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Viernes, 03 abril 2026 20:42

Homilía del cardenal Cobo en la celebración de la Pasión y Muerte del Señor (03-04-2026)

Acabamos de escuchar la Pasión del Señor. Y cada año ocurre algo extraño: es un relato que conocemos, pero nunca deja de herirnos un poco el corazón. Porque en esta historia no estamos ante una narración antigua. Estamos ante el misterio central de nuestra fe: Dios que ama hasta el extremo en cada momento y en cada vida.

La cruz no es simplemente el final trágico de la vida de Jesús. La cruz explica hasta dónde llega el amor de Dios por cada uno de nosotros.

El Evangelio lo dice con una frase sencilla y desarmante: «Habiendo amado a los suyos… los amó hasta el extremo» (Jn 13,1). Hasta el extremo. Hasta donde ya no se puede amar más.

La cruz es eso: la pasión de amor de Dios por la humanidad. No es sólo la historia del sufrimiento de un hombre justo y bueno. Es la historia de un Dios que no se retira cuando el ser humano falla.

Jesús mismo lo había dicho: «Nadie me quita la vida; yo la doy voluntariamente» (Jn 10,18).

La cruz no es un accidente. La cruz explica el sentido y la dirección de este amor que el Padre nos ofrece. Se trata –y así lo contemplamos en la liturgia de hoy– de mostrarnos la entrega de la vida como rostro del amor.

San Pablo lo dirá con palabras que todavía hoy nos sobrecogen: «Me amó y se entregó por mí» (Gal 2,20). Por mí. Por cada uno de nosotros.

  1. Pero el Viernes Santo no se comprende solo con la cabeza.
    Se comprende con el corazón.

San Ignacio de Loyola decía que no basta con entender la cruz; hay que «sentir y gustar» el amor de Dios en Jesús. Hay que pedir —decía— dolor con Cristo doloroso, quebranto con Cristo quebrantado.

No para recrearnos en el sufrimiento, sino para descubrir cuánto somos amados. En cada momento de la vida necesitamos pararnos para renovar esta experiencia del corazón.

Porque cuando uno mira la cruz de verdad, algo cambia dentro. Uno empieza a sospechar que Dios nos ha amado mucho más de lo que imaginábamos. Cada año podemos ser capaces de entrar en este misterio un poco más.

Y entonces la cruz deja de ser un símbolo de derrota.

A veces pensamos que la cruz es resignación, como si el cristianismo alabara el dolor o lo exhibiera por las calles. Pero no es así.

Jesús no ha sacralizado el dolor. Jesús ha santificado el sufrimiento atravesándolo Él mismo. No es una diferencia pequeña; es una diferencia de amor.

El dolor por sí mismo no salva a nadie; lo que salva es el amor que se entrega en medio del dolor. Por eso san Pablo dirá algo desconcertante: «La cruz es escándalo… es necedad…, pero para los que creen es fuerza de Dios» (1 Cor 1,18).

En la cruz hoy descubrimos algo decisivo: el amor de Dios es más fuerte que la violencia que se desata en tantos lugares; la entrega es más fuerte que el odio tan presente en nuestro mundo; la misericordia es más fuerte que el pecado. La entrega, tantas veces invisible de la vida, es acogida por Dios y transformada en amor.

Y esa es la verdadera sabiduría de Dios que hoy se nos ofrece y ante la que podemos presentar nuestras cruces, nuestras heridas personales, para que sean acogidas por el amor de quien las llevó sobre sus hombros.

  1. Pero hay algo más sorprendente todavía.

En la cruz Dios parece esconderse. Jesús aparece abandonado, golpeado, humillado, callado. Un Dios crucificado y en silencio.

Y ante ese misterio que no entendemos, solo queda una actitud posible: reverencia, silencio y adoración. Porque ese hombre herido que vemos colgado del madero, es Dios que ha querido entrar hasta el fondo de nuestra fragilidad. Dios que no ha querido salvarnos desde lejos. Dios que ha querido cargar con nuestra historia para darle salida.

  1. Pero la cruz también abre nuestros ojos.

Si miramos bien al Crucificado, empezamos a reconocer otros rostros.

Hoy, cuando contemplamos a Jesús colgado del madero, aprendemos a mirar desde el crucificado nuestro mundo.  Es la opción que se nos planta este Viernes Santo: contemplar y pensar el mundo desde Pilato, o desde Herodes, o incluso desde el sanedrín o la masa que indiferente contempla lo que allí sucede.  O podemos –marcados por la cruz– elegir afrontar y mirar la vida desde la mirada que se tiene al pie de la cruz: entre las lágrimas de María y la soledad del discípulo amado.

Solo al pie de la cruz se recibe esta mirada que nos hace inmediatamente desvelar y sacar del anonimato los rostros de tantos crucificados de nuestro mundo: los muertos de las guerras recientes, las ciudades arrasadas como efectos colaterales, los niños que no entienden por qué la violencia les ha robado el futuro, las familias que lloran a sus muertos, los refugiados que caminan entre países sin tierra ni hogar. Los sufrientes de nuestra ciudad por tantas heridas.

