Vigilia de oración con jóvenes (7-10-2016)

Nos están acompañando esta noche miembros de la Delegación de Misiones, que han cantado. Sabéis que este mes de octubre es un mes especial para la misión. Celebramos la fiesta del Domund. Pero especialmente es una llamada que el Señor nos hace a anunciar el Evangelio.

Hoy, esta página del Evangelio, que tantas veces hemos escuchado, nos regala un camino. El Señor sabéis que, un día, hablando a los hombres, nos dijo: «yo soy el camino». El Señor nos regala, en esta página del Evangelio, un camino en tres etapas: camino de entrega, camino de encuentro y curación, y camino de agradecimiento. Voy a intentar que sea el Señor el que alcance vuestro corazón y vuestra vida, para que todos nos dispongamos a entrar en este camino.

Camino de entrega. Habéis escuchado en el Evangelio cómo Jesús sale camino de Jerusalén. En Jerusalén estaba el templo. Jerusalén apuntaba a Dios mismo. Este es el camino. Jerusalén apuntaba dónde iba a morir Jesucristo y a dar la vida por los hombres, dónde iba a dar o a manifestar la plenitud de su entrega. Este es el camino que nos propone el Señor. Un camino de entrega. Como Él lo hizo en Jerusalén. La vida no es para nosotros: nos la ha dado el Señor, pero la vida es para los demás. La vida es para gastarla con los demás, con los hijos de Dios, con todos aquellos que son imagen de Dios, que lo son todos los hombres. No importa dónde estén ni siquiera lo que hacen. Gastar la vida al lado de los hombres. Camino de entrega, pero como lo hizo Jesús: por amor.

Es verdad que en el camino se nos dice cómo Jesús pasaba entre Samaria y Galilea. No todos eran amigos de Jesús. Jesús era judío. Los samaritanos estaban enemistados con los judíos, no se relacionaban con ellos. Pero el Señor aquí nos quiere decir a nosotros mucho más que esto, porque no se trata de hacer la entrega con los amigos sino con todos los hombres: los que son como yo, los que son distintos a mí, los que están muy distantes de mí, incluso de mis proyectos... Camino de entrega.

Esta semana pasada os decía, en la carta pastoral que os escribía, que hay un nombre que tenemos los hombres y que a veces es el que menos utilizamos para vivir, y es el que de verdad define nuestro carnet de identidad, el verdadero, el que nos ha dado Dios: hijo y hermano. Ese es nuestro hermano: el de todos los que estamos aquí y el de todos los hombres. Pero es que resulta que los que estamos aquí, junto a Jesucristo, descubrimos qué es ser hijo y qué es ser hermano. Junto al Señor.

¿Qué es ser hijo? Vivir de cara a Dios, vivir abierto a Dios, vivir haciendo la voluntad de Dios, vivir como imágenes reales de Dios, mostrando el rostro de Dios a los hombres. Hijo y hermano. Nadie me sobra, a todos los necesito, todos son necesarios. Y mientras los hombres no vivamos con el nombre que Dios nos ha dado, hijo y hermano, será imposible construir la cultura del encuentro de la que tantas veces nos está hablando el Papa Francisco. Es más, vosotros como jóvenes sois un reclamo para hacer esta cultura. Tan es así que sabéis que ayer mismo el Papa ya elegía el tema que se va a tratar en el próximo sínodo de los obispos de todo el mundo: los jóvenes, la fe, la pastoral vocacional. Porque todo cristiano tiene una vocación. Todo. Es una llamada que Dios le hace. Es verdad. Camino de entrega, camino de Jerusalén, dar la vida como hijo y como hermano.

Un camino que no es fácil, porque a veces en el camino encontramos también a enemigos. No todos piensan como nosotros, e incluso a veces piensan que lo que nosotros hacemos y creemos no es bueno. Pues, queridos amigos, también a esos también hay que amarles; precisamente por esos hay que dar la vida.

Cristo nos lo dice: no he venido a condenar, he venido a salvar a los hombres; no he venido a desechar a unos y a acoger a otros. No. He venido a buscarles a todos: los que me quieren y los que no me quieren. Recordar las palabras de Jesús en la cruz: perdónales, no saben lo que hacen.

En segundo lugar, camino de encuentro y curación. Vinieron a su encuentro diez leprosos que se pararon a lo lejos, y a gritos le decían: Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros. Vinieron a su encuentro. ¡Cuánta gente está llamando a nuestras puertas, a nuestra vida! ¡Cuánta gente! Pensad por un instante en las personas que viven a vuestro alrededor y que necesitan de vuestra curación. Curadles.

