Vigilia de oración con jóvenes (3-2-2017)

Buenas noches a todos por esta fiesta, como os decía antes, de la comunión. Así la vamos a llamar estos primeros viernes que todos los meses nos reunimos. Es la gran fiesta en que, viniendo de lugares y de comunidades diversas, de espiritualidades quizá diferentes, pero todos queriendo seguir a nuestro Señor Jesucristo, nos reunimos aquí como Iglesia, como pueblo de Dios que camina aquí, en Madrid, los jóvenes que desean hacer verdad el deseo de nuestro Señor Jesucristo.

Esta mañana yo os ponía en el twitter que os mando todos los días, que bien sabe Dios que lo he hecho por vosotros, porque supone un trabajo más, pero os decía: «Los miedos corrompen la vida y hacen daño a otros. Haz el camino con Jesús que todo lo puede».

En esta fiesta que estamos celebrando, en este día de Luces en la ciudad, en este día en el que el coro que tenemos está compuesto por religiosos y religiosas, se hace verdad quizá con más hondura y plenitud lo que yo os decía: haz el camino con Jesús que todo lo puede, quita los miedos. Esto es lo que el Señor nos acaba de decir en la palabra que acabamos de proclamar, que fundamentalmente, como hago todos los viernes, se reduce a tres cosas.

En primer lugar, el Señor nos dice: entrad en el mundo. Entrad. Entrad como Cristo, entrad con Cristo, entrad por Cristo. Hace un rato, antes de venir aquí, teníamos una oración interreligiosa en los padres Combonianos con motivo de un premio que dan en la Revista Mundo Negro. Este año se lo entregaban al cardenal de Bangui (Centroáfrica), que fue creado cardenal conmigo. Es un hombre joven. Y al imán de Bangui, que fue perseguido y querían de alguna forma quitarle la vida, y el cardenal le tuvo durante seis meses viviendo con él en su casa, arriesgando también su vida. Estábamos allí, con ellos, un imán de aquí, Tatari, de la mezquita de Cuatro Caminos, y yo. Un momento profundo de oración a un Dios que quiere que los hombres y mujeres de este mundo vivamos como hermanos; un Dios que no es violento; un Dios que quiere hijos; un Dios al que nosotros llamamos Padre; un Dios que nos dice que entremos en el mundo, pero que lo hagamos para cambiarlo. Que entremos en el mundo, nos dice a los cristianos, como lo hizo Él mismo, haciéndose hombre por nosotros; como Cristo, que se encontró con todos lo hombres con los que Él, en el camino histórico en el que estuvo, vivía: sin condiciones de ningún tipo. Con los pecadores, a los que rehabilitaba con su vida; con los que eran desechados de la vida comunitaria por la enfermedad que tenían, y marchaba a las montañas a encontrarse con los leprosos, para curarlos y que ellos pudiesen volver a la ciudad, donde vivían los demás, para que volviesen a crear comunidad.

Tantos encuentros: con aquel hombre que estaba robando, y que tenía curiosidad por ver pasar a Jesús, y le dice: baja, Zaqueo, que quiero entrar en tu casa; con aquella mujer a la que pidió agua, en aquella conversación tan bella de nuestro Señor con esta mujer -de las conversaciones más bellas que pueden existir-, en la que ella reconoce ante Jesús la verdad de la vida que tiene, y marcha rápidamente a buscar a sus paisanos para decirles que se ha encontrado con el Mesías.

Entremos al mundo como Jesús, queridos amigos. Sois jóvenes: dad la vida, no por cualquier cosa. Entrar como Jesús. Cambiemos este mundo: lo podemos hacer, no por nuestras fuerzas, sino por la fuerza que nos da el Señor. Como Cristo, entremos. Pero entremos con Cristo, con sus actitudes; miremos a todos los hombres con su mirada, con su amor, con su entrega; utilicemos las armas que Jesús nos da; entremos por Cristo en este mundo, por su causa: es la causa que crea la humanidad verdadera, la causa que crea un corazón en el ser humano: grande, amplio, en el que caben todos, sin excepció; la causa que crea en el corazón humano capacidad para dar un abrazo al otro, sea quien sea; la causa que crea capacidad para decir perdón, y para perdonar. Entremos así en el mundo.

En segundo lugar, entremos para ser sal, como nos decía hace un instante el Evangelio que acabamos de proclamar. Qué bien nos hace entender nuestro Señor, con sus palabras y sus ejemplos, lo que tenemos que ser los hombres en esta tierra: dar sabor. Los cristianos no somos un sabor más; como cristianos, queridos amigos, no sois unos jóvenes más, con una edad y unas posibilidades tremendas. No. Sois más. Más porque tenéis a Jesucristo, porque conocéis a Jesucristo, porque os pide más Jesucristo, porque pide que cambiéis esta tierra, pide que hagáis una gran familia, pide que respetéis a los demás, pide que no deis muerte sino que deis vida... Nos lo pide a todos, pero especialmente a los que estáis en esas edades en las que podéis tener todos los proyectos, por edad, y buscar aquel en el que el Señor os pide que entréis. Un sabor que tiene que resaltar porque regaláis las bienaventuranzas a quien os encontréis, porque sabéis decir a los demás: «dichosos», «felices»; porque sois personas, porque sois imágenes de Dios, porque tenéis la vida de Dios, porque tenéis una posibilidad de cambiar esta tierra y este mundo. Dichoso porque me encuentro contigo, aunque me des la lata. Feliz.

