Lunes, 07 Agosto 2017 09:18

Arrancan las celebraciones litúrgicas en honor a san Roque en Carabanchel

La parroquia de San Roque (c/Abolengo, 10), de Carabanchel, prepara la festividad litúrgica de su santo patrono con una novena. Comienza este lunes, 7 de agosto, a las 19:30 horas, con la bajada de la imagen del santo, para continuar con la Misa. Desde este día, y hasta el martes 15 de agosto, se celebrará a las 10:00 horas una Misa con rezo de la oración de la novena; y a las 20:00 horas, Eucaristía en honor a san Roque, predicada. Además, todos los días se dará a besar la reliquia del santo.

El miércoles 16 de agosto, solemnidad de san Roque, se celebrará una Misa a las 10:00 de la mañana. Y a las 19:30 horas, Misa solemne presidida por el párroco, Juan Antonio Navarro. Al finalizar la Eucaristía, el santo será sacado en procesión por las calles del barrio, para terminar en el pórtico de la Iglesia, donde tendrá lugar un encuentro festivo.

En esta jornada, al término de las Misas, se dará a los fieles el tradicional pan de la providencia de san Roque. Y de 11:00 a 13:00 horas se procederá a la bendición de animales (c/ La Oca, 33).

Durante la novena, y el día de la fiesta, las personas que lo deseen pueden escribir (en una hoja facilitada por la parroquia) sus necesidades, sobre todo de algún tipo de enfermedad, para poner a los pies de san Roque. Durante todos los días 16 de cada mes del año, hasta agosto de 2017, se pedirá por esas intenciones, y se hará conmemoración del Santo, excepto durante el tiempo litúrgico de la cuaresma.

Biografía

A finales del siglo XIII, el gobernador de Montpellier, Juan, y su esposa Libera, vasallos de Jaime II de Aragón, pedían a Dios instantemente premiase sus virtudes dando fruto de bendición a su nobilísima casa. Pero los años de infecundo matrimonio corrían arrebatando la esperanza de prole a la ya anciana Libera, cuando una noche el crucifijo ante el que oraba pareció dirigirle prodigiosamente alentadoras voces, y poco después un feliz suceso llenaba de regocijo la ciudad. La multitud corría al palacio del gobernador real, donde un inesperado natalicio aseguraba la sucesión a la estirpe de Juan y de Libera. El recién nacido mostraba en el pecho y en el hombro izquierdo una cruz rojiza en la piel, como grabada a fuego, signo de su maravilloso destino. Por la robustez del neófito, recibió en el bautismo el nombre de Roca, y por aquel signo misterioso que le adornaba pecho y espalda, el apellido de la Cruz.

Una predisposición natural para la virtud se reveló muy pronto en las costumbres del niño, hasta tal punto que parecía instruido de superior asistencia en la práctica del bien.

A los doce años de edad perdió a su padre y a los veinte a su madre, quedando heredero de cuantiosas riquezas. Es posible que durante la mocedad virtuosa Roque habría frecuentado las aulas universitarias de Montpellier y se hubiera iniciado en la medicina. Apenas quedó libre y dueño de sí, aceptó la regla de la Venerable Orden Tercera de San Francisco, y abrazó la virtud franciscana por excelencia: la pobreza. Vendió sus bienes y los dio a los pobres.

Del lado de allá de los Alpes empezaron a oírse en Montpellier gritos de angustia. La peste se cebaba en la capital del orbe católico y en las principales ciudades de Lombardía. En alas de la caridad, sale furtivamente de Montpellier, atraviesa por trochas y descaminos la Provenza para despistar posibles seguidores de su parentela y entra en Italia pobre y desconocido. Va al encuentro de la terrible enfermedad que despuebla el norte de Italia; hace de médico, de enfermero, de herbolario y de sepulturero. Hacía frente al contagio por todos sus flancos, ofrecía remedio heroico en todas las situaciones de la calamidad pública, derrochaba el bálsamo de la caridad en todos los dolores físicos y morales que la epidemia iba sembrando por todos los caminos. Así llega a una Roma sin Papas, que además de la peste, sufre la cautividad de Aviñón. Su virtud se pone a la altura de la tragedia, y su figura, como encarnación del consuelo y de agente de la misericordia divina, emergiendo a todas horas y en todas partes entre los apestados, cobra el prestigio sobrenatural de lo milagroso. Lo que no era más que caridad heroica, sin límites, aparece a los ojos de los enfermos como poder extraordinario de una fuerza taumatúrgica. La multitud, presa del pavor ante la muerte, aclama a Roque como a un demiurgo celeste que dispone de los poderes de Dios para abrir o cerrar los sepulcros. Y Roque, tan humilde como caritativo, huye de Roma, y cae en Plasencia, tan incógnito e indocumentado como tres años antes había entrado en Roma.

Acude al hospital y prosigue su actuación caritativa junto a las yacijas de los desamparados del mundo. En esta ciudad una llaga asquerosa apareció sobre su carne hasta entonces inmune al contacto de los apestados, y fue un apestado más, tan repelente y despreciado como los que él había arrancado de la segura muerte. Excluido primero del hospital y después hasta de los muros de Plasencia, se interna por el bosque en dirección de los Alpes. ¿Su alimento? Un lebrel cada mañana viene zalamero con un pan en la boca, y, hecho su presente, le lame la llaga de la pierna.

Roque vuelve a Montpellier a los ocho años de ausencia, desfigurado por la enfermedad, los trabajos y la penitencia. Nadie le reconoce ni se acuerda de su nombre. El país arde en guerras y alguien le denuncia como posible espía. El juez le interroga, desprecia su silencio y le manda a la cárcel pública. Allí, el alma de Roque consuma en silencio y en olvido su dejación absoluta en la voluntad divina, viviendo plenamente el «Solo Dios basta». A su muerte, alguien descubre su incógnito, corre la voz de que Roque el noble, el antiguo y generoso magnate ha vuelto a su ciudad y está muerto en la cárcel. Un grito unánime se oye por doquier: ¡Es el mismo! ¡Es el mismo! Los prodigios aparecen rápidamente, ya que Roque sigue haciendo muerto lo que hizo vivo: curar, sanar, purificar los aires mefíticos, expulsar las epidemias y disputar sus presas al dolor y a la muerte.

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