Jesucristo está en medio de nosotros

La celebración del Corpus Christi este domingo me mueve a entrar en el Cenáculo y hablaros desde él. Allí resuenan las palabras que Jesús nos dirige a todos los discípulos: «El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estragos; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante» (Jn 10, 10). El Señor se nos dio enteramente. En la fiesta del Corpus tenemos la gracia de recordar que su carne es el alimento de vida eterna que nos da el Padre. ¡Qué palabras más elocuentes las del Señor: «Yo vivo por el Padre, y el que me come vivirá por mí» (Jn 6, 56)!

En esta nueva etapa de la historia que emprendemos, y en la que está metida de lleno toda la humanidad, siento urgencia de decir una palabra desde el lugar donde Jesucristo instituyó la Eucaristía. La Eucaristía es don del Padre, y Jesús quiere que lo entendamos bien. La Iglesia así lo interpretó, y nos regaló esta fiesta del Corpus para entender mejor y contemplar sus palabras: «Es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo» (Jn 6, 36). No es un pan provisorio, es alimento definitivo, eficaz para dar vida y vida eterna. En la Eucaristía tenemos el testimonio de cómo es el amor del Padre: un amor cercano, incondicional, disponible siempre para toda persona que quiera tener fuerza en el camino; un amor que cambia nuestra mirada hacia los demás, pues nos hace verlos hermanos; un amor que nos hace compartir lo que somos y tenemos; un amor que es creador de fraternidad entre los hombres, pues siempre busca al otro para hacerle el bien.

En la Eucaristía recobramos la dignidad profunda y verdadera que tenemos los hombres y de la que tenemos que vivir. Por eso, en la fiesta del Corpus Christi, los discípulos de Cristo volvemos a preguntar a Jesús: ¿dónde quieres que preparemos la Eucaristía? ¿Dónde deseas que la recibamos con amor? ¿Dónde quieres que te adoremos como Dios vivo? Y la respuesta es contundente: id a la ciudad, salid a ver a quienes llevan cántaros de agua para dar de beber a los demás, pero siempre para provocar en ellos lo que hizo con la samaritana; esta dejó su cántaro de barro y convirtió su vida entera en cántaro, y marchó corriendo a anunciar a su gente que fuesen con ella a ver a Jesús, quien le había dado el agua que quita la sed que todo ser humano tiene.

Es desde ese lugar que es el Cenáculo desde donde siempre tenemos que salir los discípulos de Jesús, pues nuestra misión requiere que llenemos nuestra vida del amor mismo de Cristo y, por tanto, que salgamos siempre con Él a todos los caminos donde están los hombres. Jesús invita a todos a participar en su misión. Nadie puede quedarse con los brazos cruzados, pues ser discípulo de Cristo es ser misionero, es decir, anunciador de Cristo con creatividad y audacia en todos los ambientes. Un discípulo que sale siempre del Cenáculo, alimentado de  Cristo Eucaristía. Todos los caminos de la humanidad son de los discípulos de Cristo, pero no podemos salir de cualquier manera. Recordemos aquellas palabras que los primeros discípulos tuvieron muy en cuenta: «Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que va a venir sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría y hasta el confín de la tierra» (Hch 1, 8). Los apóstoles recuerdan aquellas palabras que el Señor les dirigió después de la Resurrección, cuando les dijo: «Así está escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se proclamará la conversión para el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto» (Lc 24, 46-47). Salgamos a todos los caminos y llamemos a los hombres al banquete, como en la parábola de los invitados por el rey a las bodas de su hijo, llenemos la sala. Habrá quienes no acepten la invitación, pero invitemos a participar de la gran fiesta que es la Eucaristía, donde el Señor prepara a su pueblo a abrir el corazón a los demás.

En la Eucaristía resplandece la dignidad humana. El Hijo de Dios ha querido quedarse entre nosotros en el misterio de la Eucaristía. Quien nos hizo a su imagen y semejanza, quien nos creó libres e hizo sujetos de derechos y deberes en la creación, nos dice cómo tenemos que vivir: nada más y nada menos que alimentándonos de Él y dando lo que Él nos da a todos los hombres, su Vida, que se ha de hacer vida nuestra. Él nos da su Vida para que en comunión con Él la comuniquemos a todos los hombres. Si el pecado deterioró la imagen de Dios en el hombre e hirió su condición de hijo de Dios y hermano de todos los hombres, la Buena Nueva que es Cristo lo ha redimido y restablecido en la gracia. ¡Qué gracia esta fiesta del Corpus Christi! Dios nos reconcilió consigo por amor, nos mostró su amor reconciliándonos por la muerte de su Hijo en la Cruz, y continúa derramando su amor en nosotros por el Espíritu Santo y alimentándonos con la Eucaristía, pan de vida.