Sabor que acoge, hundiendo nuestras vidas en Cristo. Cuando hundimos la vida en Cristo, somos un recipiente parecido al de nuestra Santísima madre María, que solo supo contener a Dios; y cuando se contiene a Dios, no sabemos dar más que bien. Sabor que hunde nuestra vida en la Palabra de Dios: no en cualquier palabra, sino en la que viene de Dios. Como esta noche, que nos dice: dad sabor. Pero no cualquiera. El sabor de Cristo, que es sabor de amor, de entrega, de respeto, de perdón, de servicio, de fidelidad... Sabor. Hundiendo la vida en ese sabor que acoge en la Eucaristía.

Queridos amigos: somos aquí diferentes. Y quizá tenemos planteamientos e ideas distintas de cómo construir este mundo. Pero aquí no nos reúnen estas ideas: nos reúne Jesucristo, que no es una idea, es una persona. Y aquí se rompen, porque Él es más que las ideas. Se rompen las ideas y nos unimos en Cristo nuestro Señor. Y esta tierra necesita esto. Las ideas nos separan, nos dividen, nos estropean, nos enfrentan. E, incluso, a veces, nos capacitan para coger armas y matar al que es distinto.

Cristo nos une. A ninguno de los que estamos aquí nos separa. Al contrario: nos une. Hundamos nuestra vida en la Eucaristía. La Eucaristía no es una cosa más de las muchas que tenemos que hacer los cristianos: es la esencia, el mapa real desde el que tenemos que mover nuestra existencia. Es el plano que nos dice cómo tenemos que mirar al otro.

Hundamos nuestra vida en el diálogo, como lo hizo el Señor. Con todos. Escuchemos a todos. Entrar en el mundo para dar sabor, para ser sal. Entremos en el mundo siendo sal y viviendo esa ecología humana de la que el papa Francisco nos habla en Laudato si: cuidar la humanidad, cuidar la casa que nos ha dado Dios para vivir, cuidar las relaciones entre nosotros, que tienen que ser las que Dios pone en nuestro corazón, cuidar el mundo en el que viven los hombres, para que sea una gran familia... Entrar en el mundo para ser sal.

Entrad en el mundo también para ser luz, nos decía el Evangelio. Hay que eliminar la oscuridad. La oscuridad es el pecado que se manifiesta en la división, en hacer de nuestra vida una idea y no vida. Cristo viene a darnos vida. Vida. Él es camino. Él es la verdad. Cristo es el que hace posible que la oscuridad del descarte, de la exclusión, de la ruptura entre los hombres, no exista. Él hace posible que creamos lo que el Papa Francisco nos dice: hagamos la cultura del encuentro. Y esta cultura es imposible hacerla si no nos encontramos con Jesucristo. Y los cristianos podemos presentarla en este mundo, debemos presentarla, pero con nuestra vida. Como lo hacemos esta noche: todos los viernes en Madrid. El encuentro, la fiesta de la comunión, la fiesta del encuentro: que esto se ponga de moda. Y lo vais a hacer vosotros. ¿Veis? Todos los que estamos aquí esta noche. Ojalá tengamos que pasar frío ahí afuera, en la plaza. Ojalá. Porque damos tal testimonio con nuestra vida que todos deseen participar de esta fiesta de la comunión, que va a cambiar.

Entrar en el mundo para ser luz. Somos luz cuando acogemos la luz, y esta noche podemos acoger a Cristo. Pero esto nos exige contemplarlo. Ser contemplativos, que no es estar al margen de los problemas de este mundo. Todo lo contrario: cuanto más miramos a Cristo, más nos damos cuenta de lo que falta en el corazón del ser humano. Y más nos exige vivir un cambio de vida y anunciar la fórmula. Por eso, acoger la luz supone contemplar, vivir y anunciar. Es luz cuando reflejamos la luz que recibimos. No tenemos luz propia, queridos amigos: la luz es la que nos viene de Jesucristo.

Vivamos este mes con esta página del Evangelio. Y ahora entendáis quizás aún mejor, después de haberos dicho esto, lo que os decía hoy en el twitter: los miedos corrompen la vida, hacen daño a otros. Miedo es no tener luz, no ser sal. Haz el camino con Jesús, que todo lo puede. Sintamos el gozo de su presencia y el gozo del regalo que Él nos hace esta noche a todos nosotros. Seamos luces en la ciudad. Amén.

Visto 666 veces Modificado por última vez en Martes, 07 Febrero 2017 16:30

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