Homilía del cardenal Osoro en el Domingo de Resurrección (16-04-2017)

Ilustrísimo señor deán. Excelentísimo cabildo catedral. Queridos hermanos sacerdotes. Queridos seminaristas. Excelentísimo señor arzobispo de México que nos visita hoy: muchas gracias por su presencia en esta celebración. Hermanos y hermanas todos: Feliz Pascua.

Cristo ha resucitado. Verdaderamente ha resucitado. Está entre nosotros, aquí, ahora, en la catedral de la Almudena. La Resurrección es la alegría que llena de asombro a todos los hombres. Es una alegría que viene de dentro. No es un maquillaje. Es una realidad absolutamente nueva la que tenemos y vivimos y la que nos ha entregado nuestro Señor Jesucristo que, como habéis escuchado en la palabra de Dios que en este domingo de Resurrección hemos proclamado, fundamentalmente nos dice: No a la muerte, Sí a la vida que trae Cristo. Hagamos las obras de Cristo. Hemos sido elegidos como miembros vivos de la Iglesia, como testigos también de la novedad que trae Jesucristo para todos los hombres. No a la muerte. No a tantas situaciones que viven los seres humanos en tantas partes del mundo: guerras en diversos lugares de la tierra, enfrentamientos, divisiones, hambre, salidas de tantas familias de sus lugares de origen por necesidades económicas, o también por las necesidades de no querer situarse delante de quienes les van a matar. Salidas a otros lugares.

Queridos hermanos: Cristo hoy nos invita y nos llama a decir No a la muerte. Nos invita a decir Sí a la vida. Cristo hoy, como habéis escuchado en el Evangelio que hemos proclamado, nos habla de que Él ha retirado la losa del sepulcro, ha quitado la muerte, nos ha dado la vida; somos para la vida, somos dadores de vida. Hagamos posible los discípulos de Cristo, en todas las partes de la tierra, llegar esta noticia con nuestras obras. No solamente con palabras: con nuestras obras. Por eso, queridos hermanos, se hace verdad en nuestra vida lo que cantábamos hace un instante en el salmo 117: «Dad gracias al Señor». Es bueno. Ha sido bueno con nosotros. Nos ha revelado que Él es misericordioso, que nos tiene un amor absoluto, que nos ha puesto en primer lugar, pero nos pone para que mostremos su rostro, el rostro del Resucitado. Él es la piedra. Él es el fundamento de nuestra vida.

Es una alegría, como os decía hace un instante, que viene de dentro. No es maquillaje. Lo hacemos con obras. El corazón está inmerso en la fuente de ese gozo que es el mismo Jesucristo,. Está inmerso en el corazón de María Magdalena. Está inmerso en el corazón de Pedro y Juan que van corriendo y entran al sepulcro y ven allí las vendas tiradas en el suelo, y el santo sudario envuelto; puesto allí, bien colocado, el sudario que había tapado la cabeza de nuestro Señor. ¡Qué experiencia! Quien experimenta esta realidad se convierte en testigo del Señor.

Queridos hermanos: sois testigos de un Dios que da vida. Que muestra la vida. De un Dios que ha sido capaz de dar su propia vida para que nosotros la tengamos. De un Dios que nos invita a hacer lo mismo: dar la vida para que la tengan los hombres.

En esta semana próxima de Pascua, os invito a que leáis los evangelios, los capítulos de los evangelios que nos hablan de la Resurrección. Unidos al resucitado, rezad junto a María, nuestra madre: Regina caeli, laetare, alleluia. Unid a María en vuestra vida de resucitados con Cristo. El anuncio del ángel resuena en la Iglesia, esparcida por todo el mundo. Aquel anuncio en el que nos decía el ángel: no temáis vosotros, ya sé que buscáis a Jesús Crucificado, no está, ha resucitado, venid a ver el sitio donde lo pusieron. Pedro y Juan fueron, y nos dice el Evangelio, como acabáis de escuchar: vieron y creyeron.

Queridos hermanos: esta es la culminación del Evangelio. Es la culminación de esta Buena Noticia por excelencia: Jesús, el crucificado, ha resucitado. Este acontecimiento es la base de nuestra fe y de nuestra esperanza.

Queridos hermanos: si Cristo no hubiera resucitado, el cristianismo perdería su alma, y nosotros seríamos los más absurdos de los hombres. Pero no: toda la misión de la Iglesia se basa en anunciar a este Cristo, este Dios que ha resucitado, que da la vida, que nos propone a nosotros entregar la vida a los hombres, que nos propone quitar toda oscuridad de este mundo, no con nuestra fuerza, sino con la fuerza del Resucitado. Desde aquí ha comenzado y se ha reemprendido algo absolutamente nuevo, y nosotros tenemos la misión de entregar esta novedad.

Os decía hace un instante: no es un maquillaje, queridos hermanos; es un estilo, una forma de vivir. Nuestra vida no es para poner muros, no es para matar a nadie, no es para romper puentes. Nuestra vida es para unir, para proclamar el año de gracia, para proclamar que Dios ha triunfado, que el que se hizo hombre ha resucitado, que el que murió en la cruz por amor ha resucitado y ha vencido a la muerte, y que con Él todos nosotros hemos resucitado.

