Homilía del cardenal Osoro en la ordenación de nuevos presbíteros en la catedral de la Almudena (18-03-2017)

Queridos hermanos obispos, don Juan Antonio y obispo emérito de Oita (Japón), monseñor Takaaki Hirayama. Querido vicario general de nuestra diócesis, y vicarios episcopales. Queridos hermanos del excelentísimo cabildo catedral. Queridos hermanos sacerdotes. Permitidme que hoy destaque de modo especial a nuestros rectores del Seminario Metropolitano y del Seminario Redemptoris Mater de nuestra diócesis: a don Jesús y el equipo de formadores, y a don Eduardo y el equipo de formadores. Muchas gracias: nunca sabremos pagar todo el sacrificio y la entrega que hacéis para formar a los presbíteros de nuestra Iglesia diocesana. Gracias.

Queridos diáconos: los que os vais a ordenar, y los que estáis aquí presentes. Queridas familias. Permitidme que me dirija de modo especial a mis queridos Enrique, Jesús, Miguel, Antonio, Javier, Pablo, Carlos, Leocadio, Raúl, Daniel, Ángel, Javier, Tomás, Julio y Juan. Gracias al Señor por lo que Él os va a regalar dentro de unos momentos... Por la ordenación sacerdotal.

La hondura que lleva el salmo 94 que hemos cantado y recitado tiene tal fuerza que nos invita a todos los que estamos aquí -queridos hermanos y hermanas que queréis participar en esta celebración, junto a los que se van a ordenar y al presbiterio diocesano- a poner nuestros sentidos a la escucha de la Palabra de Dios con tal hondura que el Señor nos pide que sea su Palabra la que elimine las durezas que se van apoderando del corazón humano y le impiden ser sensible a tomar la decisión de ir tras el Señor, de vivir en su presencia, de que todo nuestro tiempo y nuestros quehaceres sean para dar gracias a Dios.

En estas vísperas del Día del Seminario en todas las diócesis de España, con ese lema que se ha elegido este año, Cerca de Dios y de los hermanos, hacemos esta celebración de la Eucaristía en la que un grupo de hermanos van a ser ordenados sacerdotes. Yo quisiera que todos los jóvenes que estáis aquí esta tarde -familiares y amigos de los que se van a ordenar- tuviéseis también la valentía, la audacia y el atrevimiento de hacer lo que nos decía el salmo: entrad. Entrad y poneros delante de Cristo, postraos ante un Dios que escucha, que oye y que habla. Sintamos todos, queridos hermanos, el gozo de pertenecer a un pueblo que fundó la Iglesia, de haber sido llamados todos a la pertenencia eclesial. Escuchemos su voz.

Me vais a permitir que mis palabras se dirijan fundamentalmente a quienes se van a ordenar, pero también a todos vosotros. 

A través de la Palabra de Dios que acabamos de escuchar, hay una pregunta que siempre debe de estar en vuestro corazón: Señor, ¿qué puedo hacer yo por los hombres, por esta humanidad, por esta familia que a veces está rota? ¿Qué puedo hacer yo por tu pueblo también, a quien has elegido para que muestre tu rostro? Y el Señor nos responde, como habéis visto, con la misma prontitud con la que respondió a Moisés, tal y como hemos escuchado en la primera lectura: preséntate al pueblo en mi nombre, te doy mi fuerza y mi poder. Eso es lo que va a hacer el Señor con vosotros, queridos diáconos que dentro de pronto vais a ser presbíteros. Esto es lo que va a hacer el Señor. Os va a dar su fuerza y su poder, vais a ser ordenados; en vosotros va a salir por este mundo por los lugares donde está Cristo mismo, vais a ser conformados por Cristo. Por ello, debéis descubrir en todo lo que el Señor os entrega -que es su Vida misma- que os conforma con Él, que os regala su misterio y su ministerio. Si queréis mi consejo, vividlo desde una fe muy viva en su presencia real en el misterio de la Eucaristía: que sintáis en vuestro corazón la misma compasión, generosidad y amor por todos los hombres, y muy especialmente por los más, pobres. Por los que más necesitan. Gozad también con todo vuestro trabajo, que vais a hacer por causa del Reino, que es lo que caracterizó el ministerio público del Hijo de Dios. Estoy seguro de que así viviréis el ministerio como un servicio, pues el Señor os capacita para descubrir su acción en el corazón y en la vida de todos los hombres, de los que están más cerca y de los que están muy lejos; pero id a todos. Esta fue la misión de Jesús, y esto es lo que os entrega el Señor. Así, hoy el Señor os dará la vida, lo que viviréis después de la ordenación siendo hombres de comunión; nunca disperséis a los hombres, siempre escuchad a todos, y tened un cuidado más grande aún por aquellos que quizás están más lejos y no se fían ni del Señor ni de su pueblo; no disperséis a los hombres; cooperad siempre con los demás hermanos, con todos los sacerdotes; estad cerca de vuestro obispo, sea quien sea. 

