Conferencia del cardenal Carlos Osoro en el Casino de Madrid (19 de enero de 2016)

Excelentísimo señor don Javier: gracias por la invitación. Gracias don José Luis por las palabras que ha dicho. Queridos miembros de la mesa. Ilustrísimos señoras y señores. Muchas gracias por tener la paciencia, quizás, de escuchar algunas cavilaciones y pensamientos que desde que estoy en Madrid he venido haciendo. Y voy a utilizar precisamente lo que voy a decir sobre este tema que quiero presentarles, La Iglesia que vive en Madrid, muestra el rostro de Cristo, presencias y retos, desde las reflexiones que durante este año y pico que llevo como arzobispo de Madrid he venido haciendo, y quizá en alguno momentos han visto escritas o dichas en las cartas que semanalmente les escribo, o en los distintos lugares de nuestra iglesia diocesana donde he hablado.

Voy a hacer una breve introducción con un título que me parece que es importante darle hoy: Qué nos pasa para no saber lo que nos pasa. Qué nos pasa en estos momentos. Y qué puede decir la Iglesia.

Muchas opiniones se manifiestan ante acontecimientos del presente y del futuro en España. En estos momentos, a quienes buscan con toda sinceridad la verdad queriendo eliminar intereses egoístas y que no son humanos, sino que inhumanizan la vida, quiero presentarles y tengo necesidad de darles no una opinión más, sino entrar en lo que a mi modo de ver son siempre raíces para consolidar, para clarificar y para edificar. Con ello no pretendo más que afirmar lo que a mi modo de ver es esencia de la identidad católica y eliminar siempre tres tentaciones que han sido permanentes a veces entre creyentes, y por supuesto también entre no creyentes: quienes tienen la tentación de privatizar la fe y la acción de la Iglesia, es decir, en el fondo no reconocen una dimensión esencial de la existencia humana como es la dimensión trascendente, presente en el 99% de toda la humanidad de maneras diversas pero reales. Pretender ignorar esto es el absurdo más grande. ¿Qué nos pasa para no saber que nos pasa?. Las tres tentaciones de siempre las resumo así: ideologizar la fe es una idea más, de las muchas que hay; privatizar la Iglesia y su misión, querer reducir la Iglesia al ámbito de la sacristía; y tercera tentación, seleccionar páginas del Evangelio y no acogerlo en su integridad, por tanto hacernos un Jesús a nuestra medida y a nuestros intereses personales.

Con toda verdad he de decir que las ideologías no son la respuesta al hombre para su libertad auténtica y para construir la casa común de la cual el papa Francisco, en la última encíclica Laudato si, nos habla. Tampoco el privatizar la misión de la Iglesia por intereses personales o de grupo que, tomando decisiones, relegan su misión a ámbitos de la interioridad, cuando la fe vivida plenamente tiene manifestaciones en todas las dimensiones de la vida. ¿Qué sería de Europa, de España, del mundo, si la fe fuese solamente una cuestión privada? Poco de lo que visitamos tendríamos que visitar, porque no existiría. Seleccionar, por otra parte, partes del Evangelio según conveniencias tampoco ayuda a vivir el valor histórico y humanizador de la fe. Es cierto que todas las ideologías han prometido cosas parecidas a estas: nosotros cuidaremos de las cosas, ya no descuidaremos la tierra, crearemos un mundo nuevo, justo y fraterno... Pero, ¿qué ha pasado con las ideologías?, incluso con las que intentaron de fraguarse aludiendo a algunas páginas del Evangelio. Por supuesto, destruyeron la convivencia, porque no vale la demagogia y la violencia, no vale reducir el ser humano a una esclavitud indigna al servicio de una ideología o de una economía inhumana y pseudocientífica. El Dios vivo es necesario.

