La Navidad revela la misericordia que vence la indiferencia

¡Qué fuerza y belleza tiene la celebración de la Navidad! La entrada de Dios en la historia de los hombres nos presenta un nuevo camino para estar en esta tierra y para hacerla habitable para todos. La Navidad revela la misericordia que vence la indiferencia. Este es el progreso que aportamos los discípulos de Cristo. ¿Qué significado tiene para un cristiano la palabra progresar? Ciertamente no es lo que, en muchos momentos, pensamos nosotros o nos hacen pensar otros. Para un discípulo del Señor, el progreso hay que entenderlo contemplando lo que sucede en Belén de Judá cuando Dios se hace Hombre para regalarnos su vida y entregarnos su salvación. Mirando donde tiene lugar el nacimiento de Jesús, progreso significa abajarse para avanzar, entrar por el mismo camino de Dios, que es el de la humildad, donde lo que se resalta y aparece a primera vista es el «amor mismo de Dios». Un amor a todos, para todos y de todos. Es Dios que se hace Hombre para acercarse a todos los hombres. Es ese camino del amor que va en una dirección no acostumbrada: cuanto más subes, más disminuyes; cuando más amas, más pequeño te haces. El Maestro de este camino es Jesucristo, que «siendo Dios no tuvo a menos hacerse Hombre y pasar por uno de tantos».

Es el camino que recorren María y José para hacer presente en este mundo a quien es el verdadero progreso y avance. María dice un «sí» que manifiesta una confianza absoluta en Dios; aunque no entienda, se deja guiar por la voluntad de Dios. José se baja y cree en Dios, y acepta llevar sobre sí la gran responsabilidad de su esposa a la espera del Salvador. Impulsados por el amor a Dios y a los hombres, los dos hacen posible que se revele a todos los hombres el camino del verdadero progreso, que es el camino que encontramos en la cueva de Belén, camino de humildad donde se resalta y alumbra con toda su fuerza el Amor de Dios. Un amor a todos los hombres, que viene para todos, que quiere hacer el regalo de su vida a todos sin excepción. Y lo realiza mostrando y resaltando que su amor tiene una connotación: es la misericordia. Abraza a todos y es capaz de vencer cualquier situación de indiferencia hacia personas, grupos e ideas; nunca entrega descartes, vino para encontrarse con todos los hombres y lo quiere seguir realizando a través de su Pueblo. ¡Qué camino más maravilloso! Tomar el camino del abajamiento, de la humildad, es hacer posible que toda la caridad de Dios, su amor misericordioso, esté en el camino de los hombres, en todos los caminos de los hombres.

La Iglesia tiene que celebrar la Navidad, la venida del Señor a este mundo. Y la Iglesia tiene que seguir preparando la segunda venida. Debe hacerlo como se hizo la primera: tiene que hacer visibles los signos de la presencia y de la cercanía de Dios. Lo que hizo Dios mismo, que se abajó a los caminos por donde transitaban los hombres; esto es lo que contemplamos en la Navidad. Dios se acerca a nuestras vidas y a nuestra historia, y nos hace experimentar el Amor que nos tiene, el Amor que nos salva. Un Amor que nos hace volver a recuperar la dignidad que habíamos perdido y hace que regalemos, con su mismo Amor, esta dignidad a quienes nos encontremos en el camino de nuestra vida. Y ello nos lleva a recuperar la esperanza. Recuperar la dignidad y volver a tener esperanza, van unidos. Es la dignidad de reconocer que todos los hombres son hijos de Dios. Solamente el amor de Dios nos devuelve la dignidad: ni el dinero, ni unas ideas, ni unos proyectos por muy buenos que sean. El Amor de Dios nos enseña que no podemos ser indiferentes a ninguna situación que viva el ser humano, que no podemos dejar de lado todo aquello que, en estos momentos, a mí no me estorba, pero daña en cualquier parte del mundo la dignidad y la esperanza del ser humano. Si tenemos el Amor de Dios, vencemos la indiferencia. Acoger la Navidad es saber vivir con y desde Dios, que ha llegado y nos ha dicho el rostro que tiene el hombre.

La celebración de la Navidad tiene que engendrar en nosotros esa alegría que no es mero entusiasmo, sino algo mucho más profundo, algo que nos haga incluso pensar o decir: ¿esto es real? Es la alegría de los pastores de Belén y de los Magos en el encuentro con el Señor. Este encuentro les dejó tal huella en lo más profundo de su corazón, les produjo tal paz y consuelo espiritual, les hizo vibrar de tal modo su corazón, que cambiaron sus vidas; percibieron cómo Dios se nos regala; cómo no está lejos, sino que se pone al lado de los hombres; cómo no es inaccesible; cómo ha disipado toda ambigüedad haciéndose niño; cómo se ha hecho prójimo restableciendo la imagen del hombre; cómo nos llama a hacerlo presente, mostrando su gloria y haciéndonos ver que hay otro camino para los hombres que viene de Dios: la misericordia. Como les pasó a los Magos y a los pastores, dejemos que esto haga mella en nuestro corazón, nuestra alma y nuestra mente. Los pastores pudieron escuchar: «Gloria a Dios en cielo, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad» y aquello les puso en camino: «Vayamos, pues, a Belén y veamos lo que ha sucedido y que el Señor nos ha comunicado. Fueron y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre» (cf. Lc 2, 14-15). Los Magos, que representan a todos los hombres, fueron guiados por la estrella, «entraron en la casa, vieron al niño con María su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo los cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra...se retiraron a su tierra por otro camino» (cf. Mt 2, 11-12). Unos vieron la gloria de Dios y otros fueron por otro camino.

Os invito a contemplar un cuadro inolvidable de la Navidad. En él están tres personas: Jesús, María y José. Cada una de ellas nos da el mismo horizonte para vivir: «La Navidad revela la misericordia que vence la indiferencia». Contemplad y mirad:

1. A Jesús: por Él, el eterno Dios ha descendido en el hoy efímero del mundo, arrastrando nuestro hoy pasajero al hoy perenne de Dios. ¡Qué maravilla, Dios es tan grande que puede hacerse pequeño! ¡Dios es tan poderoso que puede renunciar a su esplendor divino y puede descender al establo para que podamos encontrar su bondad que nos toca, su sabiduría que nos comunica belleza, su grandeza en nosotros! Dios a nuestro lado, Dios de nuestra parte, Dios con todos los hombres.

2. A María: que nos enseña a acoger siempre a Dios. Ella nos enseña a decir «sí» a Dios, nos regala su «hágase en mí según tu palabra». Ella es portadora de alegría y esperanza para los hombres, acogiendo a Dios en su corazón, convencida de que la luz de Cristo es la que disipa las tinieblas y las oscuridades en este mundo.

3. A José: es el hombre que, en una adhesión absoluta a Dios, con una fe inquebrantable, deseando vivir desde las razones de Dios, sabe que cuidar la presencia de Dios entre los hombres nos permite amar de verdad. Él sabía que el misterio del Amor nos saca de la pobreza y nos hace entrar en la riqueza que Dios da; abrió la puerta de su corazón para servir la entrada y la presencia de Dios entre los hombres.

¡Feliz Navidad! Con gran afecto, os bendice:

+ Carlos, arzobispo de Madrid

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