El Señor hoy también os dice a vosotros: servid a mi pueblo y ayudad a mi pueblo a que se ponga a servir a todos los hombres con la fuerza y con la gracia del amor. ¿Qué puedo hacer yo por esta humanidad? Todo, queridos hermanos. Todo. Podéis hacer lo mismo que hizo Jesucristo. Pero dejad que vuestra vida se conforme con el Señor. Lo que hoy os regala, lo que hoy os da, hacedlo vida siempre.

En segundo lugar, por Jesucristo todos los sacerdotes podemos vivir dando su vida y su rostro a los hombres. Esto es lo que vais a hacer. Caed en la cuenta, queridos hermanos, que por Él, por Cristo, tenemos acceso a esta gracia que hoy os regala el Señor. No son vuestros méritos, sino los de Cristo; no son vuestras fuerzas, sino la fuerza del Señor que, en nuestra debilidad, se hace presente para que entreguemos lo de Él. Que nadie os confunda. No tengáis miedo a vivir la contradicción; no os apartéis a los pensares y a las ideas del mundo. Tened los pensamientos de Cristo. Dirigid vuestros pasos a los mismos que dirigió Jesucristo. Nunca os encerréis en vuestros intereses personales, o en los de un grupo: que vuestros intereses, vuestro corazón, sea el de Jesucristo. Él os da su misma misión. Apoyáos siempre en Él. Gloriaos en Cristo, y deseemos para nosotros y para todos los que nos encontremos en el camino de nuestra vida esa gloria. Busquemos en todos los caminos por los que transitan los hombres por esta historia que todos lleguen a conocer y a alcanzar la gloria de Dios. Que todos puedan experimentar la adhesión a Dios, la esperanza que no defrauda: el amor, que es la fuerza más grande; pero el amor de Cristo, con las medidas que tiene el amor de Jesucristo.

La configuración con Jesucristo, queridos hermanos, tiene que ser a su medida: la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros pecadores, murió por nosotros. Pecadores, sí. El Señor se entrega a los sacerdotes, os va a entregar a vosotros su misión, en su misterio y en su ministerio. Pecadores hemos de estar dispuestos a dar la vida por todos los hombres sin excepción, como lo hizo Él. En circunstancias en las que la vida de los hombres, como es este momento histórico, tendemos a ideologizar la fe, a recluirnos en lugares seguros; nunca olvidéis que vosotros os debéis únicamente a una persona, que es Jesucristo. Solo a Él. No os debéis a una idea, aunque esa tenga connotaciones que ayuden a verificar lo que Jesucristo nos pide. Vuestra vida de sacerdotes va a ser configurada con Cristo. Mostrad esa configuración a los hombres, hasta poder decir como Jesús en la Cruz: «Perdónalos, porque no saben lo que hacen».

Y, en tercer lugar, queridos hermanos: estáis llamados a ser sacerdotes en una época nueva que ya se ha iniciado. No es que venga: se ha iniciado, está entre nosotros. Como en toda época que se inicia, es bueno descubrir lo que tantas veces nos repite el Papa Francisco: «Es más importante el tiempo que el espacio». ¿Qué quiere decirnos? Que este es tiempo de siembra, aunque no veamos los resultados. Es tiempo de siembra. Sembrad. Sembrad las semillas del Reino. ¿Cómo? ¿Cómo lo hemos de hacer? Habéis visto el diálogo más bello que yo me he encontrado, el que a mí me ha hecho más bien siempre: es el que el Señor tiene con la samaritana. Nos aproxima a ver cómo ha de ser mi diálogo con los hombres con los que busque y me toque encontrarme. Y, en este diálogo, yo os regalo, en vuestra ordenación sacerdotal, cuatro ejes que han de estructurar las vidas de un pastor siempre, pero que tienen una importancia especial cuando una época nueva está naciendo. Y nos lo manifiesta el diálogo del Señor con la samaritana:

El primer eje es el Encuentro. Id al encuentro de los hombres. Id, salid. Y de todos los hombres: no solamente de los que os den la razón, no solamente de los que piensen como vosotros. Id. Mirad. Habéis visto en el diálogo a Jesús: Él, que entra en tierra de samaritanos, enemigos de los judíos. Pero no le importa. Él no lleva ideas: lleva su propia vida, su persona; Él va al encuentro de todos los hombres, porque su vida, como la vuestra, es misión. Y, a una mujer samaritana, quien es pozo, quien tiene verdadera agua, a esta mujer le quita la sed. Ella misma experimenta, en la cercanía de Cristo: «Dame de ese agua». Id al encuentro de los hombres, como Jesús. Veréis que hay gente que, a la larga o a la corta, os pide esa agua que lleváis.