La dimensión transcendente está inscrita en el núcleo de la existencia humana. Es real en la existencia humana. Y cuando por gracia hemos conocido a Dios que se hizo presente en esta tierra, tomando rostro humano en Jesucristo, hemos conocido y entendido que el Evangelio tiene repercusiones en dar un sentido radical a la vida personal y social, a la convivencia entre los hombres, a la unidad de los pueblos, porque los muros de separación los rompe creando comunión y unidad, y nos regala una manera de ser y de estar y de hacer en este mundo que nos da una configuración moral a todas nuestras acciones. Basta recordar al apóstol san Pablo cuando nos dice: «Os ruego que andéis como pide la vocación a la que habéis sido convocados. Sed siempre humildes y amables, sed comprensivos, sobrellevaos mutuamente con amor; esforzaos en mantener la unidad del Espíritu con el vinculo de la paz. Un solo cuerpo y un solo Espíritu, como una sola es la esperanza de la vocación a la que habéis sido convocados». La fe tiene una dimensión social que nos permite decir que no puede haber privatizaciones de ningún tipo; nos permite decir aquello que una mujer excepcional en la España del siglo XVI dijo: «Andemos en verdad». Atrevámonos a andar en verdad. Esta es, yo creo, la respuesta a esta pregunta que quería hacer en la introducción a esta conferencia o a esta reflexión en voz alta.

¿Qué nos pasa para no saber lo que nos pasa?. Que no estamos atreviéndonos en estos momentos a ahondar en verdad, utilizando la expresión de santa Teresa de Jesús. Cuando no es reconocida la dimensión trascendente, el hombre no trabaja bien por la tierra porque al final pierde criterios: son los suyos o los de su grupo. Y es que al no conocer esa dimensión y, por supuesto, el rostro que nos revela cuál es la dimensión, no conocemos, no sabemos quiénes somos, y el desconocimiento de uno mismo provoca tremendas barbaridades. Hoy habría que preguntar a quienes nos encontremos por el camino: ¿Buscáis la libertad de verdad? ¿La buscáis? ¿La de todos los hombres? ¿Entráis en las medidas reales del ser humano?.

La Iglesia, que tiene que seguir prestando este gran servicio a la humanidad y a los pueblos que se hicieron grandes cuando tuvieron conciencia clara de dónde se alcanza la libertad y cómo se genera la comunión entre los hombres, tenemos una tarea extraordinaria, que es devolver la confianza en Dios a todos los hombres, a todos los que decimos que creen en Él, y también invitar a los que dicen no creer, haciéndolo con amor y con misericordia.

En un encuentro, la hija de un beato –mártir- de Valencia, me dijo que su padre tenía una pequeña fábrica en su pueblo, y cuando estaba despidiéndose de su mujer y de sus hijos, en concreto de esta hija también, cuando le estaban subiendo a un camión, les dijo a sus hijos y a su mujer: «mirad, sabéis quién me trae aquí, está trabajando con nosotros, no se os ocurra echarle ni hacer una violencia contra él. Si queréis ser fieles a la convicción con la que yo entrego mi vida, ayudadle como si fuese yo mismo». A mí aquello me impresionó, dicho por la hija. Y es que situarnos en la vida como hermanos de todos los hombres es esencial. Por eso, pienso que la Iglesia construye a los pueblos, no dispersa; elimina muros, no separa; pone en juego problemas esenciales de la sociedad; tiene que hacerlo con intensidad fuerte siempre. Y hay unas tentaciones que elimina siempre: las tentaciones son la de reclamar para el ser humano las medidas que tiene que tener el ser humano para vivir en libertad. Que las pueda acoger o no es otra cosa distinta, pero que nadie se las pueda quitar. ¿Qué nos pasa, como les decía antes, para no saber lo que nos pasa?.

Pues bien, desde aquí les quiero decir ahora los siete retos, siete tareas, siete regalos, siete momentos, siete gracias que a mí me parece que son esenciales que la Iglesia haga y viva, siempre, pero más en este momento de la historia.

