Homilía del cardenal Osoro en la Misa de ordenación de diáconos celebrada en la catedral (10-06-2017)

Queridos rectores: rector del seminario Metropolitano, rector del seminario Redemptoris Mater; formadores; vicario general, vicarios episcopales. Queridos hermanos sacerdotes. Queridos responsables de la formación de los Discípulos y de los Legionarios, que estáis aquí presentes, y miembros de su familia. Queridos seminaristas… Queridos diáconos, especialmente vosotros: Francisco Javier, Gonzalo, Alberto, Cristian, Francisco Javier, Juan, Eugenio, Jesús, Fernando, Nicolás, Stefan…  Queridos hermanos de estos tres últimos, que son de los Discípulos de los Corazones de Jesús y María, y Nicolás, de los Legionarios. Queridos Santiago, César, Francisco Javier, Stanislach, Rodrigo, José Manuel, Fernando, Gonzalo y Giacomo.

Todos vamos a vivir un día y un momento especial con vosotros, por la ordenación que vais a recibir. Todos los que estamos aquí: el pueblo de Dios, vuestras familias, vuestros padres, hermanos y amigos, se alegran en este momento de este acontecimiento eclesial. No es normal: 20 diáconos. Y que el día de la Santísima Trinidad lo celebremos. Y además estén con nosotros diáconos de congregaciones religiosas que de alguna forma expresan la vida de comunión que tiene que tener la Iglesia para ser creíble entre los hombres.

Hermanos y hermanas todos: bendito sea el Señor por este momento que juntos vivimos. Yo quisiera acercar a vuestra vida y a vuestro corazón tres aspectos que me parece que en este día resaltan más la Palabra de Dios, y que os viene bien acogerlos en vuestro corazón en estos momentos previos antes de la ordenación de diáconos.

En primer lugar, sed servidores de la compasión y de la misericordia. Hemos escuchado la primera lectura del Libro del Éxodo. En esa lectura, se nos dice que Dios es compasivo y misericordioso. Que es rico en clemencia. Dios tiene pasión por todas las situaciones de los hombres. Por otra parte, hemos visto cómo Moisés lleva en sus manos dos tablas hechas de piedra, para que Dios escriba en ellas lo que quiere decir a los hombres. Hoy no traemos tablas de piedra: hoy traemos vuestras vidas. Las vidas de todos vosotros, con las que el Señor quiere escribir su diaconía. La manifestación y la expresión y el quehacer de su servicio, el que nos reveló cuando se hizo presente en este mundo por designio de Dios, que quería decir a los hombres, mostrarles, quién era Dios y qué éramos o debíamos ser nosotros, los hombres. Se hizo hombre el Hijo de Dios y, además, nos ha dado su espíritu, el Espíritu Santo, que es el que nos guía a toda la Iglesia, el que os lanza –a vosotros también- a acoger en vuestro corazón y en vuestra vida este ser servidores de la compasión y de la misericordia.

Y ya no son piedras. El Señor, por la ordenación de diáconos, va a formar en vuestra vida esa diaconía de Él, ese daros ese rostro que tuvo el Señor de servicio, de entrega a los más pobres, a los que más necesitaban. Es verdad que todos vosotros os ordenáis de diáconos, pero vais a ser presbíteros. Es verdad que no es un diaconado permanente. Pero malamente se puede ser sacerdote, presbítero, si uno no ha sido esculpido por el Señor, y habéis practicado también, aunque sea un tiempo no tan grande como el que vais a vivir de presbíteros si Dios quiere, pero para que experimentéis también lo que es la diaconía y ese servicio.

Queridos hermanos que vais a ser ordenaros diáconos: no guardéis la vida para vosotros. Exponedla. La vida no es vuestra: es del Señor. Y el Señor quiere que sea de la gente, que sea de los hombres. Y el Señor quiere además que sea para todos los hombres. No sois diáconos solamente para un servicio concreto. Naturalmente que vais a tener en la vida de la Iglesia: vais a servir el altar, vais a servir… Pero el Señor quiere que os lancéis a este mundo y a todos los hombres que encontréis por el camino para relatarles con vuestra propia vida lo que es la compasión y la misericordia de Dios. En el servicio concreto, y en sus necesidades concretas.

Por eso, viene bien que sintamos el gozo, también, de acoger esta palabra y de vivir lo que vivió Moisés en el Antiguo Testamento: e inclínate y échate en tierra. Inclinaos ante el Señor. Echaos en tierra. Que significa que, de alguna manera, todo viene de Dios, y todo depende de Dios. Tomad como pasión grande de vuestra vida el interceder como Cristo por los más necesitados. En necesidades diversas: no solamente las materiales, sino aquellas que vienen de desconocer que son hijos de Dios y que son hermanos de los hombres.

