Vigilia de oración con jóvenes (2-09-2016) Destacado

La palabra que el Señor nos ha regalado hoy a primera vista parece dura: cuando la oímos, cuando la escuchamos sin pensar bien lo que nos ha dicho, podríamos decir: vaya palabra de Dios que Él nos entrega para comenzar el curso. Qué difícil es esto. Sin embargo, hay algo que es una maravilla. Sabéis que siempre lo reduzco a tres cosas, para que os quedéis con alguna de las tres.

El Señor, en primer lugar, nos dice: ¿queréis ser felices? Y, bueno, estoy seguro de que todos diréis que sí. Y nos dice: pues mirad, solo hay una riqueza para ser feliz, solo una, y no es difícil encontrarla. En segundo lugar, el Señor nos manifiesta también algo que para nosotros tiene una importancia capital: solo existe un proyecto para cambiar el mundo. No hay más que uno. Solo hay un proyecto, que realmente abraza a toda la humanidad. Solo uno. Y, en tercer lugar, solo existe una medida para acoger esa riqueza y para hacer ese proyecto.

Voy a deciros, sobre estas tres versiones del Señor que resumen el Evangelio que hemos proclamado, algunas cosas. Porque el Señor nos hace un gran regalo en este mes de septiembre. Solo hay una riqueza: Jesucristo. Tiene rostro, tiene manera de vivir, da una fuerza especial a la vida: a la de uno y a la de los demás. No deja a nadie de la misma manera: cambia totalmente la existencia. Además, Jesús, cuando nos manifiesta esto, que solo hay una riqueza, que es Él, comienza el Evangelio diciendo: mucha gente acompañaba a Jesús, pero Él se vuelve y les dice: si alguno viene a mí... Fijaos qué exageradamente pone las cosas para que nos demos cuenta de que la riqueza es Él. Pero no quiere decir con esto que despreciemos a nuestros padres, a nuestros hermanos.. No, no. Todo lo contrario. Él nos dice que si queremos ir tras Él, si queremos ser felices, si queremos tener la riqueza verdadera... Mirad que queréis a vuestros padres, ¿eh?, mirad que los padres queréis a vuestros hijos, mirad que queréis a los hermanos, mirad que os queréis a vosotros mismos... Pues, mirad: eso comparado con lo que tenéis que quererme a mí, no vale nada. No nos dice que no queramos a nuestros padres, sino que nos dice: me tenéis que amar de tal forma que incluso la manera de querer a vuestros padres, a vuestros hijos, a vuestros hermanos va a ser diferente cuando de verdad tengáis en vuestro corazón mi vida, mi riqueza, mi amor, mi gracia, mi fuerza, mi generosidad, mi entrega, mi fidelidad... Una maravilla. Por eso, cómo no va a ser un regalo el Evangelio del domingo, ¿verdad?.

El Señor se vale de esto, hasta de ponernos este Evangelio para comenzar el curso, y decir: mirad, vais a ser felices, yo os lo propongo, pero acogedme a mí, dejad que entre en vuestro corazón, dejad que yo estructure vuestra vida, que yo os haga sentir conmigo, que palpite vuestro corazón al unísono del mío, que mis sentimientos sean los vuestros. Cuando entréis en mí ya veréis cómo cambia todo: vuestro noviazgo, vuestro matrimonio, vuestra fraternidad, vuestra relación con los amigos, vuestra entrega, vuestro servicio, vuestra búsqueda de ir a los que más lo necesitan, de no quedaros en vosotros mismos. Qué importante es esto, ¿verdad?, el encontrarnos con el Señor de esta manera. Toda una riqueza.

En segundo lugar, solo hay un proyecto para cambiar el mundo. Lo habéis escuchado. Uno carga con su cruz y viene en pos de mí. Nuestra cruz, al fin y al cabo, comparada con la de Jesucristo no es nada.

Un proyecto para cambiar el mundo tiene que ser el de Cristo, que da la vida porque abraza a todos: a los más pobres, a los que están sufriendo, a los que les están quitando la vida, a quienes están aprovechándose incluso de los otros y están padeciendo otros por ese aprovechamiento, a quienes defienden lo suyo pero no a todos, no se sienten hermanos de todos los hombres, no sienten la capacidad que tiene nuestro Señor de morir por todos. Él dio la vida por todos, vino Dios a dar la vida por todos. Solo un proyecto puede cambiar el mundo: abrazar a la humanidad como la abrazó Jesucristo.