1.- En primer lugar, seamos una Iglesia misionera en la gran ciudad, y estemos siempre alegres en el anuncio del Evangelio, sabiendo que la tarea más grande que se puede entregar a los hombres es precisamente ésta: la de Jesucristo. Fíjense que una gran misión tiene la Iglesia en medio de la ciudad: acentuar el primado de Dios, renovar los vínculos entre los que viven en ella haciendo posible que realicen esa versión nueva de vivir, de pasar, de ser islas o desconocidos a ser imágenes de Dios. Que, por lo tanto, al vivir con el amor mismo de Dios no pueden prescindir de nadie que esté viviendo junto a ellos, que son sean capaces de crear un gueto urbano, que provoquen en todos los que habitan la ciudad pasar de desconocidos a ser hermanos. Y ello les da una capacidad creativa, de búsqueda y de realizaciones en medio de la ciudad, en todos los lugares donde la comunidad cristiana se reúne, que siempre creará lugares de encuentro, donde todos son reconocidos y tratados en la dignidad que todo ser humano tiene.

El beato Pablo VI en la Evangelii Nuntiandi nos decía: «La iglesia existe para evangelizar, para dar testimonio de una manera sencilla y directa de Dios, revelado por Jesucristo mediante el Espíritu Santo». De ahí que el primado de Dios es esencial manifestarlo, decirlo. Este es el gran reto que tiene la Iglesia de Cristo. Aquí y ahora, en Madrid. Siempre habrá que proclamar la feliz noticia de que Dios habita entre nosotros, de que esa eterna comunión que se da en la Trinidad es de la que tiene que vivir la Iglesia y manifestar a todos los hombres para que sea esa gran familia que tiene un signo que la distingue y promueve a quien le hace vivir en esa comunión: la señal de la cruz, que es la señal del arma que tenemos para vivir y construir, que es el amor. La cruz no es señal de desgracia, es la señal de un Dios que se ha hecho hombre y, porque nos ha querido, ha dado la vida. Y es la señal de que acogiéndose a esa manera de vivir hace lo mismo, con su gracia y su fuerza.

Qué fuerza tiene para los hombres, y para construir el futuro, esta adhesión al Señor. Él os enseña no solo a darnos, sino que dice algo más importante: hay que darse. Acoger la vida del Señor supone entregar una novedad tan grande en medio de la historia que en nada se puede comparar. Los cristianos tenemos que ser esa novedad, y darla, entregarla. Por eso, estamos llamados a suscitar, a consolidad, a madurar, a sanar, a afianzar, a promover un nuevo estatuto en la historia de los hombres con el humanismo verdadero. Por eso, estamos llamados a lo que les decía hace un instante: la Iglesia es misionera. Ser misioneros: esta es nuestra gran tarea. Sí. En medio de la ciudad, entregarnos a purificar y a elevar la dignidad del hombre a las medidas que solamente Dios nos ha dado, de tal manera que la fe y la adhesión a Cristo no es cuestión secundaria o de unos ilusos que están engañados: es la cuestión más humana que jamás se ha podido presentar. Y con esta convicción tiene que seguir la Iglesia de nuestro Señor en medio de esta historia.

En la ciudad hemos de volver a hacer descubrir lo que los primeros cristianos hicieron cuando comenzó la evangelización, hace 21 siglos. Su tarea fue entrar en el corazón de aquellos hombres urbanos, hombres y mujeres de su tiempo, paganos unos o casi todos, y entregados a toda clase de muerte muchos otros, y otros haciendo dioses a su medida que no daban salvación sino esclavitud, pero anunciaban que el deseo de absoluto que estaba en sus corazones ellos lo tenían, y lo podían tener ante una realidad que en la vida los cristianos mismos mostraban.

