La Cuaresma de la misericordia

Atrévete a hacer una peregrinación interior y de confianza. Ten valentía, no vivas de la soledad que nace de tus propias fuerzas. Esa soledad te hace sentir hambre de alegría, de paz, de donación, de entrega, de servicio desinteresado, de convivencia fraterna con todos los hombres y de amor. Te invito a que descubras cómo la Cuaresma es el tiempo privilegiado de la peregrinación interior hacia Aquel que es la fuente de la misericordia. Tiene un nombre: Jesucristo. En esta peregrinación Él nos acompaña siempre a través del desierto. Un desierto que tiene su paisaje en vivir conscientemente la pobreza en la que estamos cuando caminamos por nuestra cuenta y al margen de Dios. No vivas así. No merece la pena vivir de esta manera que no es la real, no es la que te ha regalado Dios.

Sin embargo, si vivimos este tiempo de Cuaresma como esa gran peregrinación interior y de confianza en quien nos ha dicho que solamente Él es el Camino, la Verdad y la Vida, dejándonos sostener por esa alegría intensa de la Pascua, que es el triunfo de Jesucristo, lograremos tener una experiencia de vida inigualable. El abrazo de un Dios que nos levanta de la postración en la que vivimos cuando caminamos sin más fuerzas que las nuestras es de tal hondura, nos lleva a tal profundidad de vida, que hace que nos encontremos en Él y le encontremos a Él en nosotros. Y vemos que la historia personal y colectiva que hacemos, la realizamos sabiendo que Dios nos guarda y nos sostiene.

La Cuaresma es el tiempo de gracia que Nuestro Señor nos otorga a través de la Iglesia para experimentar la fidelidad de Dios en su amor al hombre y al mundo. Te lo voy a explicar de una manera sencilla: cuando el ser humano y el mundo cayeron en las tinieblas de la ignorancia más tremenda y del error más absoluto, cuando entró el ser humano en la cerrazón de sí mismo, viviendo desde el egoísmo y en el desorden más terrible, cuando el ser humano experimentó el sufrimiento y la muerte, Dios rico en misericordia devolvió al hombre y al mundo todos los bienes perdidos enviando a su Hijo y dándonos a los hombres el Espíritu Santo. ¡Qué bien nos lo decía el Papa san Juan Pablo II en la encíclica Redemptoris Missio! «El Reino de Dios no es un concepto, una doctrina o un programa sujeto a libre elaboración, sino que es ante todo una persona que tiene rostro y el nombre de Jesús de Nazaret, imagen de Dios invisible» (18, 2). Y es que el Señor, con sus obras y con sus palabras, comenzó a comunicar a los hombres el Reino de la verdad y de la vida, de la justicia y del amor. Precisamente para eso funda la Iglesia como canal inagotable de verdad y de vida, para comunicarnos a todos los hombres su Reino.

Libremos el combate que Cristo libró en el desierto cuando fue tentado por el diablo, y más tarde en Getsemaní cuando rechazó la última tentación. Es un combate espiritual contra el pecado, un combate que implica a toda nuestra existencia y que exige una auténtica vigilancia. Quien quiere caminar en el amor de Dios y en su misericordia no puede contentarse con una vida mediocre; precisamente la Cuaresma nos recuerda que el combate es sin pausa y no hay que dejar las armas con las que siempre se vence: la oración, el ayuno y la limosna. Estas nos ayudan a morir a nosotros mismos para vivir en Dios; un camino que todos los discípulos estamos llamados a recorrer, con humildad, paciencia, generosidad y perseverancia.