En todos ellos Cristo sigue siendo crucificado. Sufre y atraviesa cada cruz.

La cruz nos obliga a mirar de frente ese dolor. Nos impide acostumbrarnos a la violencia. Nos impide justificar la guerra como si fuera inevitable.

Porque cada vida rota es una herida abierta en el corazón de Dios.

  1. Por eso el Viernes Santo es también una llamada.

Una llamada a colocarnos del lado de las víctimas y los sufrientes.

Jesús muere víctima de la violencia, y solidario hasta el extremo con todas las víctimas: muere porque los seres humanos morimos, y muere en el suplicio porque también nosotros matamos.

En Él aparece una verdad incómoda: somos frágiles hasta morir y capaces de herir hasta matar. Y, sin embargo, Jesús elige otro camino: antes morir que matar; antes entregar la vida que guardarla sin amor.

Como cordero llevado al matadero, no responde con violencia.
Su valentía no es destruir al enemigo, sino algo mucho más difícil:
eliminar la categoría de enemigo y sustituirla por la de hermano.

Por eso, desde la cruz, pronuncia palabras que desarman la historia:
«Padre, perdónalos…». Ahí está la verdadera fuerza. Ahí está la revolución de Dios. La cruz nos enseña que la paz no se construye con discursos, sino con vidas entregadas y con mucho perdón. Con personas capaces de perdonar, de reconciliar, de sanar heridas, de negarse a devolver mal por mal. “Padre perdónalos”.

Murió entre los descartados y las víctimas. Y desde la cruz nos pregunta silenciosamente: ¿De qué lado estás?

¿Del lado de los que condenan al inocente o del lado de los que tienden puentes? ¿Del lado de los que alimentan la violencia o del lado de los que construyen paz? ¿Del lado de los que miran hacia otro lado o del lado de los que se atreven a quedarse al pie de la cruz?

  1. Y, sin embargo, el Viernes Santo no es la última palabra.

La Pasión forma parte de la Pascua.

Dios no tolera que la violencia y la muerte tengan la última palabra. Por eso resucita a Jesús haciendo que la resurrección sea la última palabra de Dios.

Es la más firme reivindicación de la vida; la confirmación de que la historia de los vencidos, de los fracasados, de los golpeados y humillados no termina en la cruz.

Jesús mismo lo dijo muchas veces: «El Hijo del hombre tiene que padecer… y resucitar». Ese eco nos llega ahora para saber que la cruz no es el final del camino. La cruz es el paso.

San Pablo lo resume así: «Si morimos con Cristo, viviremos con Él» (Rom 6,8).

Por eso seguir a Jesús entendemos que es acompañarle en este camino. No solo en los momentos luminosos, también en las noches. No sólo en la gloria, también en la cruz.

Entonces, el Viernes Santo deja de ser sólo el recuerdo de algo que pasó hace dos mil años, y se convierte en una llamada permanente para su Iglesia y para cada uno de nosotros.

San Pablo dirá algo muy audaz: «Completo en mi carne lo que falta a la pasión de Cristo en favor de su cuerpo que es la Iglesia» (Col 1,24).

No significa que a la cruz le falte algo. Significa que Dios quiere seguir amando al mundo a través de nosotros. Que quiere contar con nosotros para seguir dando sentido a cada cruz y a cada entrega.

Cada gesto de perdón, cada acto de misericordia, cada vez que alguien carga con el dolor de otro, ahí la cruz sigue viva.

Por eso hoy no estamos ante un espectáculo que nos conmueve desde fuera. No somos espectadores del Calvario. Sino parte del Calvario. Somos personas amadas por ese amor y testigos. Como María y Juan.

Necesitamos testigos al pie de la cruz para que esta hora sea tocada por Cristo.

Jesús hoy nos dice algo muy personal: todo esto es por ti. Por tu vida. Por tu historia. Por tus heridas. Por tus pecados. Por tus esperanzas. Y también por nuestro mundo herido y por nuestra Iglesia.

  1. Hoy la Iglesia guarda silencio ante la cruz.

Mirad el árbol de la cruz. Abrid los ojos. Dentro de un momento nos acercaremos a venerarla. Ese gesto sencillo dice mucho. No besamos el sufrimiento.
No besamos el dolor. Besamos el amor de Dios que está más cerca de lo que pensamos.  

Y al acercarnos a la cruz, al venerarla hoy, quizá podamos decir en silencio: Señor, que al mirar tu cruz pongamos ante ti nuestras cruces. Que sepamos reconocer a los crucificados de nuestro mundo. Que no nos acostumbremos al dolor de los inocentes. Que aprendamos a ponernos siempre del lado de las víctimas. Y que, con tu gracia, seamos en medio de nuestro mundo artesanos de paz.