No creamos lo que a veces se dice. El Dios que nosotros anunciamos no crea problemas para la paz en el mundo, no crea problemas para la convivencia, no crea problemas para los más pobres, para que recuperen todos la dignidad, sino todo lo contrario; no crea odios, no crea intolerancias, no crea desuniones, no crea fracturas, sino que construye convivencia. Pero no la convivencia del descarte, o la convivencia de posicionamientos en los que unos tienen más privilegios que otros, al contrario: si alguien tiene privilegio es el que más lo necesita. Por tanto, para construir la nueva ciudad no hay que prescindir de Dios, que se nos ha revelado en Jesucristo. Es más, la nueva ciudad requiere, si es que quiere ser nueva ciudad, la presencia de Dios en ella. Los cristianos tenemos que evangelizar. Un reto es, por tanto, la Iglesia misionera.

2.- El segundo reto es una Iglesia que tiene que encontrarse con la que fue primera misionera y la misionera fundamental, que es la santísima Virgen María, la madre de Dios. El cristiano hoy tiene que volver a aprender y a vivir en la escuela de la primera misionera, que es la Virgen María. Sí. Yo les diría con brevedad algo que a mi parecer es fundamental: seamos valientes, audaces e inteligentes en una cultura que está generando desencuentros, seamos valientes para hacer una cultura distinta, que pregona unos principios y valores, que no provoque angustias ni pesimismos.

En un libro mío, que se publicó al llegar a Madrid, hablo precisamente de la grave enfermedad que tiene el ser humano, a la que denomino la enfermedad de las tres ‘d’: una d es el desdibujamiento, otra d es la desesperanza, y otra d es la desilusión. El desdibujamiento, es decir, es que a veces no existe proyecto del ser humano, no sabemos lo que somos, no hay dibujo del ser humano. Y el cristiano puede entregar este dibujo, de hecho da este dibujo, el dibujo lo da Jesucristo, nos dice quién es el hombre y quién es Dios, y quién es el hombre cuando acoge Dios en su vida, el que revela el Señor. Pero la otra d no es solamente el desdibujamiento, sino la desorientación. El ser humano no es un vagabundo, es un peregrino; el ser humano tiene que tener metas para moverse; sin metas somos vagabundos, nos da igual estar en un sitio que en otro, nos da igual una cosa que otra, no hay medidas. Pero la otra d es esa desesperanza. Porque el vagabundo no tiene norte. La desesperanza está metida en el corazón del ser humano. Seamos valientes.

Yo les invito a todos a que hoy este reto le asumamos en la escuela de la santísima Virgen María: tener el atrevimiento y la osadía de decir a todos los hombres lo que tan maravillosamente una mujer excepcional y única como fue la Virgen dijo. Ella, ante la llamada, respondió con prontitud, prestó la vida enteramente diciéndole a Dios: sí, quiero que entres en mi vida, y quiero que se revele tu rostro a través de mi vida. Complicarse la vida para que los hombres nos enterásemos de una vez para siempre que somos hijos de Dios, que es el título más grande que un ser humano puede tener, porque me capacita para ejercerlo siendo hermanos de los demás, es lo que nos entregó la santísima Virgen María. Y esta es la escuela a la que tenemos que asistir. Se complicó la vida. Todos tenemos que recordar aquella pregunta de la Biblia: ¿dónde está tu hermano? Es que le he retirado, es que no piensa como yo, es que es de este grupo, es que es del otro. ¿Dónde está tu hermano?. A esto solamente puede responder quien asistió con todas las consecuencias a la enseñanza de Dios y aceptó que Dios entrase en su vida con todas las consecuencias; y pueden hacerlo también los que estamos dispuestos a entrar en esta escuela de María que nos ayuda a construir eso que el papa Francisco llama la cultura del encuentro: a ser discípulos enamorados, a ser discípulos viviendo con ardor misionero, con capacidad de contagio, y a ser constantes en el andar por todos los caminos, sean los que fueren; lo importante es ir con la cabeza, con el corazón y con las manos de Nuestro Señor que aprendemos en la escuela de María. Por lo tanto, otro reto es este.