Te propongo un itinerario para esta Cuaresma de la misericordia:

1. Vivir la experiencia de la misericordia: ¿Cómo? Igual que lo hizo la primera creyente, María. Deja que Dios te hable y deja que su Palabra se haga vida en ti. Como Ella experimentarás la misericordia. ¿No recuerdas cómo María canta el magníficat después de haber acogido la Buena Noticia? Eso mismo nos pasa a nosotros: acojamos a Jesucristo, acojamos su Palabra, acojamos su Persona, entremos en comunión con Él. Si aceptamos la propuesta de Jesús –«id por el mundo y anunciad el Evangelio»–, es decir, la propuesta de evangelizar, hemos de vivir la experiencia de la misericordia, de un Dios que nos quiere, que viene a nosotros, nos abraza y nos llena de su amor. Un Amor que cuando lo tenemos nos hace fecundos, pues quienes están a nuestro lado lo perciben y vuelven sus ojos y su corazón a quien es misericordioso.

2. Pintar tu retrato con los colores de la belleza de la misericordia: ¡Qué belleza tiene el Amor de Dios manifestado en Jesucristo! ¡Cómo amaba a los hombres! ¡Cómo entregaba su vida! ¡Cómo manifestaba su pasión por todo ser humano y muy especialmente con los más necesitados, los enfermos, los pecadores! ¡Qué belleza tiene el ser humano cuando se deja llenar del Amor mismo de Dios! La belleza se manifiesta en cómo vive para sí mismo, para los demás y para Dios. Vive sin vivir en él, vive siempre para dar, para la entrega, para la generosidad; para descubrir lo bueno de los que tiene a su alrededor y hacerlo crecer y dinamizar; vive para dar gloria a Dios, sabe perfectamente que la gloria del hombre es mostrar la belleza del Amor de Dios, reflejado en su rostro, en su corazón y en sus obras. Es una belleza que despierta conciencias y nos hace ver la fealdad del ser humano cuando vive sin descartar la pobreza, la miseria, el olvido del otro, la dignidad real de todo hombre. Atrévete a pintar el cuadro de la belleza del amor de Dios que es su misericordia. La que pintó el padre del hijo pródigo que salió en búsqueda de su hijo a darle un abrazo incondicional y a pesar de que había malgastado todo, pero volvía a la casa donde la belleza se manifiesta en perdón, reconocimiento, fidelidad, filiación, fraternidad, gozo y alegría.

3. Encarnar en tu vida la misericordia: Hazlo con quienes vives día a día, en la historia concreta que construyes junto a los demás. El Amor de Dios experimentado, dándote un rostro con la belleza verdadera del ser humano, te hace irradiarlo y mostrarlo en obras concretas de amor al prójimo, que se traducen en esas obras de misericordia corporales y espirituales. Al poner por obra la misericordia, despertarás muchas conciencias; las harás salir a ellas y a ti de la alienación existencial en la que muchas veces vivimos. Ten valentía: da de comer, viste, aloja en tu corazón y en tu casa, visita a todos, sé buen consejero, enseña siempre a ser imagen de Dios, perdona sin descanso, dialoga con quien nos lleva más allá de nosotros mismos.

Para ello, déjate guiar en esta Cuaresma por la Palabra de Dios que en los cinco Domingos el Señor te va a regalar: 1) Tentado: Entra en el desierto de tu pobreza y adora a Dios, cree en su poder y su gracia, tenlo a Él como al único Señor (cfr. Mc 4, 1-13). 2) Transfigurado: Vive una experiencia profunda de Dios, sube a la montaña (cfr. Lc 9, 28-36). 3) Convertido: Da una versión nueva a tu vida, descubre la paciencia de Dios y las oportunidades que te da para hacerlo, es paciente y compasivo (cfr. Lc 13, 1-9). 4) Acogido por la misericordia del Padre bueno: Volver al Padre, reacción del padre, reacción del hijo mayor, en definitiva, filiación, fraternidad y fiesta (cfr. Lc 15, 1-3.11-32). 5) Perdonado: El Señor resuelve nuestra vida en dos afirmaciones: «Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más» (cfr. Jn 8, 1-11).

Con gran afecto, os bendice,

+ Carlos, arzobispo de Madrid

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