Resucitó de veras mi amor y mi esperanza
Vivimos un tiempo nuevo, un tiempo que no es simplemente una etapa del calendario, sino una irrupción de vida. La Cuaresma nos ha ido preparando, paso a paso, para abrir los ojos y reconocer el tiempo en el que vivimos y, en medio de él, descubrir la llamada viva del Dios que resucita.
Cada año, este camino nos coloca ante una oportunidad nueva: no para hacer algo más, sino para volver a lo esencial que es, en definitiva, poner los ojos en Dios, buscarle más, escucharle más y dejar que Él reordene nuestra vida y la de nuestras comunidades hacia su Misterio de Vida que no muere, y que nos coloca ante el horizonte de la Vida eterna.
1.- En esta primavera pascual podemos profundizar de dos maneras: avivando nuestro bautismo y creciendo desde la vocación que en él recibimos.
Porque la Pascua no nos saca del mundo: nos introduce en él con una mirada nueva. Nos hace atravesar los calvarios de nuestro tiempo —tantos sufrimientos, tantas heridas—, pero no desde la desesperanza, sino desde la certeza de que la vida ha vencido.
Y esto es importante decirlo hoy, porque vivimos en un mundo desesperanzado, herido, tenso y violento. Y, a veces, también nosotros nos dejamos arrastrar por ese ambiente.
Es fácil quedarse en el Viernes Santo. Es una tentación el quedarse en el mero sentimiento o en el calvario, en un emotivo viernes santo.
Pero, en medio de todo eso, la Pascua nos dice: Dios sigue actuando hoy. Aquí. En ti. En nosotros. Atravesando el silencio del sábado santo y la soledad de tantos momentos de la vida.
Por eso, este tiempo es una oportunidad irrepetible para ir al sepulcro y redescubrir su presencia viva, su voz que no ha callado, su fuerza que sigue levantando lo que parecía perdido. Solo hace falta ir o escuchar a los testigos.
2.- La Pascua es la primavera de Dios que llega a nosotros al volver a la fuente de nuestro bautismo.
Desde esta fuente, en este Domingo de Pascua, quisiera invitaros a contemplar tres brotes, tres signos de vida nueva que están brotando y pueden ayudarnos a vivir este tiempo con hondura.
- Primer brote: hoy renovamos la experiencia bautismal
Volvemos a la fuente. Volvemos al Bautismo.
San Pablo lo decía con fuerza: hemos sido sumergidos en la muerte de Cristo para vivir una vida nueva. Ser cristiano no es una etiqueta, no es pertenecer externamente a algo. Es haber sido alcanzados por una llamada que nos transforma por dentro, porque desde el bautismo se nos ha injertado en una vida que no se agota.
En el Bautismo se nos dijo algo decisivo, aunque no lo recordemos: “Tú eres mi hijo amado”. Esa es nuestra identidad más profunda.
Pero esa voz puede quedar sepultada bajo el ruido, el cansancio o las preocupaciones. Por eso necesitamos volver a escucharla esta Pascua. En la Palabra. En la oración. En la comunidad. En el compromiso con los más pobres y sufrientes.
La Palabra de Dios nos ayuda a este descubrimiento, porque la Palabra no es un texto antiguo: es una voz viva. Es Cristo que sigue pronunciando sobre nosotros esa palabra que nos sostiene y nos dice dónde se queda.
Cuando nos alejamos de esa voz, la fe se enfría, la esperanza se reduce, la caridad se debilita.
La Pascua es el momento de volver a escuchar la Palabra de Dios. No se trata de leer mucho, sino de dejarnos tocar. De permitir que esa Palabra ilumine nuestra vida y nos enseñe a leer la realidad con ojos pascuales.
Ojos que no niegan las heridas, pero que saben descubrir –incluso en medio de ellas– que la vida sigue abriéndose paso. Porque el Resucitado no borra sus llagas. Las muestra, las transfigura. Y con ellas sana nuestro corazón y nos enseña a mirar la vida desde ellas.
Las llagas del Resucitado no son recuerdo del fracaso, sino medicina para nuestra incredulidad. Pero también son una llamada. Si Cristo glorioso conserva las heridas, significa que el camino hacia Él sigue pasando por las heridas del mundo.
