Homilía del cardenal Osoro en el XIX Congreso Católicos y Vida Pública (19-11-2017)

Hermanos y hermanas, los que estáis presentes en este templo del colegio mayor San Pablo CEU y quienes estáis siguiendo esta celebración por TVE:

Coincide la clausura del congreso Católicos y Vida Pública con la Jornada Mundial de los Pobres, que el Papa Francisco ha establecido se celebre en toda la Iglesia. Habéis trabajado en este congreso y le habéis dado el título La Acción Social de la Iglesia. Todo ello es significativo, porque esta jornada centrada en los pobres, cuyo lema es No amemos de palabra sino con obras, viene a decirnos que esto toma rostro y vida en la acción social de la Iglesia, que nos hace salir de un amor con mucha frecuencia manifestado en palabras y dar paso al amor demostrado en hechos concretos, especialmente cuando se trata de amar a los pobres al estilo de Jesús, es decir, dándolo todo, hasta la vida.

Os agradezco a los organizadores de este congreso que nos ayudéis a todos los creyentes a reaccionar ante la cultura del descarte y del derroche, y a que promovamos y hagamos nuestra la cultura del encuentro, hermana del diálogo de la salvación; ese diálogo que llegó a su cumbre y que inicia Nuestro Señor Jesucristo con su Encarnación, «que no tuvo a menos hacerse y pasar por uno de tantos, pasando por un hombre cualquiera, menos en el pecado»; y que urge implantarla y promoverla en nuestro mundo. El Señor llama a la Iglesia no solamente a utilizar su mismo método para evangelizar, sino a ser ella misma diálogo: de Dios con el ser humano, y de este con Dios; y diálogo entre todos los hombres cuando buscan la verdad, el bien, la belleza, y denuncian lo humanamente indigno.

Por otra parte, la acción social de la Iglesia no es una obra buena de voluntariado para hacer unas horas o en determinados días. Esto es bueno, y válido, y útil, porque nos sensibiliza acerca de las necesidades de los hermanos y de las injusticias que existen; la acción social de la Iglesia nos tiene que llevar a un verdadero encuentro con las necesidades de los hombres, de tal modo que el compartir lo que uno es y tiene se convierta en un estilo de vida de todos los discípulos de Cristo: no se trata solamente de hacer obras de buena voluntad con los más pobres, sino de encontrarnos con ellos, de tal manera que esto provoque en nuestras vidas el sensibilizar nuestra conciencia y descubrir y entrar en contacto con la injusticia social, pues es esto lo que siempre nos llevará al encuentro y a compartir la vida con los más pobres.

En nuestro tiempo, nos encontramos ante horizontes nuevos, en los que el cambio que ha comportado la globalización juega un papel determinante. Y es necesario que nos preguntemos: ¿cómo ser cristiano en este tiempo?, ¿qué significa ser cristiano hoy?, ¿qué se puede hacer ante los dramas del mundo que hoy vemos tan de cerca? No tengamos miedo, que no crezca el sentimiento de miedo ante el presente y ante el futuro. El miedo siempre incita a encerrarnos en nosotros mismos, en nuestras instituciones, a no mirar adelante, a dejar de alimentar sueños y pasiones. ¡Qué bueno es que el Señor se acerque a nosotros, en esta Jornada Mundial de los Pobres, y nos diga que no amemos de palabra, sino con obras!

En el presente de los cristianos hay dos preguntas que siguen siendo fundamentales, y que fueron formuladas por Jesús mismo. Cuando iba con los discípulos en la barca, se levantó la tempestad, y temían por su seguridad: ¿por qué estáis con tanto miedo?, ¿cómo no tenéis fe? Jesús quiere de su Iglesia en el siglo XXI que esté cada vez mejor preparada para anunciar el Evangelio a toda la humanidad, que ame a los hombres, que se deje invadir por la fuerza del Espíritu Santo y provoque a los cristianos a vivir con pasión por la muchedumbre, por los pobres, en definitiva, por amar y curar. Para ello, hay que abrir los caminos que nos enseñó Jesús, caminos que tienen que estar unidos: curar y anunciar el reino de Dios, es decir, ni caridad profesionalizada, ni una comunicación del Evangelio intelectualizada.