3.- Tercer reto: beber en la esencia para hacer una salida misionera. Este año, al inicio de curso, hice una pastoral que es la que he querido que marcase el curso, titulada Jesús, rostro de la misericordia, camina y conversa con nosotros también en Madrid.

Bien. Yo creo que hay que beber en la esencia de esta salida misionera. Hay que salir desde el corazón del Evangelio. Hay que salir. Quien nos convoca es Jesús, quien nos da poder y autoridad es Jesús, quien nos envía a proclamar su reino es Jesús. Pero nos hace que vayamos con su misericordia, que es su amor, que en definitiva es justicia, que es una justicia que va mucho más allá de lo que se merecen los hombres, les da incluso aquello que no se merecen: la vida misma de Dios se la regala. Dios no tiene vergüenza de darnos su propia vida para que caminemos por este mundo con su vida. Ponerse en camino curando. Hay que curar. No se trata de seguir contagiando enfermedades. Hay que curar en el camino. ¿Que hay dificultades? Naturalmente. Hay tentaciones en el camino. Las tenemos todos. Por ejemplo, una tentación gravísima hoy es no dejarse sorprender por nada, ni siquiera por Dios. Lo sabemos todo. Cuándo es mentira. Cada día, cuanto más descubrimientos hay, estamos viendo que sabemos menos todos, y que para saber algo que sea verdadero y agradable para los demás tenemos que acercarnos a Dios. No dejarnos sorprender por Dios es una tentación que no vale para nosotros. O vendar heridas sin curar. Ya saben lo que pasa: si yo pongo una venda en una herida que no he curado, se pone peor. Hay que curar y vendar. Y hay que ser constante en esta curación. Si hay que quitar vendas todos los días, pues hay que quitarlas, pero hay que curar el corazón. Y en nuestra vida, y en nuestro itinerario, en el camino de nuestra vida concreta y de nuestra historia de España, tenemos que curar.

Es verdad que a veces somos inconstantes; o a veces buscamos rápidos milagros; o a veces nos hacemos mundanos y olvidamos a quien cura de verdad, al médico mejor, y le olvidamos y le retiramos, que es la gran tentación que existe siempre. Ya lo decía santa Teresa de Jesús de formas diversas: o hacernos propietarios y patrones nosotros, y creernos que somos nosotros, imponer a los demás nuestros criterios sin dejar vivir a otros que pueden tener otros criterios distintos, o ese deseo de triunfar siempre.

¿Saben? La esencia de la salida misionera para un cristiano es la Eucaristía. San Juan de Ribera, de quien he tenido la gracia de ser, después de muchos siglos, sucesor siendo yo arzobispo de Valencia, hizo una obra maravillosa. Cuando le nombran arzobispo de Valencia en el año 1568 había unos problemas tremendos. Había gente que se había convertido pero que era mentira, hacían guerrillas, etc. A aquel santo arzobispo, Felipe III le hace virrey de Valencia y Capitán General. Si es difícil ser santo siendo solo arzobispo, no te digo siendo más cosas... Es muy difícil ser santo. Parece que él lo que practicó fundamentalmente fue el ser obispo, padre de todos. Y así recorrió el camino. Cuando uno lee sus sermones, y las salidas que tuvo, es impresionante. Porque se preocupó de mostrar el rostro de Dios, la cercanía de Jesucristo a los hombres, y arregló y curó muchas heridas y muchas sospechas. ¿Pero, sabéis dónde centró la vida? En la Eucaristía. Creó el colegio que hoy existe, Seminario Corpus Christi, donde se sigue haciendo lo mismo que se hacía en el siglo XVI, y la misma celebración que se hacía según los mandatos y las normas que él tenía. Todo centrado en la Eucaristía. Porque él sabe que quien se alimenta de la Eucaristía no puede entregar otra cosa a los demás más que aquello de lo que uno se alimenta, que es Jesucristo. Este es un reto también, para nosotros.

