Homilía del cardenal Osoro en la Misa funeral por el fiscal general del Estado, D. José Manuel Maza (23-11-2017)

Queridos hermanos:

Acabamos de escuchar la Palabra que el Señor en este día nos entrega, y en el Salmo 26 decíamos todos juntos: «El Señor es nuestra luz y nuestra salvación». El Señor nos da y esperamos gozar de su dicha, de su amor, a quién vamos a temer. Quisiera entregaros como tres aspectos que la Palabra del Señor destaca y que iluminan este momento que todos juntos estamos viviendo.

En primer lugar, la muerte hay que saberla llorar. Esta expresión de esta presencia de todos ustedes aquí es expresión también del recuerdo a una persona por su labor abnegada al servicio de la justicia, y su papel como fiscal general del Estado, adoptando decisiones difíciles que le iban a suponer incomprensión pero que tomaba con un profundo sentido del deber. Pero los que le habéis conocido, le recordáis también por muchas otras cosas más triviales en su apariencia pero que son expresión de lo más importante también de una persona. No sabía decir que no a quien le pedía algún servicio que estuviese a su alcance, y valoraba a todos. Alguien me decía ayer que lo conocía y que estaba a su servicio, que le hacía sentirse útil y valorado.

Queridos hermanos, la muerte hay que saberla llorar, pero también con una convicción, con la que nos ha dicho hace un instante el Salmo que rezábamos juntos: «El Señor es la defensa de mi vida. Pido al Señor habitar en su casa por los días de mi vida». E insistía el salmista: escúchame Señor, no entiendo la oscuridad de la muerte, pero sí comprendo la luz que tú entregas a la vida y la valentía y el ánimo que tú nos das cuando sabemos que nuestra vida no termina aquí. Lloramos la separación de las personas que queremos, cuántas personas acudieron a don José Manuel. Los miembros de una ONG acudían a él como fiscal general del Estado, me contaban cómo se implicaba en una iniciativa tendiente a paliar efectos de los desahucios de personas más desfavorecidas, lo que era actuación que carecía de cualquier relumbrón; sin embargo, él lo tomaba con dedicación total. Abría tantos huecos a su agenda –todos los que fueran necesarios– para reunirse –me decían ellos– con ellos, sabiendo que era un tema en el que podía él aportar y servir.

La muerte hay que saberla llorar, pero hay que saberla llorar por lo que hace un instante escuchábamos: «El Señor es nuestra luz y nuestra salvación».

En segundo lugar, la muerte hay que saberla pensar. Pensada desde nosotros mismos no tiene mucha fuerza porque no es lógico, no tiene la lógica, todos queremos vivir. Pero el apóstol Pablo nos acaba de decir hace un instante unas palabras que llenan nuestro corazón, que ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo; que si vivimos, vivimos para el Señor, y que si morimos, morimos para el Señor; que en la vida y en la muerte somos del Señor. Por eso tiene una fuerza especial para un hombre que no conocía ni la envidia, ni la vanidad, ni la ambición; no se daba importancia ni llamaba la atención porque aquí, a veces, radica el secreto de la cercanía a todos los hombres, con esta convicción. Pensemos la muerte desde donde el apóstol san Pablo nos invita a pensarla a todos nosotros. Es un regalo que en estos momentos nos hace Dios, pero a través de una persona en la que todos los que están aquí tenían cariño y sentían un aprecio especial por la misma. Para eso murió y resucitó Cristo, para ser Señor de vivos y muertos. Tanto si vivimos como si morimos, en la vida y en la muerte somos del Señor. Pensemos así la muerte.

En tercer lugar sepamos, queridos hermanos, saber decir la muerte. Nosotros no tenemos palabras para poder decir la muerte. Cuando nos acercamos a su familia, a sus amigos, podemos decirles «les damos el pésame», «estamos con ustedes», pero las palabras definitivas son las que hemos escuchado en el Evangelio que acabamos de proclamar. Son las que les dijo Jesús a Marta, la hermana de Lázaro, que llevaba ya muchos días enterrado, que cuando salió en su búsqueda Marta le dijo al Señor unas palabras profundas: «Si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano». El Señor le dijo: «Tu hermano resucitará. Ya sé –decía Marta– que en el último día lo hará». Y el Señor le contestó: «Yo soy la resurrección y la vida, el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá. ¿Crees esto?»

Queridos hermanos: la muerte por nosotros mismos no sabemos decirla, no tenemos palabras para decirlas, ninguna ciencia nos hace saber decir la muerte, pero sí hay una persona que nos lo dice, que es el mismo Jesucristo. Ese Dios que se ha hecho hombre como nosotros y que nos dice: «Yo soy la resurrección y la vida. ¿Crees esto?», ¿lo creemos de verdad? Marta respondió: «Sí Señor, yo creo que tú eres el Mesías, el hijo de Dios que tenía que venir al mundo».

Queridos hermanos y hermanas, hay que saber decir la muerte, pero solamente la sabemos decir si acogemos en nuestra vida a quien está por encima de la muerte y más allá de la muerte, porque venció a la muerte, que es Jesucristo, que se va a hacer presente realmente en el misterio de la Eucaristía dentro de unos momentos.

Sepamos vivir estos tres aspectos: hay que llorar la muerte porque sentimos la marcha de alguien que conocimos y queríamos y valorábamos, y era amigo y era familia. Tenemos que saber pensar, pero no por nosotros mismos que no llegamos a ninguna conclusión. Y saberla decir como el Señor nos invita a experimentarla en nuestra vida.

Descanse en paz, don José Manuel.

Amén.

Visto 109 veces Modificado por última vez en Martes, 28 Noviembre 2017 09:54

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