Homilía del cardenal Osoro en el 75 aniversario de las Religiosas Auxiliares del Buen Pastor (1-10-2017)

Queridos hermanos sacerdotes, queridas hermanas RR. Auxiliares del Buen Pastor que celebráis el 75 aniversario de vuestra fundación, que desde su nacimiento quiso servir y devolver la dignidad a la mujer explotada. Hermanos y hermanas que estáis presentes aquí en esta parroquia y quienes estáis siguiendo esta celebración de la Misa por TVE:

Como os he dicho, este Domingo, Día del Señor, nos reúne la celebración del 75 aniversario de la fundación de las RR. Auxiliares del Buen Pastor (Villa Teresita) en esta comunidad parroquial a la que os sentís unidas. Doy gracias a Dios por esta celebración, en la que queremos hacer memoria de un instituto que nace en la Iglesia para devolver, promover y respetar siempre la dignidad de la mujer. Nacisteis para poner todos los medios que regala como gracia Jesucristo, para eliminar la explotación de mujeres tratadas como objetos y que sufren tantas faltas de respeto a su dignidad. Nunca podremos hablar de que la paz está asegurada mientras no superemos todas las formas de discriminación que laceran la dignidad personal inscrita por Dios en el ser humano desde el momento mismo de la Creación.

Gracias Auxiliares del Buen Pastor; son 75 años de servicio desde el Evangelio, en nombre de Cristo, a muchísimas mujeres. Habéis entregado lo mejor de vuestra vida para mejorar la de quienes son víctimas de trata, víctimas de la explotación y de la esclavitud organizada. Vuestra vida y vuestros programas son de redención y liberación. Tenéis un carisma profético: vividlo descubriendo que toda mujer es portadora de amor, maestra de misericordia, constructora de paz, comunicadora de calor y de humanidad en este mundo que con frecuencia juzga el valor de la persona con criterios fríos de explotación y de provechos. Gracias.

Habéis escuchado la Palabra de Dios, a todos nos llena de gozo escucharla, pero en vuestro caso parece que el Señor tenía especialmente preparada su Palabra para este día en el que, con solemnidad, celebráis el 75 aniversario de vuestra fundación.

Hermanos, como nos decía el salmo 24, «recuerda, Señor, tu ternura». Él nos la manifiesta siempre, enseñándonos sus caminos, instruyéndonos en sus sendas y haciendo posible que caminemos lealmente en el camino que nos propone y que se nos ha revelado con la máxima claridad en Jesucristo. ¡Qué bueno es ver al Señor caminando a nuestro lado! Contemplamos su ternura y su misericordia, nos perdona siempre, nos acerca su bondad y nos cambia el corazón. Con esa ternura nos enseña su camino. Gracias, Señor.

Hoy el Señor nos muestra tres aspectos de nuestra vida cristiana que son importantes y que deseo acercar a vuestro corazón para que todos juntos los pongamos en práctica en nuestra vida:

1. Invitados a la libertad y a la vida: vivir o morir: con qué fuerza el Señor nos preguntaba: «¿Es injusto mi proceder?, ¿o no es vuestro proceder injusto?». ¿Puede ser injusto el proceder de un Dios que nos dice que su mandato principal es amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo? ¿Puede ser injusto un mandato que pone a la misma altura a Dios y al prójimo? Hermanos, el Señor nos ofrece y nos da la gracia para entrar en el camino de la vida, un camino para vivir, pero nos deja libertad total para elegir el de morir y hacer morir a los demás. Nos hace una oferta de libertad. Una libertad que se alcanza en la conversión, que es entrar en la vida y salir de la maldad, que es dejar de vivir desde nosotros mismos, por y para nosotros mismos, y vivir para los demás. Aceptemos esta oferta que el Señor nos hace, recapacitemos y entremos en el camino de la conversión, de dar una nueva versión a nuestra vida. La que viene de Dios, la que Él nos otorga, la que nos manifiesta en su Palabra. Dios ofrece la vida para que nosotros la ofertemos siempre a los demás. Eso es lo que vosotras, Auxiliares del Buen Pastor o Villa Teresita, hacéis.  

2. Recibiendo el regalo de su compasión, de su pasión por la persona: esta pasión con y por los hombres, queridos hermanos, la vemos en estas consagradas, en su dedicación total a devolver la dignidad de la persona. Sois mensajeras de la pasión que Dios tiene por el hombre y que se nos ha manifestado de tal manera en Jesucristo, que es el Señor, y la fuerza de su Espíritu quien nos impulsa a mantenernos unidos y concordes en buscar siempre el bien del otro y el bien para todos los hombres. Acojamos el regalo de la compasión, es gracia, es tener y vivir de un solo amor, el de Cristo. Un amor que impregna de tal manera toda nuestra vida que es medicina que elimina cualquier rivalidad y nos abre a los intereses de los demás para no cerrarnos en los nuestros. Asumamos los sentimientos de Jesucristo, que se despojó de su rango y se acercó a nosotros para traernos la gloria de Dios. La gloria del hombre es la gloria de Dios

3. Saliendo a anunciar a Cristo siendo testigos con obras y palabras: el Evangelio recoge en una parábola la historia de dos hijos. Ante la invitación de un padre a trabajar en su viña, el primero de los hijos dice: «No quiero», pero después rectifica y va; el segundo dice: «Voy señor», pero al final no va. La falsedad y la hipocresía, la mentira y la incoherencia, la infidelidad a la palabra dada, la doble vida o la doble moral no son aceptables ante Dios. Por eso dice el Señor: «Os aseguro que los publicanos y las prostitutas os llevarán la delantera en el camino del Reino de Dios». Esta frase es de las más hirientes que pudo decir Jesús a los sacerdotes y fariseos de su tiempo. Eran las dos clases de personas más denigradas y odiadas por las instancias religiosas; Jesús sabía bien lo que decía. Los publicanos cobraban impuestos para los romanos y eran vistos como impuros. Las prostitutas eran consideradas como lo más bajo de la sociedad por poner en venta su cuerpo, tal vez por necesidad. Aunque eran judíos, no eran considerados miembros del Pueblo de Dios y eran rechazados por todos. ¿Por qué esta parábola? Los sacerdotes y fariseos representan al hijo que siempre dice sí a su padre, pero que nunca hace lo que su padre le encarga. Los publicanos y las prostitutas, que inicialmente dijeron no a Dios, son los que ahora acogen esta invitación a la conversión. Dejémonos cuestionar por esta parábola: lo que se opone a la verdadera fe no es la increencia sino la falta de testimonio de nuestra vida. Es una invitación a traducir en hechos la belleza y la alegría del Evangelio. Nuestra adhesión a Jesús necesita ser testimoniada con nuestra vida. San Agustín decía: «Ama y dilo con tu vida». La fe no es algo que se posee, no es conjunto de creencias, es un proceso interior que se traduce en actos, en obras. Gracias, hermanas, porque con vuestro carisma no hacéis distancia entre lo que a menudo decimos con palabras y lo que vivimos en la vida de cada día.

Que el Señor, que se hace realmente presente en el misterio de la Eucaristía, nos ayude a responder bien a la llamada que nos hace a salir a anunciarlo; que no digamos «sí, vamos» y nos mantengamos en la incoherencia de nuestra vida que niega y hace que otros nieguen al Señor. Que en nosotros se dé un proceso de conversión que nos una más y más a Cristo y podamos decir con obras: no soy yo, es Cristo que vive en mí; mi vida, mis obras son las de Cristo. Amén.

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