En segundo lugar, otro eje es la Misericordia. El amor de Dios supera todas las barreras y todas las condiciones. No lo entendemos fácilmente los hombres. Nos pasa como le pasaba a la samaritana: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?». Queridos amigos: ¡Qué fácil es poner muros entre los hombres! ¡Qué fácil es romper puentes siempre! ¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana? Cristo los viene a romper. Rompe muros, construye puentes. Y a vosotros el Señor os va a regalar esta misma misión. Acogedla. No es un invento mío. Lo tenéis en el Evangelio, forma parte del Evangelio. La Verdad no es mi verdad: es la de Cristo, que la convierte en Amor. Por eso el Señor le dice a la samaritana: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva».

En tercer lugar, otro eje es la Alegría. Solamente se tiene alegría si bebemos de ese agua que es Cristo mismo. Refiriéndose al pozo de Jacob, habéis escuchado cómo el Señor dice: «El que bebe de este agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré, nunca tendrá más sed». Hoy hay muchos pozos y manantiales por ahí; reparten agua, pero os aseguro que hay sed; hay hambre de Dios, hay situaciones que rompen la estructura de lo que es el ser humano, de lo más esencial del ser humano. En la cercanía a los hombres hay que entregar lo que el Señor entregó: la alegría que contagia vida, que contagia amor, entrega, fidelidad, audacia, valentía, capacidad para ver a todos como hermanos, también a los que son y piensan diferente a mí. Y esto solamente nos lo propicia Jesucristo; solo Él me da capacidad para hacerlo. Por eso, como la samaritana, con la alegría del encuentro con Cristo, en vuestra configuración con Cristo, debéis de provocar en vuestros encuentros con los hombres, cuando el Señor quiera -Él tiene su tiempo- que quien esté a vuestro lado pueda decir, como la samaritana: Señor, dame ese agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla; sé dónde está: está en ti, en tu persona, en tu vida, en tu palabra, en tus sacramentos.

Y, en cuarto lugar, no solamente estamos llamados a ser sacerdotes en una época nueva con estos cuatro ejes: encuentro, misericordia, alegría y kerigma, anuncio. Pero un anuncio que es igual a Amor, en mayúsculas. Anunciemos a Jesucristo con su Amor; demos noticia de Cristo con obras concretas. Nuestras vidas tienen que manifestar con obras, con palabras, con cercanía, el testimonio directo, lo que la samaritana pudo expresar a Jesús, sin saber todavía que era el Mesías: «Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, Él nos dirá todo». Ya habéis visto. Ese es el momento y la circunstancia que tiene el Señor para decirla: «Soy yo, el que habla contigo; soy yo, el Mesías». La vida de esta mujer cambió por completo; a través de ella, muchos creyeron en Jesús.

Queridos diáconos, dentro de un momento sacerdotes: vivid siendo sacerdotes en esta época nueva. Acoged en vuestra vida y en vuestro corazón este diálogo. Pasead por el mundo de la manera que lo hizo Jesús. Nunca se os olvide esta página del Evangelio en el día de vuestra ordenación sacerdotal. El Señor se hace presente en el misterio de la Eucaristía. Sí. Sed capaces de vivir como expertos en el arte del discernimiento, capaces de una escucha profunda de las situaciones reales, y de un buen juicio en las opciones y las decisiones de las personas. Tened el estilo evangélico de la escucha que libera de toda tentación de abstracción, de protagonismo, de excesiva seguridad en uno mismo, de frialdad, como si fuésemos profesionales del Espíritu en vez de buenos samaritanos, que es lo que nos pide el Señor. Vuestra vida tiene que ser lugar de escucha acogedora de Dios y de los hermanos; escucha atenta, respetuosa, libre de prejuicios, con capacidad de hacer lectura profunda de la realidad sin juzgar la vida de los otros, de tal manera que ello facilite que entréis en el corazón de las personas y en sus contextos vitales.

Cristo nuestro Señor os va a regalar su ministerio, su misión. Vais a ser héroes en medio de los hombres. Alimentaos de la Eucaristía, mostrando las exigencias de la verdad evangélica, sin caer en obsesiones legalistas y rigoristas que os aparten de los hombres ¡Qué fuerza tiene el ministerio sacerdotal cuando es signo de misericordia, de compasión; cuando muestra el rostro materno de la Iglesia, sin renunciar a ninguna exigencia evangélica, pero incluyendo a todos!

Que Nuestra Señora la Real de la Almudena nos acompañe en estos momentos de nuestra vida muy especialmente. Que Ella ruegue por todos nosotros. Amén.

 

Visto 425 veces Modificado por última vez en Martes, 28 Marzo 2017 10:44

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