4.- Cuarto reto: vivir en la alegría de la resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Un reto importante: la alegría de la resurrección. San Agustín decía una expresión preciosa: la fe de los cristianos es la resurrección de Cristo. Por eso, seamos testigos de la resurrección, testigos del resucitado. Hemos de saber decir a todos los hombres: vivo así porque he visto al Señor. Ha de ser el encuentro con el Jesús vivo, el Resucitado, ese que me convierte y me fascina, para poder decir en medio de este mundo que la vida verdadera es Jesucristo. Por eso, queridos hermanos, cuando nos bautizan morimos a la vida vieja, al hombre viejo, y nacemos a una vida nueva. Por eso, la verdad fundamental de la existencia cristiana es el acontecimiento de la resurrección, la verdad de nuestra fe. Es importante caer en la cuenta de que el debilitamiento de la fe en la resurrección de Cristo debilita el testimonio de los creyentes. Si falla en la Iglesia la fe en la resurrección, todo se paraliza y se derrumba. Por eso, qué importante es en nuestra vida la presencia, la adhesión de corazón a Él, es la certeza de que Cristo ha resucitado, nos da valentía, audacia profética, perseverancia, alegría verdadera para seguir regalando en medio de este mundo la fascinación que entrega la vida, muerte y resurrección del Señor. Fascina de tal manera desde siempre esto que es lo que en todas las culturas ha llamado la atención de los discípulos de Cristo. Quien ha visto al Señor, va entendiendo, comprendiendo y asumiendo en su corazón esas palabras de Él: Yo soy la resurrección y la vida, y, por tanto, puedo daros vida. Y el cristiano que asume esto, da vida. Testigos de la resurrección: tenemos esta certeza. Él es la buena noticia. Por eso, es esencial para nosotros vivir la alegría de la resurrección.

5.- En quinto lugar, otro reto es convertir este mundo en templo de Dios. Sí. Con sencillez, con firmeza, con humildad, con confianza, convertir este mundo en templo de Dios. Tengamos la convicción de que evangelizar es la gran revolución. Estoy convencido. Ésta es la gran revolución. No creamos en otras. Además, no tengamos inconveniente de saber que éste es el triunfo del hombre.

Después de la visita apostólica del papa Francisco a varios países de América Latina, esto que les acabo de decir tiene una fuerza especial para nosotros, para los cristianos, porque aquellas palabras de Jesús, «como tú me has enviado al mundo, yo también los he enviado al mundo», esta conciencia es una conciencia para hacer esta revolución. Es un espacio que Dios nos da, el mundo, y es en el mundo donde tenemos que estar, no fuera del mundo. El espacio que Dios nos da para hacer la revolución es el mundo. Un espacio para dar a conocer quién es Dios y quién es el hombre, anunciando y mostrando esto con el rostro de Cristo.

Queridos señores y señoras. En este paseo que estoy haciendo por la diócesis, que está siendo constante y permanente, aunque la diócesis tenga pocos kilómetros cuadrados, pero tiene tanta gente..., puedo pasear bastante. Y veo que el rostro más bello que tiene Madrid es el que está dando la Iglesia en todos los lugares. Y lo digo delante de quien sea. ¿Dónde están los escaparates de humanismo más grande? ¿Dónde? Aún en medio de los fallos que podamos tener quienes estamos arreglando el escaparate. ¿Dónde está el escaparate más humano? En Madrid, en estos instantes. ¿Quién lo da? Y un escaparate que no descarta absolutamente a nadie, un escaparate que no crea indiferencia, sino que provoca encuentro.

El papa Francisco, en este viaje que comentaba antes, nos dice que la evangelización puede ser vehículo de unidad de aspiraciones, de sensibilidad, de ilusiones... Lo estamos viendo con nuestros propios ojos. Mientras en algunos países reaparecen y se inician formas de enfrentamientos, los cristianos insistimos y hacemos prevalecer que nuestra propuesta es la de reconocer al otro, de verlo, de sentirlo, de tratarlo como hermano, de sanar heridas (las que tenga), de construir puentes de encuentro, de estrechar lazos, de ayudar a llevar las cargas entre todos...

