré

a brillar como brillas Tú;

a brillar para servir de luz a los demás a través de mí.

La luz, oh Señor, irradiará toda de Ti; no de mí;

serás Tú, quien ilumine a los demás a través de mí.

Permíteme, pues, alabarte de la manera que más te gusta,

brillando para quienes me rodean.

Haz que predique aun sin predicar,

no solo con palabras sino con mi ejemplo,

por la fuerza contagiosa, por la influencia de lo que hago,

por la evidente plenitud del amor que te tiene mi corazón. Amén.

 

Contemplatio: El Evangelio está vivo en mi interior

Contemplemos interiormente la escena. Mira a los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo, y mira al Señor. Mira como les cuenta la parábola; fíjate en el tono de su voz.

Admira la valentía de Cristo que les reprocha su falta de fe, mientras alaba a los humildes que buscan el perdón de Dios.

Mírate a tí mismo ante Cristo, necesitado de cambio y conversión. Escucha como te renueva su llamada, para que ahora digas “sí” donde tantas veces has dicho “no”. Mira cómo te invita a una nueva justicia, a vivir la fe, a servir a Dios. .Vas a enojarte o a quedarte impávido? .No le vas a abrir hoy el corazón? Te quiere su misionero. Te quiere su servidor.

 

Para compartir. Collatio: ¿Qué digo a mis hermanos?

Cuando, como es deseable, la Lectio Divina se practica en grupo, el que guía la oración común puede en este momento invitar a los participantes a compartir alguna de sus reflexiones, de las sugerencias que el Señor les ha suscitado en este encuentro, o de las oraciones que ellos le han presentado. De este modo la oración de los unos enriquece a los otros y muestra más claramente su carácter siempre eclesial.


Para cambiar de vida. Actio: ¿Y a partir de ahora qué voy a hacer?

¿He pactado con mi propia mediocridad, desesperando de que para mí sea posible un cambio?

¿Sigo confiando en mis propias fuerzas más que en el poder de Dios?

¿Abro futuro a las personas, acercándolas a Cristo?

¿Propongo los caminos de la justicia, que por medio de la fe en Cristo llevan a renacer de Dios?

 

La Palabra de Dios en el seno de su Iglesia

“El Señor habló en esta parábola a aquéllos que ofrecen poco o nada,
pero que lo manifiestan con sus acciones,
y en contra de aquéllos que ofrecen mucho
y que nada hacen de lo que ofrecen”.
(ORÍGENES, Homilía 18 sobre san Mateo)

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