Yo soy un pastor, no un político: nunca me busquéis ahí, porque no me vais a encontrar, aunque alguno quiera encontrarme ahí. Lo digo delante del Señor, para que no se moleste nadie. Pero, o salís una generación que seáis capaces de abrazar a toda la humanidad, y especialmente a aquellos que están sufriendo más en este mundo y en esta tierra, a aquellos que tienen más necesidades, a aquellos a los que hay que defender desde la vida, desde el inicio hasta la muerte, cuando Dios les llame... Esto es abrazar como Cristo. Yo a este o a esta que piensa... No. ¿Qué Evangelio has escuchado tú? ¿Has escuchado el Evangelio, que es Cristo mismo? ¿No dio la vida por todos los hombres?.

Solo un proyecto puede cambiar el mundo. Solo este proyecto: el de Cristo. No nos empeñemos. Los de los hombres son proyectos que dividen, que rompen, y encima además que hacen padecer a los que menos tienen, a los que más sufren. Una riqueza y un proyecto: abrazar a la humanidad, a toda la humanidad, como Cristo hizo.

Qué maravilla ver aquí a jóvenes, muchos de los cuales habéis estado en Cracovia, en el Encuentro Mundial de la Juventud. Qué maravilla ver y hacer realidad lo que el Papa Francisco nos decía, y os decía especialmente a vosotros los jóvenes: solo una viga sostiene toda la Iglesia: la misericordia. El amor de Jesucristo. Solo una viga es capaz de hacer posible que esta humanidad sea distinta: la misericordia. Jesús no pasa de todo, pero te quiere y te está mirando, aunque seas un desastre. ¿Quién está dispuesto a seguir siendo un desastre cuando sabe que Dios le mira, le quiere y le abraza?. Estamos deseando que nos quiera alguien. ¿Cómo voy a seguir siendo igual?

En tercer lugar, solo hay una medida: la medida de la entrega. ¿No habéis visto los ejemplos que nos pone el Evangelio? ¿Quién de vosotros, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, no sea que si echa cimientos no pueda acabarla, porque no tiene medios? ¿Quién que va a hacer una batalla no mira a ver si la puede ganar? Solo hay una medida: la entrega total de la vida propia, porque solo hay un único bien. No se puede querer construir y no acabar, no se puede querer ganar y no llevar lo necesario. Hay que construir como Cristo, dando; hay que ganar como Cristo, pero dando la vida, llevando todo. La moneda es mi vida.

¿Estamos dispuestos a dar?. ¿Qué medida tenemos cada uno nosotros? ¿Qué moneda de cambio tenemos? Cuando encontremos a algún pobre por ahí, ¿qué le vamos a dar? Lo más difícil de dar es la vida.

Queridos jóvenes, queridos hermanos todos: vamos a comenzar este curso con esto. Al escuchar al Señor se nos esponja el corazón. La riqueza para nosotros es Jesucristo. Vamos a hacer posible que en Madrid esta riqueza la descubran todos. Solo hay un proyecto que cambia el mundo: hagámosle. Es abrazar a la humanidad, a toda la humanidad, como la abraza Cristo.

La vida no son ideas. La vida es mucho más profunda. Dios no vino a dar la vida por ideas, sino por la vida misma del hombre, para que tenga vida y en abundancia. Y esto no se hace de cualquier manera: se hace con la entrega de la vida. Construir una familia, el dar la vida para ser sacerdote, para ser religioso o religiosa, para algo, para manifestar la grandeza de Dios a los hombres. Una familia que sea expresión de lo que es la Iglesia fundada por Cristo, donde todos son importantes en ese grupo. Todos. En la comunión.

Cuando pensaba anoche lo que os iba a decir hoy, reflexionando sobre esta página del Evangelio, decía: vamos a llamar a los primeros viernes de mes la fiesta de la comunión. Porque aquí venís de todas las parroquias, de todas las vicarías, vienen los vicarios a acompañaros, venís de todos los lugares: es la fiesta de la comunión, la comunión de todos los jóvenes que, de diversos lugares, con sensibilidades distintas, venís aquí. Porque no venís por las ideas, sino por una persona: Cristo Jesús. Vamos a rezar esto delante de Él.

 

Visto 885 veces Modificado por última vez en Martes, 06 Septiembre 2016 11:46

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