Vigilia de oración con jóvenes (03-03-2017)

En este viernes yo os quiero hacer, precisamente porque estamos en Cuaresma, una propuesta para escuchar el Evangelio con una originalidad especial. El Señor nos dice que fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Me gustaría que esta noche hiciésemos una composición de lugar diferente. El desierto representa el lugar donde no hay vida, el desierto representa soledad, el desierto crea indiferencia...

Pero, en el desierto, precisamente por la soledad que existe, vienen tentaciones tremendas. Pues imaginaos que, hoy, las grandes ciudades son un gran desierto. Hay un libro que hace poco ha salido publicado, y precisamente habla de que las soledades más grandes, las diferencias y los descartes más tremendos, las tentaciones más terribles, la capacidad para que el ser humano se decaiga, se rompa, nos lo dan las grandes ciudades.

Estamos viviendo en una gran ciudad. Y, por un momento, imaginaos que es el desierto. Un desierto. Y, por un momento, os voy a pedir en primer lugar que tengamos la experiencia de vivir en el desierto.

El Evangelio nos habla de que Jesús tuvo hambre. Pensad por un instante en nuestra gran ciudad. Hay hambre, también: hambre de Dios, hambre de vida, hambre de fraternidad; hay situaciones tremendas de orfandad... Uno se siente sin familia, sin referencias; hay situaciones de injusticia, hay faltas de verdad... Hay hambre. Pensad, por un momento, en vosotros mismos; pensad en amigos y compañeros vuestros, de estudios, de universidad, en los lugares donde estáis estudiando, entre los compañeros que tenéis, en el barrio donde vivís... Pensad que en ese desierto hay hambre. Hay hambre.

La gente no está feliz. Tiene en lo más profundo de su corazón deseos inmensos de Dios, aunque no nombra a Dios y aunque a lo mejor no sepa que es Dios. Es donde más se manifiestan las rupturas, los enfrentamientos, las divisiones, las protestas... de todo tipo. La fraternidad se rompe. Veis entre los jóvenes cómo vienen, a veces incluso los grupos, que se agreden unos a otros... Hay falta, a veces, de familia. Hay hambre de vida verdadera. No es que no haya comida: para muchos hay, y para otros no hay, pero hay hambre de vida, haya hambre de miradas, de que a uno le miren como un hermano, que le atiendan, que no pasen de él, que no sean viajeros, viandantes...

¿Sabéis la diferencia que existe entre los no lugares y los lugares? Los no lugares son el aeropuerto: hay viajeros... En las calles... Los lugares son distintos: hay hermanos, hay hijos de Dios, hay preocupación de los unos por los otros, hay deseos de que el otro esté bien... ¿Veis?

Yo os invito a que esta Cuaresma tengáis esta página del Evangelio como una página importante. Vivid la experiencia de estar en el desierto, vivid la experiencia de esa necesidad de quitar el hambre, vivid la experiencia de esa necesidad de no buscar solamente el poder, el bienestar, el dinero, la explotación, el robo de la dignidad del ser humano... Se roba al ser humano. Es otra tentación que hay en el desierto: el deseo de poder, a costa de lo que sea. Nos lo ha dicho el Señor.

Es más: en el desierto uno quiere hacer un reino a su medida; un reino de y con dinero; un Dios que no me abraza, un Dios que me hace entender la vida –la mía y la de los demás– como que se compra. Tened la experiencia del desierto.

Esta página del Evangelio no es de antes de ayer: es la palabra que el Señor nos viene a decir a nosotros esta noche, y es la palabra que vais a oír el domingo. Yo os diría: pasead, ved la ciudad, mirad a la gente; miradla, observadla, observaos a vosotros mismos...

En segundo lugar, escuchad a Dios en el desierto. Sí: escuchad su palabra. La que sale de la boca de Dios. Esa palabra que nos dice a todos nosotros que lo más importante en la vida, el derecho fundamental que tiene todo ser humano, es amar a Dios y al prójimo como a uno mismo, y amarle como Dios lo ama.

Escuchar a Dios en el desierto. Escuchad lo que dice en lo más profundo de vuestro corazón; escuchad lo que quiere el Señor de cada uno de vosotros; escuchad al Señor abiertamente, sin miedos, no pensando en vosotros, sino en este Dios que quiere entrar en vuestra vida.

En tercer lugar, hagamos un mundo nuevo, creemos la cultura del encuentro, de la salida para todos los hombres; y hagámoslo, no con cualquier palabra, no con cualquier orientación, no con cualquier maestro, sino con el maestro que hoy nos acompaña, Jesucristo nuestro Señor, orientados por su palabra, construidos y sostenidos por su gracia, sanados en lo más profundo de nuestro corazón por el amor de Dios.

¿Veis? Esto os regalo este mes. Esta página del Evangelio de Mateo 4-1-11. ¿Para qué? Para que viváis la experiencia del desierto; para que escuchéis a Dios en el desierto, que habla; para que hagamos un mundo nuevo. El que quiere el Señor. Crear la cultura del encuentro, crear la cultura donde todo ser humano tenga salidas, en la que a nadie le robemos la dignidad, orientados por su palabra, construidos y sostenidos por su gracia, y sanados por su amor.

Vamos a adorar al Señor. Dejaos abrazar por el Señor. Dejaos querer por el Señor. Salid por el desierto de este mundo, no solos, no a vuestro aire. Es verdad que este es un desierto con mucha gente, pero grandes soledades. Solo Dios basta, hemos cantado; nada te turbe, nada te espante, quien a Dios tiene, nada le falta, solo Dios basta. En el desierto se aprende esto. Y cambia la ciudad, cambia la convivencia, cambia las relaciones, cambia las ocupaciones, cambia las preocupaciones, cambia la mirada que tengamos a los demás, cambia nuestro corazón, cambia nuestra vida. Somos más felices y hacemos más felices a los demás. Sí. En el desierto. Adoremos a Jesucristo en el desierto. Pero lo convierte en vergel a través de cada uno de nosotros. Un desierto convertido en vergel, porque hay unos jóvenes en Madrid que son capaces de vivir de la palabra de Dios, de la gracia que viene del Señor, con la capacidad de construir y entregar la novedad, la que Teresa de Ávila encontró: solo Dios basta.

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