Nos lo decía la primera lectura que hemos escuchado, del Libro de los Hechos: ¿Conocéis lo que sucedió a Jesús? Queridos hermanos: ¿Conocéis lo que sucedió a Jesús? Aquellos primeros dijeron . ¿Vosotros, qué decís? ¿Sabéis, como nos decía la segunda lectura, que habéis resucitado con Cristo? ¿Que vuestra vida está a salvo, que nadie la puede estropear, que Cristo sostiene, que Cristo es el guía, que Cristo os lanza a anunciar esta Buena Noticia que es Él mismo? No son unas ideas, queridos hermanos. No anunciamos ideas, no anunciamos una ideología. Anunciamos a una persona: Cristo, que ha cambiado todo lo que existe, y que cuando entra en el corazón del ser humano lo cambia. Y el ser humano, cuando entra en su vida, deja las armas que matan y coge las armas que dan vida.

Haced las obras de Cristo. Como los apóstoles. Como María Magdalena: vio y creyó. El mensaje que los cristianos llevamos al mundo es este, queridos hermanos: Jesús, el amor encarnado, murió en la cruz por vuestros pecados, pero Dios Padre lo resucitó y lo ha constituido Señor de la vida y de la muerte. En Jesús, el amor ha vencido al odio, la misericordia ha vencido al pecado, el bien ha vencido al mal, la verdad ha vencido a la mentira, la vida ha vencido a la muerte. ¿Hay noticia más grande, queridos hermanos? ¿Hay alguien en este mundo que pueda presentar esta noticia? ¿Hay alguien en esta tierra, en todas las latitudes de la tierra, que pueda presentar lo que nosotros, vosotros, queridos hermanos, unidos a aquellos primeros que salieron del solar de Palestina, sin más preparación que la vida de Cristo en sus vidas, a anunciar por el mundo lo que, gracias a ellos, nosotros conocemos? Cristo resucitado.

Por eso, también nosotros tenemos que decir a los hombres: «Venid y lo veréis». Venid y veréis. Mirad qué sucede cuando entra el Resucitado, cuando tenemos la vida de Cristo. ¿Qué sucede? Dejamos las armas del odio, del mal, de la mentira, de la indecencia, tiramos las armas del poder y cogemos las armas del servicio, del bien, de la entrega, de la verdad, de la vida, de la generosidad… Venid y veréis. En toda situación humana marcada por la fragilidad, el pecado o la muerte, la Buena Nueva no es solo una palabra: es el testimonio del amor gratuito y fiel, es un salir de sí mismo para ir al encuentro del otro. Estar al lado, queridos hermanos, de los heridos de este mundo, compartiendo la vida con quien carece de lo necesario, permaneciendo junto al enfermo, junto al anciano, junto al excluido. Venid y veréis. Esto fue lo que hizo creíbles a los primeros cristianos: el anuncio que hacían. Cristo ha resucitado.

Con esta gozosa esperanza, queridos hermanos, nos dirigimos hoy al Señor, y le decimos todos nosotros: ayúdanos a buscarte. Desde esta catedral, le pido al Señor para que todos los que formamos parte de esta Iglesia diocesana que camina aquí, en Madrid; para que todos los que formamos parte de la Iglesia en cualquier parte de la tierra donde estemos, Él nos ayude a buscarle, a amarle, a adorarle, a derrotar todo lo que trae muerte a esta humanidad. Todo, queridos hermanos. El hambre, los conflictos armados, los derroches. Que nos haga disponibles para proteger a los que están más indefensos, que siempre curemos a los hermanos, que conforte a quienes han dejado su tierra para emigrar a otros lugares y buscar un futuro mejor. Que cesen las guerras para que puedan permanecer en sus orígenes, en los orígenes de su tierra y de su cultura. Que cesen los conflictos. Que los ánimos encaminen siempre a la reconciliación de los pueblos. La que nos trae nuestro Señor Jesucristo. 

¿Conocéis lo que sucedió en Galilea, queridos hermanos?. Habéis resucitado con Cristo. Habéis muerto y vuestra vida está con Cristo, escondida en Dios. Haced las obras de Cristo. No pongáis losas: quitadlas. Abrid sepulcros: abríos a la vida. Abrid y haced posible que todos los hombres tengan la misma experiencia que nosotros esta mañana. Cristo ha resucitado. Feliz Pascua.

Queridos hermanos: acogemos al Resucitado que se hace presente una vez más entre nosotros en el misterio de la Eucaristía. Y, con su Santísima Madre, le decimos al Señor: Señor, queremos vivir lo que tú nos dices, lo que pidió tu Madre en el primer paso que diste para anunciar el Evangelio en este mundo. En las bodas de Caná, cuando Ella dijo a aquellas gentes que estaban en apuros: «Haced lo que Él os diga». El mundo está en apuros. Hagamos lo que Él nos dice. Recibámoslo así. 

Feliz Pascua, hermanos. Amén.

 

 

 

 

 

 

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