Algunos diréis: ¿pero qué vamos a hacer? Pero, queridos amigos: tenemos la vida de Jesucristo, se nos ha regalado la vida de Cristo por el bautismo. Podemos curar, podemos sanar; pero no por nosotros, sino porque el Señor nos ha dado su vida para hacerlo; su vida para que amemos, para que nos entreguemos, para que cuidemos, para que acariciemos al otro, para que le entreguemos lo que nadie le entrega: la comprensión, el servicio, el ponerle en primer lugar antes que a mí mismo... Y, además, podemos regalarle la vida del Señor. ¡Pero si la tenemos nosotros! Que esto no es un cuento, que Cristo nos ha elegido como discípulos, que somos miembros de un pueblo que es la Iglesia, que camina por este mundo y por todas las latitudes de la tierra. Y quizá donde aún no ha llegado, precisamente en este mes de octubre, cuando celebramos el Día del Domund, se nos está invitando a que llegue la noticia, la buena noticia de Jesucristo; la noticia que es de respeto absoluto del otro, de reconocer la dignidad de todo ser humano, de reconocer que nadie sobra en este mundo, de descubrir que no hay uno mejor que otro; todos tienen el nombre: hijo y hermano. Camino de encuentro y curación. Entremos por este camino.

Y, en tercer lugar, camino de agradecimiento. Fijaos qué contradicción: el Señor cura a diez. Lo habéis escuchado en el Evangelio. Solamente uno vino a darle gracias. ¿Sabéis lo que sucede? Que en el camino, a veces, no podemos esperar éxitos, los éxitos humanos. Encontramos a mucha gente, y a todos les tenemos que dar lo mismo: la entrega, el encuentro, la curación... Pero no todos experimentan la salvación plena. Algunos solamente experimentan la salvación física. Nueve se curaron, e iban felices y contentos. Pero no experimentaron que el Señor les había curado desde el fondo del alma, desde el fondo del corazón, desde la raíz de la existencia. Uno sí: Dios le había curado y le había regalado precisamente su vida, había experimentado que en él estaba la vida del Señor, y por eso fue a agradecérselo; no tanto por la curación física, que también. Pero fijaos que el Señor les había mandado a todos a presentarse a los sacerdotes. Este no: este vino a dar gracias a quien de verdad le había salvado.

Queridos amigos: esta noche, el Señor os cura. Pero sed agradecidos; también el arzobispo. Seamos agradecidos, como el leproso que regresa donde el Señor. Qué maravilla esta noche, todos aquí junto a Jesucristo, como el leproso. Esto no es un cuento, no es una teoría de vuestro arzobispo. Es verdad. Aquí habéis venido de muchas parroquias, de muchos lugares de Madrid. ¿Y a dónde habéis venido? A decirle al Señor, como el leproso: «Gracias, Señor. Gracias. Gracias porque nos has curado, nos das tu vida, podemos tener otro horizonte diferente, distinto; de verdad sabemos que el otro es mi hermano, que es verdad, que este mundo lo podemos construir de otra manera.

Experimentad esta noche este agradecimiento. La vida se nos regala en este momento de nuestra vida. La vida no se nos regala cuando nacemos. Cuando nacemos, venimos a este mundo. La vida se nos regala cuando Cristo nos cura, y llega a nuestra vida y a nuestro corazón. A lo mejor tenemos quince, veinte, veinticinco, treinta, cuarenta... los años que fuere. El Señor hoy, con la edad que tengamos, está aquí y nos cura. Y precisamente no elige a veces a los mejores. Fijaos que el que es curado es un samaritano. ¿No han quedado limpios los otros diez, o los otros nueve? ¿Dónde están? ¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios? Pero, queridos amigos, vosotros no sois extranjeros: sois de la familia de Jesús. Curados para curar. Camino de agradecimiento.

¿Veis qué mes tenemos más maravilloso? Un mes para descubrir este camino del Señor: de entrega, de encuentro con todos, de curación a todos, y de agradecimiento a Dios. Seamos agradecidos, no desagradecidos. Seamos agradecidos. En el silencio de nuestro corazón, vamos a decirle al Señor: gracias, Señor, porque nos has curado en la noche de este 7 de octubre. Tú. A esta pandilla que estamos aquí, de la cual yo también soy protagonista, pero leproso, viene Jesús y nos cura. Nos hace amar a todos. Nos hace ver que quien salva es Él. Agradezcámoslo al Señor.

Visto 326 veces Modificado por última vez en Jueves, 09 Febrero 2017 15:46

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