Vigilia de oración con jóvenes (1-09-2017)

Como podéis comprender, para mí es una alegría, después de este mes de agosto que hemos interrumpido la oración, poder juntarme con todos vosotros en este primer encuentro del curso, en este mes que comenzamos de septiembre. Y una alegría grande el poder escuchar del Señor esta Palabra que es la que vamos a oír este domingo próximo, en el día del Señor.

Yo le pido al Señor que me dé también sabiduría para poder deciros a vosotros lo que he rezado y meditado en esta Palabra que el Señor nos entrega, y para poder aproximar a vuestro corazón lo que Él quiere de cada uno de nosotros en estos momentos de nuestra vida.

En primer lugar, en este Evangelio se nos presentan dos caminos. Y es bueno el que nosotros, al iniciar el curso, descubramos estos dos caminos que se nos presentan. Por una parte está el que quiere seguir Jesús; y por otra parte está el que quieren seguir Pedro y todos los demás discípulos, porque en el fondo Pedro lo que dice es lo que piensan todos los demás. Jesús intentó explicarles a los discípulos el camino que iba a llevar. Les dijo que tenía que ir a Jerusalén y padecer mucho. Naturalmente, habló de muerte, de ejecución y de resurrección. Pero eso no les interesaba a los discípulos. Los discípulos, en Pedro, tenían otro camino, que era el camino del triunfo, el camino de hacer un reino de este mundo en el que Jesucristo sería el rey y ellos estarían muy bien colocados, en puestos principales del mismo.

En el fondo, queridos amigos, queridos jóvenes, es lo que nos pasa a nosotros también: nos cuesta seguir el camino de Jesús, que es el camino de la entrega, el camino de la fidelidad, el camino del amor, el camino del perdón… Y nosotros preferimos elegir otros caminos que a veces no son más eficaces. Por eso, cuando Pedro le dice al Señor: «No permita Dios esto», Jesús se volvió y le dijo esa expresión que, aparentemente, es tan fuerte: «Quítate de mi vista, Satanás. Me haces tropezar. Piensas como los hombres, no como Dios».

Qué bonito es, queridos amigos, que Jesús hoy nos reúna a todos nosotros -Él realmente presente en el misterio de la Eucaristía- para decirnos: ánimo, jóvenes de Madrid. Tened el pensamiento de Dios. Tenedlo. No os arrepentiréis. Ese pensamiento que nos lleva a amar a todos, sin excepción; también al contrario, también al que me hace daño, también al que está contra mí. Jesús murió por todos los hombres. No murió por unos pocos. No murió solamente por los que pensaban como Él, porque al fin y al cabo al final se encontró solamente con su madre y con el discípulo al que tanto quería. Todos los demás se habían marchado. Y dio la vida por todos, queridos amigos. Pensemos como el Señor.

Al iniciar el curso, nosotros, dentro de un momento nos vamos a arrodillar ante el Señor. Y le vamos a decir y a pedir que tengamos el pensamiento de Dios, que elijamos el camino del Señor, que le digamos que queremos elegir y tener este camino. Pero lo queremos hacer con su gracia, con su amor, ya que con nuestras fuerzas nos cansamos, elegimos a veces otros caminos que parecen más eficaces, que se realizan con otras fuerzas… Pero ese no es el de Jesucristo.

En segundo lugar, para hacer este camino, el Señor nos hace una oferta. Me hace una oferta: pensar como Dios. Qué bonito es esto, queridos hermanos, queridos jóvenes. Pensar como Dios. Ello requiere, por nuestra parte, estar muchos ratos a solas con el Señor. Requiere pedirle al Señor que nos dé su manera de ser, su manera de hacer, su manera de construir, su manera de mirar a los hombres. Que nos regale su mirada. Queridos amigos: qué distinta es la mirada de Jesús a la que a veces tenemos nosotros. Qué mirada… Yo os invito a que cojáis el Evangelio y veáis todos los pasajes en que el Señor se encuentra con la gente y nos dice: Y quedándose mirando, y mirándoles, y le miró… Qué mirada es la de Jesús. Mirada a la pecadora, mirada a los leprosos, mirada al que estaba tirado porque le habían apaleado, mirada a los que lo mataron. Mirada. «Perdónales, no saben lo que hacen».

