Vigilia del I Congreso Nacional Divina Misericordia (22-10-2016)

Alabado sea nuestro Seño Jesucristo.

Queridos hermanos obispos, don Ginés, don Luis. Queridos hermanos sacerdotes. Hermanos y hermanas:

Le quiero dar gracias al Señor por este momento en que, en esta noche, en esta catedral de Nuestra Señora la Real de la Almudena, nos reunimos los que estáis celebrando este I Congreso Nacional de la Divina Misericordia. Y nos reunimos aquí, esta noche, para decirle al Señor que confiamos en su misericordia, tal y como vosotros mismos expresáis en este eslogan que habéis elegido para este Congreso.

Es verdad que el Señor nos presenta por una parte la santidad de Dios, el Dios Santo, verdadero, el Dios que inunda nuestra vida con su gracia, tal como lo podemos experimentar aquí, esta noche, en presencia de Jesucristo, en el misterio de la Eucaristía. Y es verdad también que nos presenta su justicia, que no es la justicia de los hombres de dar a cada uno lo que se merece según nuestro criterio y nuestras medidas. La medida de Dios es mucho más grande. Nos regala hasta su propia vida. Esa es su medida: la desmedida del amor, que es justicia. Y, por otra parte, como dice santa Faustina, el tercer atributo de Dios es el amor y la misericordia.

Voy a detenerme por unos momentos en este atributo de Dios que tan bellamente nos ha revelado nuestro Señor Jesucristo durante su estancia entre nosotros en este mundo. Hay una página del Evangelio, que a mí me gustaría acercar a vuestra vida, que nos revela lo que es el amor y la misericordia de Dios. Me refiero a esa página en la que el Señor, en el Evangelio de San Mateo, en el capítulo 9, nos habla de cómo le llevan un endemoniado y echa al demonio... Un endemoniado que no podía hablar, estaba mudo, y echa al demonio y comenzó a hablar. Los que estaban allí se admiraban: nunca habían visto cosa igual. Los fariseos, en cambio, criticaban al Señor. Pero, inmediatamente después de este milagro, el evangelista Mateo nos dice cómo Jesús recorría las ciudades y las aldeas proclamando el Evangelio, curando toda enfermedad y toda dolencia. La dolencia más grande del ser humano, queridos hermanos, es el no experimentar en su vida esa medicina única e inigualable que nos hace tener voz, que nos hace posible comunicarnos, que hace posible que además nuestra comunicación sea para vitalizar a todo el que está a nuestro alrededor ... Pero sigue el Evangelio diciendo que Él, al ver a las muchedumbres, se compadecía porque estaban extenuadas y abandonadas.

Queridos hermanos y hermanas: hoy más que nunca, en toda las latitudes de la tierra, el ser humano tiene necesidad de experimentar el cariño y el amor de Dios en su vida. Experimentar la cercanía de Dios. El ser humano no puede seguir viviendo desde sí mismo. Cuando vive desde sí mismo, ni se conoce, ni puede comunicarse en plenitud con todos los hombres como imagen y semejanza de Dios que es. La belleza que tiene el ser humano nos la ha dado Dios mismo cuando nos crea. Sí: el ser espejo de lo divino, el ser siempre vivificadores e inspiradores de lo que es Dios, es la gran tarea que tenemos en este mundo.

Pero no la podemos vivir ni ejercer si no nos acercamos a quien es el amor y la misericordia, si no experimentamos en lo más profundo de nuestro corazón ese amor de Dios que plenifica nuestra vida. Fijaos si esto es así que, antes de subir a los cielos, el Señor vio que los hombres tenían, tenemos, tal necesidad del amor y de la misericordia, que a los primeros discípulos ya les dijo: Id por el mundo y anunciad, y haced discípulos de todos los pueblos; anunciad el Evangelio, decidles todo lo que yo os he mandado, pero sobre todo comunicad a los hombres, a todos, que les amo, que les quiero, que mi amor hacia ellos es incondicional.

Queridos hermanos: el amor y la misericordia del Señor nos humanizan, nos engrandecen. Es verdad que hay muchas formas, muchas tareas, en el vivir, pero qué importante es, qué maravilla hace Dios en nuestra vida cuando no solamente nos hace experimentar su amor, sino que nos hace o nos da la posibilidad de poder comunicarlo. ¿Cómo ayudamos, queridos hermanos, a hacer experimentar este amor que Cristo nos ha entregado? ¿La misericordia de Dios ocupa nuestra existencia y nuestra vida?

El Papa Francisco, en la Bula del Año de la Misericordia, nos dice que la viga maestra que sostiene la vida de la Iglesia es la misericordia. ¿Estoy yo en esa viga maestra? ¿Sé comunicar la belleza, la bondad y la verdad del hombre, teniendo y proponiendo como viga maestra de esa comunicación la misericordia? Jesús, queridos hermanos y hermanas, salía y recorría las ciudades y las aldeas, y entregaba la misericordia. Y la Iglesia nos pide que hagamos lo mismo. Pero no podemos salir de cualquier manera: no; hay que hacerlo llevando la alegría que proviene de ser discípulos de Cristo, que conlleva el haber conocido a Jesucristo, y el haber acogido y dejado ocupar nuestra vida por la misericordia, por el amor misericordioso. Así podemos salir. Así somos enviados. Somos discípulos misioneros si llevamos, también, la misericordia de Dios por todos los caminos que recorremos.