Por eso, encontrar al Resucitado pasa hoy por acercarnos a las heridas del mundo: a los pobres, a los enfermos, a los solos, a tantas víctimas de la violencia y de la guerra. Cada vez que miramos las heridas con amor, estamos contemplando las llagas gloriosas de Cristo y, desde ellas, la vida.
Desde esa mirada, descubrimos que La caridad no es un añadido: es un acto pascual. Es proclamar que el amor es más fuerte que la muerte.
- Segundo brote: dejar que la Pascua renueve nuestras comunidades.
La Pascua no crea individuos aislados. Crea un “nosotros”. El Resucitado reúne, convoca, reconstruye. El Espíritu une lo que estaba disperso. Por eso, la Pascua se ve cuando aparece la comunidad.
La Resurrección se hace visible cuando dejamos de ser grupos cerrados y nos convertimos en Iglesia. Cuando vivimos la fraternidad, cuando nos reconciliamos, cuando caminamos juntos. Necesitamos comunidades donde la fe no sea solo discurso, sino relación. Donde el amor no sea teoría, sino vida concreta y experiencia. Comunidades que se acerquen a los sepulcros humanos de nuestro tiempo porque ahí es donde la Pascua deja de ser una idea y se convierte en vida.
- Tercer brote: ser portadores de la paz del Resucitado
Cuando Jesús se aparece a los discípulos, no les reprocha nada. Solo dice: “La paz con vosotros.” Esa es la primera palabra de la Pascua. Y esa palabra sigue resonando hoy en un mundo atravesado por la violencia.
Las guerras, los odios, las divisiones, no nacen solo de intereses o conflictos. Brotan, en el fondo, de algo más profundo: de haber perdido la esperanza en el otro.
Cuando dejamos de creer en el otro —especialmente en el que es distinto—, empezamos a cerrarnos. Dejamos de esperar. Y entonces el otro se convierte en amenaza y después en enemigo. Como advirtió Hannah Arendt, “la deshumanización precede siempre a la violencia”. Antes de que haya armas, ya hemos dejado de ver a alguien como “otro yo”.
Y cuando no caben las palabras, crece la violencia. La guerra es, en el fondo, el fruto de la desesperanza. Donde ya no espero nada del otro, ya no hay encuentro posible.
Pero la Pascua nos revela algo completamente distinto: Cristo, en la Cruz, lo esperaba todo de nosotros. Incluso cuando nosotros ya no esperábamos nada.
Esperaba más de sus verdugos de lo que ellos creían de sí mismos. Esperaba más de los discípulos que habían huido. Espera más de cada uno de nosotros de lo que nosotros mismos somos capaces de imaginar.
Esa es la paz cristiana. No es una paz débil, no una simple ausencia de conflicto. Sino una paz desarmada y desarmante como dice el Papa. Una paz que nace de esperar el bien del otro, incluso cuando no lo vemos. Que mira al otro de tal modo que descubre en él su posibilidad de amor.
Cristo, incluso en silencio ante Pilato, no dejó de esperar. No dejó de llamar a lo mejor del corazón humano. Y eso es lo que cambia el mundo. Porque frente a la lógica de la violencia, la Pascua propone la lógica de la esperanza. Frente al nihilismo que dice “nada merece la pena”, la Pascua dice: todo puede renacer.
Por eso la paz no es pasividad; es una fuerza transformadora. Empieza en nuestras comunidades, cuando dialogamos. Empieza en nosotros, cuando perdonamos, cuando cuidamos la unidad, cuando dejamos de etiquetar y empezamos a mirar con esperanza.
Si el mundo quiere ver al Resucitado, tendrá que verlo en nosotros siendo hombres y mujeres de paz.
Hermanos, La Pascua no es un recuerdo. Es una presencia. Hoy, aquí, el Resucitado está en medio de nosotros. Nos dice: “La paz con vosotros.” Y nos envía inmediatamente a vivir como bautizados, a construir comunidades vivas, a sembrar la paz.
Porque allí donde esto se hace vida. Allí el sepulcro está vacío. Allí Cristo vive. Allí comienza ya el mundo nuevo.
Resucitó de veras mi amor y mi esperanza.
Feliz camino pascual. Que sigamos descubriendo brotes de esta Pascua.