Hagamos acción social, miremos a los pobres. El Papa Francisco, dirigiéndose a los superiores generales, hizo esta afirmación: «Los grandes cambios de la historia se realizan cuando la realidad se ve no desde el centro, sino desde la periferia. Es una cuestión hermenéutica: se comprende la realidad solamente si se la mira desde la periferia, y no si nuestra mirada parte de un punto equidistante de todo».

La Palabra de Dios que hemos proclamado nos ayuda a ver cómo curar y cómo anunciar:

1. Siendo una Iglesia que abre su corazón y sus manos a los pobres. Hay un poeta español, que vive aún, que recogiendo el texto del libro de los Proverbios que hemos proclamado, compara a la Iglesia con esa mujer que describe el libro: es  hacendosa, su marido se fía de ella, trae ganancias, abre su mano a los necesitados y extiende el brazo al pobre. Así ha de ser y vivir la Iglesia: con corazón y manos abiertas a todos, a todas las situaciones de los hombres, en todos los caminos por los que van, pero muy especialmente al necesitado y al pobre, a todos a los que se les ha robado o se les roba la dignidad. Sabiendo que el Señor se fía de su esposa, la Iglesia, cuando vive así, pues hace realidad el mandato: «Id por el mundo y anunciad el Evangelio a todos los hombres».

2. Viviendo como hijos de la luz: siempre vigilantes y despejados, sabiendo que lo nuestro no son las tinieblas, ni la oscuridad, ni el desaliento o desesperanza. Eso no pertenece al hombre, que tiene la condición de ser hijo de Dios: tiene un Padre, y por eso es hermano de todos los hombres. Es cierto que hay hombres y mujeres que no lo saben o que se olvidaron de tal título. Para hacer una nueva humanidad, este título es necesario; y no para tenerlo y guardarlo, sino para ejercerlo. ¡Cuántos cambios habría en el mundo!. A nosotros nos lo ha revelado Jesucristo. Sabemos que es Cristo mismo quien nos ha dado su Vida por el Bautismo y nos ha manifestado la condición en la que tenemos que vivir con los hombres y en la que hemos de construir esta historia.

3. Cultivando todos los dones que el Señor puso en nosotros. De Dios hemos recibido un tesoro inmenso. Lo vemos a través de los tres casos que presenta la parábola: dos de ellos negocian con lo que Dios les ha dado, y lo doblan. Pero el último no negocia, lo guarda y, cuando le piden cuentas, dice: tuve miedo y lo escondí. El miedo frena e impide el crecimiento. ¿Qué imagen tenía este de su Señor? Una terrible: miedo. El miedo paraliza, bloquea, nos hace estériles. Jesús quiere disipar los miedos, nos abre al camino de la confianza, de una confianza renovada día a día; quiere presentarnos a un Dios Padre, que se fía y confía a cada uno el gran regalo de la vida. El Evangelio nos da la oportunidad de volver a redescubrir a Jesús, que no se cansa de amar. Él no quita nada y lo da todo. Quien se da a Él recibe el ciento por uno. Abramos de par en par las puertas a Cristo. Encontraremos la Vida.

Nuestro Señor Jesucristo se hace presente en el misterio de la Eucaristía. Se nos da. Dios mismo quiere entrar en nuestra vida: dejemos que la ocupe y negociemos con la riqueza que Él nos entrega, que es su propia vida. Amaremos, buscaremos a quien más lo necesite, repartiremos de lo nuestro a ellos. Una Eucaristía que no comporte el ejercicio práctico del amor es fragmentaria. Acoger a Cristo supone poner a disposición todos nuestros dones. La acción social de la Iglesia en su máxima explicitud nos ha de llevar a ello. Amén.

Visto 143 veces Modificado por última vez en Lunes, 20 Noviembre 2017 10:10

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