En ese sentido, esta diaconía que el Señor os entrega tendría como un cántico especial para vosotros, hecho con estas notas: sed diáconos de la hospitalidad, sed diáconos de la escucha, sed diáconos de la alegría, sed diáconos de la esperanza, sed diáconos del discernimiento también.

Diáconos de la hospitalidad. Salid de uno mismo para acoger con alegría la parte de verdad del otro que el otro me comunica. Caminar junto al otro juntos hacia la verdad plena, que es Jesucristo, a la que vosotros queréis servir: esta es la gran hospitalidad que el Señor os pide. Esta es una nota esencial en vuestra vida.

Pero, también, sed diáconos de la escucha. Sí: hoy es importante escuchar a los hombres. A los que transitan por los caminos por donde vamos nosotros también. A todos. Con experiencias muy distintas, con cercanías o lejanías muy grandes a nuestro Señor. Pero todos necesitados de que se les escuche, de compartir lo que tienen en su corazón, o lo que les falta. Escuchad: sed diáconos de la escucha. En el crecimiento de los hombres estáis vosotros involucrados. Todos tenéis que dar, pero todos tenéis que saber recibir de quienes encontréis aquello que alomejor más necesitan y más manifiestan esa necesidad. Nunca paséis de largo de nadie.

Sed diáconos de la alegría. Sí. De esa alegría, que es la alegría del Evangelio. El mundo hoy necesita esa alegría. Esa alegría que nace fundamentalmente del encuentro con Cristo en una vida de oración personal y de oración comunitaria, de la escucha abierta y sincera de la palabra de Dios, del encuentro con los hermanos y hermanas que tengamos en el camino. Queriendo hacer esa grata fraternidad, que es la que más necesitan los hombres. La alegría es una hermosa realidad que tiene que estar en vuestra vida de diáconos, pero es un gran desafío también para vosotros… No hagáis una escuela triste y una Iglesia triste, porque es una triste escuela o una triste Iglesia. No hagáis esto. El Señor os pide la alegría auténtica. No la alegría de la autorreferencia, ni la alegría de la autocomplacencia, sino la alegría de transparentar a Cristo en su servicio a todos los hombres. Es su diaconía, y la belleza de vivir el Evangelio de nuestro Señor Jesucristo.

Pero sed diáconos también de la esperanza, con los ojos puestos en el futuro, allí donde el Espíritu empuja y nos empuja a todos a continuar, a hacer grandes cosas. Aquello que decía san Hilario de Poitiers cuando comentaba el salmo 118: él se hizo eco de una pregunta que nos la planteamos todos, y que a veces nos la plantean los cristianos: ¿Dónde está, oh cristianos, vuestra esperanza?. ¿Dónde está vuestra esperanza? No podemos hacer oídos sordos a esta pregunta. Sabemos los discípulos de Jesús, y vosotros lo sabéis también, que la esperanza para nosotros es una responsabilidad, porque hemos sido llamados a responder a cualquier persona que nos pida razones. La esperanza no defrauda, no se basa en números, no se basa en obras, sino que se basa en aquel para quien nada es imposible.

Vuestra diaconía, aunque a veces os parezca a veces difícil el servicio a quienes os encontréis, especialmente a los más pobres, no es imposible, cuando de verdad se hace desde nuestro Señor Jesucristo.

Y por último, en este quinteto que tiene este canto de diácono: sed diáconos del discernimiento. Sí. Es necesario que seáis diáconos del discernimiento. Mirad: reconocer lo que pertenece al Espíritu y lo que es contrario a él, es muy importante. Y vosotros debéis de verlo en ese camino y en ese encuentro con los hombres. Frente a nosotros, frente a todos vosotros, se abre un mundo de posibilidades. La cultura y el mundo en el que estamos inmersos nos presenta muchas cosas como válidas y buenas. Solo una es buena: no seamos víctimas de lo que nos presenta nuestra cultura como buena. Hay uno que solo es bueno, que es Jesucristo. Y solo son buenas las obras de Jesucristo. Por eso, todos los días, al comenzar vuestro trabajo como diáconos también, preguntaos: Señor, qué quieres que haga con este que me encuentro, o con esta responsabilidad que tengo, o con esta tarea. Qué quieres que hagamos.

