Homilía del cardenal Osoro en la fiesta de la Virgen de la Paloma (15-08-2017)

Hermanos y hermanas:

¡Feliz día de la Asunción! ¡Feliz día en esta fiesta de la Virgen de La Paloma para todos los madrileños!

Retrocedamos por unos momentos al año 1787: un hombre se percata de que en el corral hay un lienzo tirado en el suelo en muy mal estado. Estaban por allí unos niños jugando y se lo regala para que jugasen con él. Se encuentran con una mujer, tía de uno de los niños, quien ve que juegan con aquel lienzo y decide darles unas monedas para que se lo dejen. Este cuadro hubiese quedado en un juego de no ser por la intervención de Andrea Isabel Tintero. Esta mujer lo restaura, lo enmarca y lo coloca, en un primer momento, a la entrada de su casa y, más tarde, cuando se le atribuyeron cualidades milagrosas a la imagen y la devoción fue creciendo, en una habitación más grande de su propiedad. La devoción crecía con tanta fuerza que en 1795 se levanta una capilla para custodiarla. Más tarde, en el siglo XIX, se construye la Iglesia en la que hoy se sigue guardando este cuadro y en la que hoy nos reunimos para honrar a la Virgen María en esta advocación de la Virgen de La Paloma.

La historia es muy sencilla, como son todas las cosas que vienen Dios, para que los hombres comprendamos mejor lo que desea de nosotros. Lo que sí es cierto es que, gracias a esta advocación, muchos madrileños volcaron su vida en esa relación íntima con la Virgen María, que los llevó a descubrir en la sencillez llena de profundidad quiénes son ellos y qué altura alcanza el ser humano cuando, como María y ayudados por Ella, se abren totalmente a Dios. Y esto lo supieron expresar en la fiesta, desbordando en el gozo de la misma, siendo creativos y ahondando en lo que la Santísima Virgen María quiere de nosotros; lo supieron traducir con sus costumbres y tradiciones. Hoy seguimos manteniendo esas raíces porque sabemos que un pueblo sin raíces ni hace presente ni futuro. ¿Por qué será que en todas las culturas la fe bien vivida se hace cultura? Ya decían el beato Pablo VI y san Juan Pablo II que una fe que no se hace cultura es una fe mal vivida.

Hermanos: la Palabra de Dios ha sido muy clara. Nos habla de las grandes aspiraciones que todos los hombres tenemos en lo más profundo de nosotros y que se revelan con suma claridad en María nuestra Madre: deseos de un reino de verdad, justicia y paz, donde todos los hombres puedan vivir como hermanos, como lo que son; deseos de hacer lo mejor para que el ser humano sea verdaderamente humano, con el humanismo de Cristo; deseos de vivir la dicha de llenar de gozo a quienes nos rodean y de vivir creyentemente. En María descubrimos todo esto: «Ya llega la victoria, el poder y el reino de nuestro Dios, y el mando de su Mesías». Y llega a través de esta mujer elegida por Dios y que hoy nos reúne aquí: «una mujer vestida de sol, la luna por pedestal, coronada de doce estrellas […] que da a luz un varón, destinado a gobernar [...] a los pueblos» (Ap 11, 19. 12, 1-6). Viene y realiza un Reino diferente, es un Reino de paz, justicia y verdad, donde todos los hombres perciben que son hermanos los unos de los otros y donde todos viven sabiendo que son para los demás y no para sí mismos o para quienes son o piensan como ellos. Somos de todos y para todos.