En la encíclica Laudato si´, el papa Francisco nos dice que cuando no se reconoce en la realidad el valor de un pobre, de una persona con discapacidad, de un embrión humano, por poner algún ejemplo, difícilmente se escucharán los gritos de la naturaleza, que también está sufriendo porque nosotros estamos utilizándola no para que construya al ser humano, a veces, sino para servirnos de ella. Por ello, cuando uno no se va por el mundo, y se queda en el mundo, que es la casa común, pero lo hace como el buen samaritano, que se acerca a todos los que se encuentra por el camino y junto con otros se detiene ante aquellos que se ven en alguna necesidad, sea la que fuere, no se crea conflicto en esta casa común. Al contrario. Por eso, hay que hablar de novedad, de la novedad que trae nuestro Señor Jesucristo a los hombres.

Es la gran revolución que yo he resumido en un escrito que os hacía a todos los creyentes, hombres y mujeres de buena voluntad que quieran leerme: Bienaventurados los que evangelizan teniendo una vida de profunda comunión eclesial. No hay cristianos de primera ni de segunda o de tercera... Hay cristianos. El que tiene la vida de Cristo después la formulará de formas diferentes. Pero hay cristianos, no demos más formas. No pongamos apelativos. Bienaventurados los evangelizadores que mantienen la fidelidad a los signos de la presencia, en todas las culturas, en diálogo, en discernimiento, en actitud caritativa siempre, con la caridad misma de Cristo. Bienaventurados los que mantienen la preocupación porque la Palabra de la verdad llegue al corazón de todos los hombres y se vuelva vida en la vida de los hombres. Bienaventurados los que hacen siempre un aporte positivo en la construcción y en la edificación de este mundo. Bienaventurados los que muestran el amor preferencial y la solicitud por aquellos que más necesitan, que más solos están. Bienaventurados los que asumen el anuncio del Evangelio, y asumen lo esencial del evangelio, lo que hace creíble que la vida del Señor está en mí. Bienaventurados los que tienen misericordia y firmeza, paciencia y alegría, y conjugan todo esto.

Convirtamos el mundo en templo de Dios. Para hacerlo, es necesario saber escuchar y saber obedecer en el sentido positivo a Dios. En definitiva, yo les decía hace tiempo tres cosas: para hacer de este mundo un templo de Dios hay que salir regalando la libertad misma de Dios, la que nos da y nos ofrece Jesucristo. Aquella libertad de la que hablaba san Juan Pablo II cuando un día nos dijo, al inicio de su pontificado: «Abrid vuestras puertas, vuestra vida a Jesucristo». Hay que salir ofreciendo el rostro de Cristo, en concreto, con obras, con palabras verdaderas.

En un tríptico que diseñé con mis dibujos, os hablaba de las obras de misericordia. Hay que salir así: con las corporales y con las espirituales, con todas. Y esto es cambiar el corazón del hombre, porque hay que cambiarlo. A los sacerdotes, en la Misa Crismal de este año, les dije: hay que hacer trasplante de corazón. Porque tiene que entrar el corazón de Nuestro Señor en nuestra vida. Y a veces los cristianos no acabamos de entender de estos trasplantes, porque queremos mantener nuestro corazón, y nos posicionamos frente a otros que quieren abrirse a todos los hombres, que es nuestra misión, y que fue la misión de Dios, que no tuvo a menos hacerse hombre para venir a este mundo y encontrarse con todos los hombres, en las circunstancias que estuviesen.