Por otra parte, no solamente sois servidores de la compasión y de la misericordia, sino que además el Señor nos ha dicho que el rostro con el que tenéis que servir es el rostro de la comunión. Con rostro de comunión. Como el Dios en quien creemos y a quien hoy celebramos. Sí. Esa comunión que tiene también alegría, que tiene conversión, que habla de esperanza, que habla de un mismo sentir con Dios, que habla de vivir en paz, que nos dice además que todo esto no lo hacemos con nuestras fuerzas, sino con la gracia de Cristo, con el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo que engendra en nosotros la fuerza para estar en salida siempre, hacia aquellos que más lo necesitan.

Habéis visto la fuerza que tenía ese texto que hemos proclamado del apóstol Pablo en la segunda carta a los Corintios: alegraos, enmendaos, vivid en paz… Todo esto es el rostro de comunión; es el rostro del Dios que se nos ha revelado en Jesucristo, es el rostro del Padre, es el rostro del Hijo, es el rostro del Espíritu Santo que nos lanza al mundo a vivir esta diaconía.

Y en tercer lugar, hacedlo con la diaconía de Cristo. Tú como Cristo. Tú siempre como Cristo. Lo habéis escuchado en el Evangelio que hemos proclamado, en este capítulo 3 del Evangelio de san Juan, que yo os aconsejo que le tengáis siempre muy delante de vosotros, como recuerdo también de este momento en el que el Señor os regala su diaconía. Os anima a amar como Él amó: tanto amó Dios al mundo que entregó todo, toda su vida. Amar sin guardar nada: no guardéis ni una carta de la baraja, jugad con todas. Como Pablo, considerad que todo es una pérdida si no tenemos a Jesucristo. Todo es pérdida. Cuando uno va creciendo, no precisamente en sabiduría pero sí en edad, se va dando cuenta de que todo, todo, es pérdida. Solo Cristo es lo que vale. Por eso, amad como Cristo, salid y exponed la vida para que todos tengan lo que Jesús nos da: la vida eterna. He venido para que no perezca nadie. Para que todos tengan la vida eterna. Y esa vida la tenemos todos los cristianos. Todos estamos participando. La vida eterna no es cuando muramos: la tenemos aquí, ahora. Por el Bautismo se nos ha dado. Es la vida misma del Señor. Por eso, salid, exponed vuestra vida, para que todos vean esa vida. Tú con la diaconía de Cristo. Hacedlo como Jesús: no juzgando, sino amando. Somos dados al juicio rápidamente. Amad. No es mío: es del Señor. No vino a este mundo para juzgar. Vino para salvarnos. Hacerlo como Él: no matando, sino salvando; no haciendo morir las expectativas de los que más necesitan, sino salvando. Contagiad esta adhesión a Cristo, que hoy os da él también por la ordenación de diáconos.

Sed hombres de fe. Sed hombres de esperanza. Sed esos hombres de caridad que quieren decir a los demás precisamente que la salvación y la vida, que la verdad, la justicia y la paz solamente está en nuestro Señor Jesucristo.

Queridos diáconos. Querido Francisco Javier, Gonzalo, Alberto, Cristian, Francisco Javier, Juan, Eugenio, Jesús, Fernando, Nicolás, Stefan, Santiago, César, Francisco Javier, Stanislach, Rodrigo, José Manuel, Fernando, Gonzalo, Giacomo. Recibid esta palabra del Señor como algo especialmente importante en vuestras vidas. Ayudadme vosotros a entregar esta diaconía de Cristo. Que note de verdad que entregáis el servicio de Jesucristo a todos los que os encontréis por el camino, a todos sin excepción. No echéis a nadie aparte: todos tienen derecho a la salvación de Cristo. Todos. Y, además, si lo damos, seguro que recibimos respuesta. Como la que recibía Jesucristo. Siempre.

Que el Señor os bendiga. Y hoy, en este sábado en que os ordenáis también, víspera de esta fiesta preciosa de la Trinidad, ponemos vuestras vidas en manos de nuestra Santísima Madre, a quien aquí invocamos como Nuestra Señora de la Almudena. Que os sintáis también como Ella tenía a Jesús. Como tenía a Jesús y como manifiesta su imagen, así os tiene a cada uno de vosotros. De vez en cuando decidla: queremos estar así, en tus brazos, para que también aprendamos de ti lo que tú dijiste siempre: haced lo que Él os diga. Hagamos lo que el Señor nos dice.

Queridos hermanos y hermanas: Jesucristo nuestro Señor, el Padre, el Espíritu Santo están grandes con nosotros. Nos regalan hoy 20 diáconos que van a ser rostros del Señor sirviendo a los hombres. Bendito sea Dios y bendita sea su santa Iglesia, que Él fundó para regalar a los hombres la mejor noticia que existe: Jesucristo, Dios y Señor nuestro. Amén.

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