Homilía del cardenal Osoro en la Misa del Bautismo del Señor (7-1-2018)

Ilustrísimo señor deán. Queridos hermanos sacerdotes. Seminaristas. Queridos hermanos y hermanas. Queridas familias de Alba y Roco, que van a ser bautizados dentro de unos momentos. Hermanos todos.

El Señor nos bendice con su paz. El Señor nos entrega su vida. La fiesta que hoy celebramos, del Bautismo del Señor, nos viene a recordar también que, lo mismo que Él escuchó aquella voz desde el cielo diciendo «Tú eres mi hijo. El predilecto. Mi amado», este mismo Señor, este Dios que se hace hombre, ha querido regalarnos también su vida a nosotros los hombres. Su propia vida. Vivimos de su vida. Y se trata también de poder manifestar, en medio de este mundo -y esta es la tarea y la misión que tenemos los discípulos de Cristo- de entregar la vida en esta tierra y en esta historia. Y lo más grande que podemos hacer con cualquier ser humano es regalarle el tesoro más grande, más bueno y más bello que existe, que es la vida misma de Dios. Por eso, el Papa Francisco insiste permanentemente a toda la Iglesia que no dejemos de bautizar a aquellos que nos pidan la vida del Señor. La vida de Cristo no es propiedad de unos pocos. Él ha venido para todos los hombres. Tenemos que saber regalarla y apreciarla. Y saber decir también con palabras sabias lo que significa para un ser humano tener esta vida.

Queridos hermanos. Dios no necesita pedirnos permiso para darnos lo mejor. Nos lo da gratuitamente. Nos lo da sin ningún mérito personal. Se lo da a unas criaturas recién nacidas. Los padres queréis entregar, a vuestros hijos, lo más grande que un ser humano puede tener. Les habéis dado la vida, les habéis dado rostro humano, y queréis también que posean esa vida de Cristo que va actuando en ellos también. Que si vosotros también cuidáis esa vida, seguro que marcará en su existencia una dirección que fundamentalmente consiste en vivir también lo que Jesús nos dice en el Evangelio: Amad a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo.

Pues, queridos hermanos: es verdad. El Señor nos bendice con su paz. Por eso, necesariamente, en esta fiesta del Bautismo del Señor, tenemos que aclamar y postrarnos ante el Señor. Porque la voz del Señor, la voz de Dios, ha resonado en Jesucristo nuestro Señor, como acabamos de escuchar en el Evangelio. El Señor, como rey eterno, se sienta junto a nosotros y nos regala su propia existencia.

Hoy quisiera que os fijáseis fundamentalmente en tres aspectos que a mí me parecen que son especialmente importantes en nuestra vida. Uno, el primero, cuando el Señor nos dice: «Sobre Él he puesto mi Espíritu». Se refiere al Mesías. Así nos lo decía la primera lectura del profeta Isaías: «Miren a quien sostengo, a mi elegido, a quien prefiero. Sobre Él he puesto mi Espíritu». Pero, queridos hermanos, esto mismo se realiza y se ha realizado en cada uno de nosotros, y se va a realizar dentro de unos momentos en Alba y en Roco. Nos sostiene, nos mira, nos elige y nos prefiere. Y nos regala su vida. Él nos ha llamado, nos coge de la mano, nos forma y nos hace alianza también y miembros de un pueblo que se empeña en entregar la luz de Dios a todos los hombres en estos momentos de la historia. Un pueblo del cual nosotros somos parte, y dentro de unos momentos también serán parte Alba y Roco, que quiere entregar luz y sacar de la prisión; de todo aquello que nos ata, que endurece nuestra vida, que nos separa de los demás, que nos hace mirar a los demás, no como hermanos sino como a alguien conocido si acaso, pero sin necesidad de acercarnos a él. Que nos saca de la mazmorra y de todas las tinieblas.

Queridos hermanos. Hoy se hace verdad en nuestra vida que el Señor ha puesto también su Espíritu en nosotros. Nos ha dado su vida. La misma que se manifiesta en Jesucristo nuestro Señor en el Jordán. Él se pone a la cola de los pecadores que iban donde Juan Bautista para tener un bautismo singular, un bautismo de conversión, de querer ser fieles a Dios. Pero en esa cola está Jesucristo nuestro Señor. Ahí se manifiesta el Dios que ha venido a este mundo, que hemos contemplado en Belén, que han contemplado María y José los primeros, también los pastores y los Magos, y que ha visto tanta gente después en Israel haciendo maravillas al Señor en medio de este mundo, con los hombres. A ese pueblo pertenecemos también nosotros.

Porque es que este Dios, en segundo lugar, no hace distinciones. Lo habéis escuchado en la segunda lectura que hemos proclamado del libro de los Hechos de los Apóstoles. Queridos hermanos: el Dios en quien creemos no elige una raza, o un pueblo determinado, o una categoría de personas. No. Es un Dios que no hace distinciones. A este pueblo llama a hombres y mujeres de todas las razas, de todas las culturas, de todas las latitudes. Es un Dios que afecta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea. No nos une a nosotros, queridos hermanos, unas ideas. A todos los que estamos aquí, y a todos los cristianos que hay en cualquier parte de la tierra, no nos une una idea. Podemos tener ideas diferentes, pero nos está uniendo una persona: Jesucristo nuestro Señor. Jesús. Este Jesús ungido por Dios. Este Jesús en el que se manifiesta la fuerza del Espíritu Santo. Este Jesús que pasó por la vida haciendo el bien. Y curando. Y sanando a todos los hombres. Y haciendo posible que todos los hombres encontrasen en Él la paz. La capacidad para vivir la reconciliación… Dios no hace distinciones. Dios, lo mismo que en Jesús, se manifiesta diciendo: «Tú eres mi hijo». Sí. Tú eres mi hijo amado. Mi predilecto. Esto mismo ha dicho Jesús a cada uno de nosotros, queridos hermanos, el día de nuestro bautismo. Tú eres Jesús. Tú eres hijo de Dios. Tú eres mi hermano. Nos ha hecho hermanos en el hermano, que es Cristo. Tú eres mi predilecto…