6.- En sexto lugar, otro reto: comunidades cristianas con vida y con rostro de misericordia. Que hagan la revolución de la ternura, de la que el papa Francisco nos ha hablado tantas veces. Una revolución que nos invita a vivir sabiendo esperar que la salvación viene de Él, que nos hace convertirnos y dar una versión de la vida con capacidad siempre de acogida a quien sea. Una revolución que mantiene nuestra vida en la esperanza. Nadie puede ennegrecer el horizonte de nuestra vida, porque tenemos a Dios. Cuando los discípulos de Emaús tenían ennegrecido el horizonte, se encontraron con el Señor, no lo reconocieron pero enseguida se dieron cuenta de que algo nuevo existía, y cuando ya el Señor se quería marchar le dicen: quédate con nosotros, porque atardece. Y es que el atardecer y la oscuridad llegan a la vida del hombre cuando desaparece de nuestra vida el horizonte de Dios. Mantengamos este horizonte. ¡Qué maravilla!

¿Cuál es el criterio que tenemos que reformar en nuestra comunidad cristiana? En primer lugar, no tener miedo a la misericordia. «La misericordia es la viga que sostiene toda la Iglesia» dice el papa Francisco en la Bula que nos ha entregado. Es la bondad de Dios. Regalemos esta bondad. No tengamos miedo. La misericordia no es hacer el tonto, no es hacer de pobres hombres, no es dejarnos engañar, que ya sabemos todos del pie que cojeamos, también nosotros, cada uno de nosotros... Curemos. Comunidades cristianas que curan.

7.- Y, por último, la séptima: saber que hoy los hombres y las mujeres de este momento siguen siendo mendigos del amor y tienen hambre de Dios. Tened esta seguridad. La gente pide amor, y tiene hambre. Sepamos regalarlo. Qué bien lo decía santa Teresa. Os regalo un párrafo de una de las conferencias que di en este año de santa Teresa, en el Centro de Espiritualidad de Ávila. Con una expresión de la Santa. Ella escucha un día una revelación, que dice: «Teresa, buscarte has en mí y a mí buscarte has en ti». ¡Qué maravilloso! Esta fue la vida de santa Teresa de Jesús. Esta. Y el Evangelio nos habla con mucha claridad: si queremos encontrar en los hombres la verdad, busquémonos en Él. Él es el hombre. Búscale en ti, que está en ti. Tienes su imagen. Y, si eres bautizado, tienes hasta su vida.

Termino con un epílogo, como empecé con la introducción: qué nos pasa para no saber lo qué nos pasa. ¿Y qué nos pasa cuando acogemos en nuestra vida a Jesucristo y hacemos, con su vida y con sus obras, que haya una nueva epifanía, una manifestación de algo novedoso en este mundo? Pues pasa algo extraordinario, algo excepcional: qué gran sabiduría la que nos entrega el Señor. En el gran reloj de la historia suena una hora importante: el día que Dios vino a este mundo. Y sonó de una forma singular. Encontremos en Belén, en lo que sucedió hace 21 siglos, lo que son los valores de la convivencia humana, que eliminan los totalitarismos, que desencubren los descartes, que eliminan la indiferencia. Descubramos en Belén lo que significa defender la vida en todas las dimensiones que tiene la vida humana, la familia; que sea luz; descubramos que el ser humano vale por lo que es, no por lo que tenga. El valor del ser humano, de la persona, está en relación directa y esencial con el ser, y no con el tener. Descubramos esto. Ayudemos a que la persona tenga un desarrollo integral. Y en ese desarrollo integral exijamos y pidamos que si el 99 % de la humanidad vive la trascendencia de formas diversas, no estarán tan confundidos los hombres. Que nos dejen vivir esta dimensión, pero no solamente en nuestra casa y en nuestra sacristía, sino que la podamos expresar en la calle, porque quiere decir que es parte esencial de ese ADN que tenemos los seres humanos en lo más profundo de nuestra vida.

Se descubre muy bien en un Salmo que dice: «Portones, alzad los dinteles, que entra el rey de la gloria». Este es el canto que les invito a hacer en esta Iglesia que vive en Madrid y que tiene que seguir mostrando el rostro de Cristo con su presencia. Muchas gracias.

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