Por otra parte, por Cristo, el Hijo de María, «ha venido la resurrección», triunfo del hombre (cfr. 1 Cor 15, 20-26). Una mujer que, como imagen que es de la Iglesia, nos enseña que «no hay que temer ensuciarse las manos». Sabiendo que por su «sí» Dios iba a venir al mundo, se hacía hombre, se puso en camino atravesando dificultades, mostrando que, quien vive de la fuerza de Dios, se acerca al hombre, a todos los hombres sin excepción y a todos los caminos de los hombres. María es la bella imagen de la Iglesia: no teme atravesar los caminos por donde transitan los hombres, porque quiere hacer ver la presencia de Dios. Por eso va a ver a su prima y manifiesta la presencia de Dios, haciendo saltar de gozo a un niño que aún no había nacido y estaba en el vientre de su madre y que Isabel lance un grito siempre necesario: «Dichosa tú que has creído porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá». Es cierto que la fe es un don, pero un don que se ofrece a todos los hombres. Yo lo acojo o no, soy libre, nada se impone de parte de Dios, sino que se ofrece.

En este día de la fiesta de la Virgen de La Paloma quiero fijarme, y os invito a hacerlo, en tres aspectos de este sencillo lienzo. Contemplad la mirada, el rostro y las manos:

1. La mirada

Mirad el lienzo, contemplad a la Virgen María en profundo recogimiento; mira hacia abajo, mira a los hombres tal y como le había pedido su Hijo, mira a todos y contempla los caminos por donde vamos. Su catolicidad está en que nos busca a todos los hombres, es Madre de todos, también de quienes no la conocen. Así cumple el mandato de Cristo: «Ahí tienes a tu hijo»; en Juan estábamos todos los hombres. Hoy queremos arrancar de nuestra Madre un regalo. Te pedimos Santa María que nos regales tu mirada. Una mirada amplia y de largo alcance, una mirada para todos. ¡Qué camino hiciste desde tu casa hasta llegar a casa de tu prima Isabel! Un camino largo y costoso, pidiéndonos a nosotros que lo hagamos también como tú, mirando a todos los hombres. Compartimos hoy el venir aquí a tu casa y, a la tarde, sacarte por las calles: míranos, míralos a todos, tú eres Madre de todos los hombres. Nos das confianza, es la confianza de Madre. Necesitamos para nuestra convivencia esa confianza. De esta manera sencilla y profunda haces crecer a nuestro pueblo. Muchas historias de vidas reales y concretas se han reconstruido contigo. Aquí hoy hundimos la vida en tu vida, en raíces que son de anhelo de fraternidad, de familia; queremos ser un solo pueblo y no deseamos andar en peleas que estropean el rostro humano y la convivencia. Hoy nos sentimos en casa de nuestra Madre, donde la verdad, la justicia, la paz y la vida nos envuelven. Que nadie nos separe de ti, pues la grandeza de Dios la manifiestas en tu mirada silenciosa, pero llena de contenidos. Con tu mirada a todos sin excepción, enséñanos a cuidar los unos de los otros, sin poner cortapisas a nadie. Necesitamos vivir como hermanos y tú eres Maestra en esto desde el inicio mismo de tu misión. No es fácil conseguirlo, te lo decimos de corazón, pero lo necesitamos como el aire que respiramos y como el agua que bebemos. Aparta la discordia de nuestro corazón, que nos impide vivir como hermanos, sácala, arráncala de nuestro corazón, también la envidia y la violencia. Tú, Virgen de La Paloma, nos muestras en tu mirada que hay que recuperar la memoria de cómo se vive y se da vida siendo hermanos. Enséñanos a cuidarnos los unos de los otros como tú lo haces. Uno de los rasgos más hermosos de una familia es cuidarse los unos de los otros. Aprendamos a hacerlo como nuestra Madre, que nos mira a todos y a todos los quiere en su casa, a nadie retira, siempre cuida.