Para Dios, somos todos iguales. Dios no hace distinciones. Jesús nos lo manifiesta en su propia vida. Y de lo que se trata fundamentalmente en nuestra vida es que vivamos desde esta predilección de Dios, y que lo hagamos como nos dice el Señor: anunciando al Señor. Como Juan. Como habéis escuchado en el Evangelio: «Detrás de mí viene quien puede más que yo, y no merezco agacharme para desatarle las sandalias». Pero Juan señala. Señala a sus discípulos quién es Jesús… Y Dios mismo nos lo ha manifestado en el Jordán, abriéndose el cielo y diciendo: «Tú eres mi hijo». Anunciemos, queridos hermanos, con nuestra propia vida, que somos hijos de Dios. Predilectos. Amados. Llega la hora, hermanos, en este momento de la historia de la humanidad, en que es necesario el encuentro con nuestro Señor Jesucristo. Dejémonos de tener ideas de Jesucristo, colores de Jesucristo que a veces nos separan… Porque cada uno lo vemos del color que a lo mejor nos apetece o nos.... No. Encontrémonos de verdad con el Señor. Dejemos que entre en nuestra vida. Con este Jesús que nos ama, que nos acepta.

Queridos hermanos. Cuando a nosotros nos hacen un regalo grande, que encima además nos gusta, que desarrolla todo mi ser y toda mi vida, a quien me lo regala ¿le voy a decir que no me importa nada él? Alguien que además me abraza, y que ese regalo no me lo puede dar nada más que él, ¿le voy a rechazar? Podré tener dificultades para seguir su camino, pero necesariamente, queridos hermanos, quien me da el amor más grande, quien me hace el reconocimiento más bello -decirme que soy hijo de Dios y hermano de todos los hombres- yo necesariamente tengo que vivir y hacer todos los esfuerzos por vivir como tal hijo. Y mostrarlo en medio de los hombres. Y no con ideas, sino con mis obras, con entrega. Anunciemos al Señor. Tú eres mi hijo. Y anunciémoslo con humildad. Con la humildad de Juan cuando decía: «Yo os bautizo con agua, pero Él os bautizará con Espíritu Santo». Anunciemos a Cristo con humildad, con sencillez, con nuestra vida. Anunciemos a Cristo sabiendo que es para toda esta humanidad la sanación que necesita. Hoy el hombre necesita sanar su corazón. Hoy el ser humano necesita tener un corazón grande. Un corazón con capacidad de acoger, de promover a todos, sin distinción. Y esto solo nos lo da Jesucristo nuestro Señor. Seamos humildes para acercarnos a Él. Y mostremos al Señor compasión.

Queridos hermanos. Habéis visto cómo Jesús baja al Jordán. Él baja. Y se abre el cielo. Para que se vea que lo divino ha entrado en esta tierra. Que lo humano se hace divino. Que lo humano alcanza la plenitud en lo divino, en este Jesús que nos ha dado a nosotros su vida, y que dentro de un momento se la va a dar también a Alba y a Roco.

Hermanos y hermanas. Esta fiesta del Bautismo del Señor es una manifestación cierta de un Jesús que es Dios. Y que lo dice Dios mismo: «Tú eres mi hijo. Yo te he enviado». Pero eso también nos lo dice el Señor hoy a nosotros: Sois mis hijos. Sois hijos de Dios. Yo os envío para que viváis mi vida. Y os envío con mi fuerza, con mi amor, con mi gracia, con mi entrega. Mostremos con pasión que Jesús, queridos hermanos, es el Señor.

Hoy se trata de abrirnos a escuchar en nuestro interior solo esta voz: «Tú eres mi hijo. Mi amado». A veces no es fácil escuchar. Hay muchas otras voces, queridos hermanos. Voces que gritan fuerte entre nosotros. No vales, no mereces, no eres atractivo, no le importas a nadie, no tienes mis ideas… Estas voces negativas nos impiden escuchar la única verdad que libera al ser humano, y que le da la altura que tiene que tener. «Tú eres mi hijo. Mi amado. Eres mi amor. Tú eres todo para mí». Solamente estas palabras bastarían para vivir una vida plena de sentido y llena de alegría, queridos hermanos.

Que sintamos el gozo de tener la vida de Cristo, y de poder entregarla. Cuánto me gustaría a mí poder salir por las calles de Madrid y decir a la gente que tiene un niño: Dadle algo que merezca la pena. Dadle algo. No perdéis nada, y ganan todo. No perdéis nada dejando que entre Dios en sus vidas. Y ganáis todo.  Porque le dais la altura más grande que un ser humano puede tener. Que es hacerle divino.

Hermanos: que sintamos el gozo de ser bautizados y de seguir regalando, en nombre de Jesucristo, la vida a todas las criaturas que vienen a esta tierra.

Junto a Jesucristo, que se hará presente, también hoy sintamos cómo Él nos dice: Tú eres mi amado. Te quiero. Cuento contigo. Eres miembro de la Iglesia. Anúnciame. Confórmate a mí. Deja que abrace tu vida. Déjame guiarte. En medio de las deficiencias que tengas, y de los pecados que puedas tener también en tu vida, deja que yo te libere con mi gracia y con mi amor.

Amén.

Visto 46 veces Modificado por última vez en Jueves, 11 Enero 2018 14:16

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