Vigilia de oración con jóvenes (6-1-2017)

Una vez más gracias, Señor, por todos estos jóvenes que en esta noche, no fácil para venir, por las fiestas que son, han venido hacer esta oración que quiere ser continua todos los meses.

Hemos escuchado el Evangelio que se va a proclamar el próximo domingo, pasado mañana. Es la fiesta del Bautismo del Señor. Con esta página del Evangelio, yo querría deciros fundamentalmente que se resume en esto: en la cercanía a los hombres, Jesús muestra su rostro y nos manifiesta quién es. En la cercanía a los hombres.

Estamos concluyendo las fiestas de la Navidad, donde el Señor ha manifestado cómo quiere estar al lado de los hombres. Y lo ha hecho de tal manera que hemos vivido durante todo este tiempo de Navidad que Dios ha tomado rostro humano, se ha hecho como nosotros, ha querido estar en los caminos por donde están los hombres, ha querido pasar por todos los caminos por donde pasa el ser humano: nace de una mujer, nace bajo la ley, nace en una geografía concreta, en una cultura concreta, cercano a los hombres hasta en la muerte. Porque quiere pasar por todas las situaciones existenciales por las que el ser humano pasa para decirnos a todos que estamos salvados en Él; que Él es la salvación; que Él es la vida; y que no hay propuesta para este mundo más grande que la que nos hace nuestro Señor Jesucristo, que no es una idea: es su propia persona, la que nos dice que nosotros tengamos en nuestra vida, paseemos por este mundo su vida. En la cercanía a los hombres.

Es una llamada también a toda la Iglesia, de la que somos parte. Una Iglesia madre, cercana, próxima a los hombres, próxima a sus situaciones, dando el cariño de Dios a los hombres, no retirándoselo a nadie; cercanos a todas las situaciones por las que están viviendo los hombres. ¿Puede haber una propuesta más maravillosa que esta que nos hace el Señor a todos nosotros, esta noche, en esta página del Evangelio?

Primero: en cercanía a los hombres. Vino Jesús a Galilea, al Jordán. Donde iban tantos y tantos judíos a un bautismo que Juan Bautista daba. Quiso estar Él ahí él también, quiso decirles a los hombres dónde estaba la conversión. Y lo definitivo no estaba en Juan, sino en lo que Él iba a dar. En esa cercanía, muestra su rostro. ¡Qué llamada más importante para todos nosotros, como miembros vivos de la Iglesia que somos! Mostremos el rostro de Dios. Tengamos el atrevimiento, yo diría hasta la osadía, de decirle al Señor: Señor, hazte presente en nuestra vida. Que los demás noten que somos tu rostro, que no engañamos, que damos tu vida, que aproximamos tu presencia, que entregamos tu verdad, que no regateamos nuestra cercanía a los hombres. Muestra su rostro.

Recordad a Juan Bautista, cuando el Señor se le acerca. Lo hemos escuchado: «Soy yo el que necesita que tú me bautices. ¿Y tú acudes a mí?». Y contesta el Señor: «Conviene que así cumplamos toda justicia». Conviene que los miembros vivos de la Iglesia, de la que somos parte, mostremos la justicia de Dios entre los hombres, la cercanía a todos. Seamos originales, queridos amigos: tengamos la originalidad de Dios. Para dividir, ¡ya están otras fuerzas! Para romper las relaciones de los hombres, ¡ya están otras fuerzas! Nosotros presentemos lo nuevo, lo novedoso. Conviene, conviene; hace falta, es necesario que Dios aproxime su rostro. Y lo quiere hacer con nosotros.

Una Iglesia que vive de ideología, rompe la misión del Señor. Una Iglesia que aproxima a todos sus miembros el Cuerpo de Cristo, a todos sin excepción, une, crea cercanía, crea solidaridad, crea presente y crea futuro, entre todos. Muestra que hay otros caminos distintos a los que, a veces, los hombres tenemos, con las armas que nosotros tenemos. Cojamos las armas del Señor.

Por tanto, primero: la cercanía. Segundo: muestra su rostro. Y, tercero: manifiesta quién es este Jesús, a quien nosotros esta noche contemplamos. Nos ha dicho quién es el Padre. Oyeron todos decir: «Este es mi hijo, mi hijo amado, en quien me complazco». En definitiva, Dios Padre nos diría: Complaceos en mi hijo.

Qué noche más bonita, queridos amigos. Qué noche más preciosa esta. Cuando está terminando la fiesta de la Epifanía, nosotros aquí, junto a Jesucristo nuestro Señor, el mismo que nació en Belén, contemplando al Señor realmente presente en el ministerio de la Eucaristía, cercano a nosotros, mostrándonos su rostro, animándonos y diciéndonos: manifestad también vosotros quién sois. Os he dado mi vida. Tenéis mi vida. Por el bautismo, tenemos la vida del Señor. No vivamos otra vida distinta, diferente. Aproximemos esto, queridos hermanos.

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