2. El rostro

Manifiesta paz, escucha y que se aprende precisamente cuando se tiene la ciencia que da la fe en Dios, de saber escuchar a Dios. Desde el primer instante en el que Dios contó con María, lo escuchó y dijo: «Hágase en mí según tu voluntad». Escuchando a Dios aprendemos a escuchar a todos los hombres. Dios, como buen padre, sabe escuchar a todos, incluso a quien se niega a aceptarlo. Ella aprendió a escuchar a Jesús en todos los momentos de su vida. Quizá por ello, también nos dijo con fuerza y convicción: «Haced lo que Él os diga». ¡Qué difícil es aprender a escuchar! Todos estamos necesitados de que alguien, en algún momento, nos escuche. Hay un dicho en mi tierra de nacimiento que dice así de quien no escuchaba: «Carece de oreja». Muchas veces, ocupados en mil tareas, no escuchamos. Que María nos enseñe a escuchar, de la misma manera que Ella escuchó a Dios y al prójimo. ¿Sabéis la de problemas que nos ahorraríamos en la vida escuchando al otro? Escuchar al otro es detenerme en su vida, entrar en su corazón y no pasar de largo. ¡Cuánto cambiarían las cosas si en nuestra vida escuchásemos a los demás! ¿Tenemos miedo a escuchar? Nunca lo tengamos, pues es un bien para construir nuestro mundo. Precisamente, cuando no escucho, impongo a los demás lo que yo siento, lo que creo y lo que quiero yo. La falta de escucha es un signo evidente de querer dominar al otro o prescindir de él. María es maestra de la escucha: escuchó a Dios y prestó la vida, escuchó a su Hijo Jesús durante toda su vida, lo hizo en el momento más sublime, cuando estaba dando la vida por los hombres y le dijo: «Ahí tienes a tu hijo». Santa María, este pueblo que te honra, te pide que enseñes a los hombres a escuchar. La escucha trae paz, libertad, entrega, pasión por el otro, servicio desinteresado.

3. Las manos

Las veis entrelazadas, los dedos metidos unos entre los otros. La solidaridad, el encuentro, la ayuda mutua, la fraternidad por encima de todo. En nuestras diferencias, todos unidos en ese proyecto de hacer una gran familia, respetando siempre al otro. Para vivir escuchando como María, acojamos de Ella tres enseñanzas necesarias: dejémonos sorprender siempre por Dios, vivamos la fidelidad a Él y vivamos con la fuerza que viene de Dios. Dejarse sorprender es no cerrarse a las seguridades que tenemos o nos hacemos. Dios sorprende siempre y nos cura. Lo hace en la pobreza, en la debilidad, en la humildad. Ante el anuncio del ángel, María no ocultó su asombro y marchó aprisa, saliendo al camino de los hombres, para dar a conocer la sorpresa de Dios manifestada en Ella y para todos los hombres: Dios con nosotros. Vivamos la fidelidad a su amor. Nos pide que lo sigamos fielmente; sigamos a Dios mostrando en esta humanidad su amor, con la misma fidelidad que María lo hizo con su «sí» de amor, un «sí» a Dios que trae como consecuencias dar un «sí» a todos los hombres con el mismo amor de Dios. Por otra parte, Dios es nuestra fuerza. Sintamos la gracia de vivir como aquellos leprosos que acuden a Jesús diciéndole: «Ten compasión de nosotros». Enfermos, necesitados de amor, necesitados de fuerza, buscamos a quien nos puede curar. María nos dice que Dios siempre responde liberándonos, curándonos. Seamos capaces de vivir desde la fuerza en la que María sostuvo su vida, para curar siempre, estemos donde estemos.

Queridos hermanos, hoy junto a María, os pido que seamos una Iglesia que sorprende y turba. Seamos como María, sorprendamos y turbemos saliendo y hablando con todos los hombres, encontrándonos con las personas en sus caminos reales, con la fuerza del Resucitado, mostrando el rostro de Cristo, abrazando como Cristo a todos los hombres, no capturando a nadie, abriendo los brazos como Cristo para que todos puedan ser acogidos y vivir la experiencia de su amor y nunca cerrándolos.

El Hijo De María, Jesucristo Nuestro Señor, se va a hacer presente en el misterio de la Eucaristía. Acojámoslo como lo hizo su Madre. Y por la intercesión de Santa María en esta advocación de Nuestra Señora de La Paloma, con su mirada, su rostro y sus manos, seamos una Iglesia que no teme nunca estar en medio del mundo para anunciar, mostrar y regalar con su vida el rostro de Cristo. Amén.

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