Contemplemos el misterio de la Eucaristía:

1. Como la escuela del Amor más grande: participar y contemplar la Eucaristía es la escuela de Amor más grande. No da teorías. Cambia el corazón y la dirección de nuestra vida. ¿Por qué no convertirnos en hombres y mujeres que, al estilo de Cristo con la samaritana, invitamos a todos los que nos encontramos a ser cántaros de Cristo? Invitemos a contemplar a Cristo en el misterio de la Eucaristía, y mostremos que quien tiene todo lo necesario para quitar la sed es Jesucristo. Las demás aguas que demos, no sacian. ¿Por qué no convertirnos en hombres y mujeres que inviten a bajar a los hombres de donde están subidos y dejen entrar en su vida a Jesucristo, al igual que Él lo hizo con Zaqueo? La Eucaristía nos invita a dar ese mismo Amor que dio el Señor a Zaqueo y que le hizo cambiar de vida. Convirtámonos en hombres y mujeres que nos sentamos a la mesa del Señor, y allí vemos el modo y la manera de enriquecer a los demás siempre y no robar a nadie. ¿Por qué no convertirnos en hombres y mujeres samaritanos, que nos acercamos a todos los que vemos en los caminos tirados, sufriendo, solos, víctimas de esclavitudes diferentes? La Eucaristía nos lleva a servir siempre al hermano, al prójimo tal y como Jesús nos enseña en la parábola: acercarnos, agacharnos, curarlo, vendarlo, prestar nuestra cabalgadura, llevarlo a donde puedan cuidarlo y nunca desentendernos de él.

2. Como la escuela de la esperanza verdadera: es bueno contemplar la Eucaristía en estos momentos que vivimos, donde la bajeza de diversas clases parece achatar todo, y escuchar a Jesús que nos dice una vez más: «El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él» (Jn 6, 56). Miremos al pueblo de Israel al que, como en el desierto no encontraba nada para alimentarse y solamente veía su propio límite, Dios le regaló un alimento especial: el maná, que prefiguraba la Eucaristía. En estos momentos de la historia hay mucha infelicidad. Parece que tenemos todo, pero la soledad, el poco valor que se da a la vida, la inconsistencia de tantas modas, muestran cómo la altura humana disminuye. Es cierto que se quiere mitigar con entretenimientos que falsifican nuestro ser. Miremos, contemplemos la Eucaristía. Es Dios mismo que ha querido continuar su presencia entre los hombres. Sigue siendo necesario que digamos con Pedro y los apóstoles: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna» (Jn 6, 68).

3. Como la escuela donde aprendemos a vivir el compartir: el relato de la cena es conmovedor. ¡Cómo comparte su vida con sus discípulos! «Mientras comían, tomó pan y, pronunciando la bendición, lo partió y se lo dio diciendo: “Tomad, esto es mi cuerpo”» (Mc 14, 22). Sabe que uno lo va a entregar. Les abrió el corazón y se lo dijo. Pero no sigue hablando de esta traición. Él desea que lo que vean sus discípulos es que se sigue dando. En ese partirse y fragmentarse, Jesús nos manifiesta el gesto más vital, más fuerte, donde la fragilidad es fortaleza. Fortaleza de amor que se hace débil para que así lo podamos recibir; se hace amor para poder alimentar y dar vida. ¡Qué bien entendemos así aquellas palabras: «Lo había reconocido al partir el pan» (Lc 24, 35)! Es alimentándonos de la Eucaristía donde descubrimos lo que de verdad es compartir la vida. Es contemplando la Eucaristía donde vemos a quien ha querido compartir nuestra vida, Jesús, y a quien desea que la compartamos como Él.

Con gran afecto y mi bendición,

+Carlos Card. Osoro, Arzobispo de Madrid

Visto 1787 veces Modificado por última vez en Martes, 13 Junio 2017 15:42

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