¿Veis qué maravilla? Cuánto se han perdido los que no han venido esta noche aquí… Se han perdido estas palabras que nos dice el Señor. Os doy mi camino y os hago una oferta. Pensad como yo, quered como yo, mirad como yo, amad como yo. Cuando estaba preparando esta catequesis, decía: Señor, merece la pena ser cristiano, merece la pena salir por este mundo haciendo esta oferta, porque no la hace nadie. Nadie. Nadie más que Jesucristo. Nadie. La oferta que se hace es: tú me la haces, tú me la pagas; tú me das esto, yo te doy aquello. Intercambios. Jesús da la vida. Única la oferta. Y no solamente el Señor nos ofrece un camino, no solamente el Señor nos ofrece una oferta, sino que nos dice: os doy una tarea. Una tarea que tiene tres partes, como acabáis de escuchar. El que quiera venirse conmigo: primero, que se niegue a sí mismo; segundo, que cargue con su cruz; tercero, que me siga. Tres partes en esta tarea que nos ofrece el Señor al iniciar el curso: negarse a sí mismo, cargar con la cruz, y seguimiento.

Dejadme deciros dos palabras de esto, de la tarea. Qué es negarse a sí mismo. Negarse denota algo radical. Es decir, denota una cosa: es renunciar a vivir para uno mismo de manera egocéntrica, es decidirse a no tener miedo a arriesgar todo por Jesús. Eso quiere decir negarse a sí mismo. No tener miedo. Arriesgar todo por Jesús. ¿Veis qué tarea más bonita? Estar en el mundo sin miedo, arriesgándome a hacer la vida de Jesús, a regalar lo que nos regaló Jesús, a tener la mirada de Jesús, a tener el corazón de Jesús, a tener las manos de Jesús, a tener el pensamiento de Jesús, a regalar la amistad de Jesús. En esa tarea no solo hay que negarse a sí mismo. El Señor nos dice: tomar su cruz, cargar su cruz. Mirad: esta expresión la utilizaron los primeros cristianos para expresar su unión con Jesús, en su muerte y en su resurrección. Cargar con la cruz es: Jesús cargó con todos los pecados que los hombres tenemos. Todos los pecados. Todos. Con todo lo bueno. Cargó con todo. Y lo llevó sobre sí. Amándoles. Y lo que no era bueno, las cruces más pesadas, las cambió amando, dando la vida.

En este contexto, la cruz es el símbolo del sufrimiento que a veces puede llevar y conllevar el seguir a Jesús. ¿Veis? Negarse a sí mismo, no tener miedo a arriesgar la vida por el Señor, cargar con la cruz, es decir, con todo lo que los hombres tienen. Pero vamos a cambiarlo. Con la fuerza de Jesús. Con el amor de Jesús.

Y, en esta tarea, hay una tercera parte: el seguimiento. Niégate, carga con mi cruz y sígueme. Seguir a Jesús es estar dispuesto a hacer su camino, a no pretender ganar el mundo más que como Jesús, perdiendo la vida, para darla. El verbo seguir hace referencia al seguimiento del propio Jesús.

Queridos jóvenes. Creo que sabéis que siempre elijo el Evangelio del domingo siguiente. Para no tener problemas de elección. Y que sea la Iglesia misma la que nos vaya dando lo que necesitamos. ¿Sabéis lo que es empezar este curso con esta página del Evangelio?. Yo os invito a una cosa: a que cojáis el Evangelio, capítulo 16 de san Mateo. Fácil de recordar: 16. Mateo 16. Os invito a que lo tengáis encima de la mesilla, en la habitación. Que de vez en cuando digáis al Señor: ¿qué camino he hecho, el tuyo o el de Pedro? ¿Soy como Pedro? ¿Acepto tu oferta? ¿Pienso como tú? La tarea: ¿Cómo la he hecho? ¿Me niego? ¿Cargo con la cruz de los demás? ¿Sigo de verdad?. Queridos jóvenes: esta es una propuesta especial que no os he hecho yo. Os la ha hecho el mismo Jesús al iniciar el curso.

Que el Señor bendiga a todos. Bendiga a nuestra diócesis. Bendiga este camino que vamos a hacer. Y os invito a que, cuando se publique mi carta pastoral  –que es fácil de leer; aunque sea larga la leéis a trozos–, que se titula precisamente esto: Ser sal y luz del mundo, anuncia a Jesucristo. Y esta página encima de vuestra mesilla os ayudará. Vamos a estar un ratito con el Señor.

Visto 193 veces Modificado por última vez en Lunes, 02 Octubre 2017 15:18

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