Un viaje para despertar a la conversión y a la esperanza

El Papa Francisco ha ido a México como «misionero de la misericordia y de la paz», sintiéndose como lo quiso Jesucristo: hijo de la Santísima Virgen María que nos la entregó como Madre nuestra, que pide, quiere y desea siempre dejarse mirar por ella, con sus palabras, gestos y elecciones; y con su viaje nos ha despertado a la conversión y a la esperanza. ¡Qué llamada más fuerte a todos los hombres de todas las partes de la tierra a ser justos, honestos, capaces de empeñarnos en el bien común! ¡Qué fuerza tienen sus palabras y cómo alcanzan nuestro corazón! La experiencia demuestra que es cierto que, cuando los hombres aprovechamos la situación en la que estamos y elegimos el camino del privilegio para que solamente unos pocos se beneficien, perjudicando el bien común, más tarde o más temprano aparecen el descarte, la indiferencia y la corrupción de todo tipo, con situaciones que manifiestan que estamos robando la dignidad y los derechos del ser humano: exclusiones, tráfico de personas, muertes, secuestros.

El viaje del Papa Francisco, desde el principio, nos dice que es necesaria una reforma que, en todos los ámbitos de la vida, nos lleve a una responsabilidad personal y social con pleno respeto al otro y viviendo corresponsablemente e involucrándonos en todas las instancias privadas y públicas. ¿Cómo?

1. Diciendo a todos que «somos hermanos»: La declaración conjunta del Papa Francisco y del patriarca Kirill de Moscú y toda Rusia nos recuerda que no somos competidores, sino hermanos. Qué fuerza tiene la alegría de un encuentro de hermanos en la fe cristiana, con el deseo de hablar. Pero no hablar sin más, se trataba de hablar de corazón a corazón. ¿Para qué? Para ver juntos cómo están viviéndose las relaciones mutuas, los problemas más urgentes de los cristianos en todas las latitudes de la tierra, y cómo se proyecta en todas las partes del mundo el desarrollo de los hombres.

Con ese grito de esperanza han atestiguado el valor inmenso de la libertad religiosa, han expresado y manifestado la necesidad urgente de un diálogo interreligioso, ya que nada debe impedir vivir en paz y armonía. Y defienden las exigencias de la justicia; la solidaridad con los que sufren; a la familia fundada sobre el matrimonio en un acto libre y fiel de amor de un hombre y una mujer, y que que es escuela de amor y fidelidad. Afirman el respeto absoluto a la vida desde el inicio hasta su término. Llaman a la juventud a ser luz en este mundo, a no tener miedo a ir contracorriente, para defender la verdad de Dios y del hombre. El futuro de la humanidad depende en gran medida de si somos capaces de dar testimonio conjunto del Espíritu de la verdad.

2. Saliendo al encuentro de los hombres como María: ¡Qué imagen más bella la del Papa Francisco en la basílica de Guadalupe! La belleza sobresale cuando vemos que Ella, igual que fue al encuentro de Isabel, sigue queriéndose encontrar con nosotros los hombres, todos sus hijos. El Papa recordó que «María es y será reconocida siempre como la mujer del , un de entrega a Dios y en el mismo momento, un de entrega a los hermanos». Gracias Santa María por tu . Pensemos en nosotros mismos. Igual que se apareció y se hizo presente en el camino del indio Juan en diciembre de 1531, para despertarle a la esperanza y a través de él despertar la esperanza de un pueblo, nos despierta a nosotros, a los desplazados y descartados, a quienes viven la indiferencia, a quienes no se les reconoce su dignidad de ser imágenes de Dios.

El indio Juan no era un sabio, no era letrado. Pero tengamos también, nos dice el Papa Francisco, la osadía de mirar a la Virgen y de dejarnos mirar por Ella. Nos mira y nos hace valiosos. La miramos y nos hace ver nuestra pequeñez y lo que entristece realmente nuestro corazón. Pero nos dice, como al indio Juan, sé mi embajador, construye, comparte, reconoce a todos como hermanos, acompaña vidas para que sean grandes, consuela, da de comer y de beber, acoge al necesitado, viste al desnudo, visita al enfermo. Madre, «vuelve a nosotros tus ojos misericordiosos y danos tus ojos».

3. Diciendo a una familia humana unida y deseada: No construyamos una sociedad de pocos para pocos. No dividamos, no rompamos, no excluyamos. La llamada a la conversión nos está pidiendo ajustes reales para ver todo con los ojos de Jesús y descubrir lo que no se ajusta al modelo de hombre que se nos revela en Jesucristo. Desde esos ojos descubrimos que lo que nos desgarra, divide, degrada y corrompe son tres tentaciones: I) la riqueza, queriendo adueñarnos de lo que ha sido creado para todos; II) la vanidad o el desprecio de todos los que no son como uno es; III) el orgullo que nos pone siempre en un plano superior, «no me hiciste como ellos». Hay que eliminarlas de este mundo y de la construcción de esta gran familia.

4. Diciendo a la Iglesia que sale al encuentro y en búsqueda de todos los hombres: La resignación frena el encuentro, la salida, la búsqueda, y nos lleva a no arriesgarnos. Frente a la resignación, está la audacia evangélica con cuatro miradas: I) la de la ternura, que siempre conquista los corazones de los hombres. Como una madre mira a su hijo, como un esposo mira a su esposa, como un abuelo mira a su nieto, hay que mirar reconociendo lo que encanta y atrae, lo que doblega y vence, lo que siempre abre y desencadena no dureza sino amor misericordioso, amor de Dios; II) la mirada que crea puentes y elimina muros, que siempre teje y une a los hombres y los hace encontrarse; III) la mirada cercana, atenta a la realidad concreta y muy cerca de ella, que no da respuestas viejas a demandas nuevas; IV) la mirada de totalidad, sin ahorrar esfuerzos, sin desánimos, con celo misionero, buscando a los que más lo necesitan, viviendo con entusiasmo de discípulo misionero que entusiasma.

5. Entendiendo que los jóvenes son riqueza de la tierra en la que habitamos: Sí, sois riqueza, pero la riqueza hay que transformarla en esperanza y hay que vivirla en la dignidad que tenemos. ¿Cómo? Empecemos por valoraros. ¿Quién os valora? Quien os hace ver que importáis a alguien: Jesucristo. En Él encontramos a quien es capaz de encender lo mejor de nosotros. Es el único que nos puede agarrar de la mano cuando estamos caídos y, además, nos pide que agarremos a quien lo necesite. Construyamos juntos un santuario aquí y ahora con la riqueza que sois.

Con gran afecto, os bendice,

+ Carlos, arzobispo de Madrid

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