¿Dónde está el secreto, queridos hermanos, de esa vida nueva que tenemos que ofrecer como discípulos misioneros? ¿Dónde está el secreto? En aquello que tan bellamente nos decía el apóstol Pablo cuando nos comunica: También yo fui conquistado por Cristo. Sí, sentí la experiencia de ese amor misericordioso, y no tuve más remedio que acogerlo en mi vida y regalarlo a todos los hombres que encontré en mi camino. San Pablo añade: Sed imitadores míos, conquistados e imitadores. Conquistados por Cristo, por su amor misericordioso, e imitadores de Cristo en la entrega de este amor a todos los hombres.

Es un imperativo para nosotros, queridos hermanos. Ningún camino, ningún lugar, ninguna persona, son ajenos a la misión que como discípulos misioneros de Cristo tenemos. Regalad y mostrad el amor misericordioso. Esto es constitutivo de la misión que Cristo nos entrega. La puerta del corazón, la puerta de la mente, tiene que estar abierta siempre para acoger la misericordia y regalársela a todos los hombres.

Queridos hermanos y hermanas: ¿Salimos a encontrarnos con todos los hombres, y lo hacemos con amor, con entrega, con misericordia? ¿Sanamos, curamos? ¿Dónde está el secreto para salir a este mundo? ¿Cuál es el regalo, cuál el medicamento más grande y mejor que se puede dar a los hombres hoy para curar las heridas que padece esta humanidad? La Iglesia, nosotros como miembros de la Iglesia, tenemos que hacer como Jesús: enseñar con obras. Si decimos palabras es que responden a las obras que tenemos que hacer.

Qué importante es en este momento de la historia de los hombres salir y enseñar con obras. Hay que provocar estupor, como dicen los santos. Que no es mero entusiasmo. Es algo mucho más profundo: es hacer experimentar el encuentro con Jesús a través de nosotros. Un encuentro que provoca siempre alegría y paz, que engendra el salir de nosotros mismos, que nos impulsa a ir a encontrarnos con todos los hombres, que nos lleva a hacer un hueco siempre en nuestra vida para el amor de Dios, para la misericordia y para entregar esta misericordia.

Salgamos, queridos hermanos. ¿Muestro el amor de Dios uniéndolo al amor de mis hermanos, o lo separo? Si lo separo, es señal de que no he recibido verdaderamente el amor de Dios. ¿Uno o divido a los hombres? El amor de Dios nos une, nos plenifica, nos construye, nos alienta, nos anima. No nos dispersa. ¿Me siento partícipe en esa misión de Cristo que es regalar y hacer experimentar la misericordia?.

Cristo curaba dolencias y enfermedades: esta es la tarea de la Iglesia de Cristo. Vivamos con la alegría de ser discípulos. Vivamos con el compromiso de regalar la misericordia de Dios a los hombres. Vivamos llevando y mostrando la buena nueva de la dignidad humana que se da y se entrega cuando al otro le hacemos experimentar que Dios le ama, que le quiere, incondicionalmente. Vivamos y propongamos la buena nueva de la vida, que se expresa y se muestra en el amor misericordioso.

¿Cuáles son las heridas más profundas que cada uno de nosotros observamos en la historia y en la vida de los hombres? ¿Cómo hacer llegar al corazón, en esta cultura en la que estamos y vivimos en todas las latitudes de la tierra, la persona del Señor, su amor, la dignidad verdadera del ser humano, la plenitud que tenemos que presentar al ser humano? La Eucaristía. Alimentados de Jesucristo, descubriendo en la Eucaristía que de eso que comemos, nos alimentamos y contemplamos, tenemos que dar. Es una escuela permanente para saber experimentar el amor misericordioso de Dios.

Hermanos: estamos urgidos y ungidos por la misericordia de Dios. Vivamos con esta urgencia para regalar este amor, y vivamos también desde esta unción. Tengamos en nuestra vida el corazón de Cristo, tengamos los ojos de Cristo, tengamos los oídos de Cristo para escuchar las necesidades de todos los hombres; mostremos con nuestra vida en la Iglesia esa historia de amor: un amor que se hace concreto, que lo perciben los hombres reales con los que día a día nos encontramos. Qué belleza adquiere la Iglesia cuando ese amor se concretiza con cada uno de los que nos encontremos en nuestra vida.

Hermanos. ¿Tenemos los ojos y el corazón del Señor? ¿Cómo acojo a los demás? ¿Es precisamente la Eucaristía quien diseña mi existencia, mi forma de ser, mi forma de vivir, mi forma de encontrarme con los demás? ¿Qué significa para mí decir que no hay amor más grande que dar la vida, que dar el amor de Dios, su misericordia? Sintamos el gozo de regalar a los hombres este amor.

Este Congreso que estamos celebrando, este primer Congreso de la Misericordia, de Cristo Misericordia, del amor misericordioso de Dios, nos está invitando a todos nosotros a salir por este mundo y a expresar y manifestar que los discípulos de Cristo tenemos como misión entregar el amor mismo de Dios tal y como se nos ha mostrado en Jesucristo nuestro Señor.

Hacedlo. Hagámoslo juntos, querido hermanos. Hagámoslo en la unidad. Estamos, como yo he escrito en una carta pastoral, ungidos y urgidos por el amor misericordioso de Cristo, que esta noche se nos manifiesta a todos nosotros en la contemplación del misterio de la Eucaristía. Amén.

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