Print this page
Lunes, 06 abril 2026 01:30

Homilía del cardenal Cobo en la Vigilia Pascual (04-04-2026)

“Ha resucitado de entre los muertos y va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis”.

Queridos hermanos, si esta noche estamos aquí no es por casualidad. En el fondo, todos somos buscadores: desde los más pequeños hasta los mayores. Hay en nosotros un fuego interior, una inquietud silenciosa que nos ha traído hasta este lugar. Quizá no sepamos explicarlo, pero, en lo profundo, hay una llamada.

1.- Está atento, Dios actúa en lo escondido, se adelanta siempre buscando las grietas de nuestro corazón. Aprovecha cada rendija de nuestros blindajes, de nuestras rutinas, de nuestras resistencias. Como la primavera que brota en el árbol seco, así Dios verdea en nosotros, abre caminos donde parecía no haberlos; entra suavemente, sin violencia, para despertarnos.

Así hemos atravesado la noche para reunirnos, y en ello hay una parábola de la vida. Hemos dejado otras ofertas, hemos salido de lo cotidiano y hemos acudido a la cita preparada durante toda una Cuaresma. No hemos venido solos: hemos venido a reunirnos como hermanos. Quizá no nos conocemos todos, pero estamos vinculados por algo más profundo. No somos como los rostros anónimos que encontramos cada mañana; somos un pueblo convocado por el mismo Señor después de la oscuridad del sábado santo.

Hemos entrado en una Iglesia a oscuras y, poco a poco, la hemos iluminado. Y así sucede siempre: la luz de Cristo no irrumpe con estrépito, sino que disipa las tinieblas silenciosamente, con una fuerza humilde y constante. “La luz resplandece en las tinieblas, y las tinieblas no pueden vencerla” (S. Gregorio Nacianceno).

Quizá venimos como aquellas mujeres del Evangelio, que se dirigían al sepulcro con perfumes y vendas. Gestos pequeños, aparentemente insuficientes ante el misterio de la muerte. ¿Cómo enfrentar la muerte con perfumes y vendas? Y, sin embargo, venían movidas por el amor. También nosotros llegamos con nuestras pobrezas, con nuestras contradicciones, incluso con la sensación de buscar a Jesús a veces en lugares equivocados.

Pero hay algo que lo cambia todo: el amor de Dios.  Como a las mujeres, el amor del que somos capaces es esa pequeña grieta que Dios aprovecha. “Donde hay amor, allí está Dios actuando con poder” (san Juan Crisóstomo).  Ningún gesto de amor se pierde. Ninguna entrega es inútil. Cada intento, cada cuidado, cada detalle… todo se convierte en puerta por donde Dios entra.

“Ha resucitado de entre los muertos y va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis”. Ahora comprendemos que esta palabra no pertenece solo al pasado. No es simplemente que Cristo resucitó, sino que resucita hoy, aquí, en esta noche, en esa grieta de amor que has abierto al decir “sí” a la Pascua, al acudir esta noche cargando con tus viernes santos y tus sábados santos.

Si hemos muerto con Él, resucitamos con Él. No solo en un futuro lejano, sino hoy.

2.- La Semana Santa ha tocado lo más hondo de nuestras vidas. Tal vez lo hemos percibido claramente, o quizá no. Pero no importa: Dios actúa incluso cuando no lo comprendemos todo. 

Dios aprovecha cualquier rendija para verdear. Todo lo que has entregado, todo lo que has puesto en la cruz, cuando te atreviste a mirarla de forma renovada. Cuanto has entregado, aunque te salga mal. Todo, en definitiva, cuando pasa por la cruz tiene futuro; sí, tiene futuro, lo repito.

El amor que ha atravesado la cruz es más fuerte que la muerte. Y esa es la Vida que se nos regala hoy en la Resurrección hasta la Vida eterna.

Por eso, hermanos, todo tiene sentido: nuestra vida, nuestra historia, cada pensamiento, cada entrega. Y lo descubrimos de un modo especial cuando estamos juntos. Porque la fe –como la luz de hoy– se enciende en comunidad de modo que nos despertamos unos a otros para acoger esta noticia: Cristo ha resucitado.

3.- La noticia de hoy es nueva

Dios lo ha apostado todo por cada uno de nosotros. No por una multitud anónima, sino por ti, por cada uno.

El Padre entrega a su Hijo, y esta noche nos presenta a nosotros, su Iglesia, como fruto de su Pascua. Hoy Jesús nos mira, a todos juntos y a uno por uno. Y el Padre nos presenta a Jesús como un gran regalo. Somos su regalo que el Padre ofrece a Jesús. Por eso hoy podemos escuchar cómo el Padre le dice a Jesús: “Hijo, aquí están, los que han venido son los frutos de tu Pascua, estos son tus frutos; míralos que ya los conoces. Hijo, ¿ves cómo ha merecido la pena?”.

Y Jesús mirará al Padre y nos mirará a todos nosotros juntos y le dirá: “Sí, Padre mío, ha merecido la pena porque están todos juntos en medio de la oscuridad. Todo ha merecido la pena.”

 

4.- Somos consagrados por el bautismo. Somos un regalo para Cristo. El Espíritu Santo nos habita y nos recuerda esta noche quiénes somos: hijos, pueblo, ofrenda viva. Quizá no lo comprendimos del todo en su momento, pero esta noche se nos concede ahondar en este misterio. Estamos injertados en Cristo, participamos de su vida, de su esperanza.

Consagrados. Esta noche tiene el don de hacernos sentir con mayor profundidad que somos consagrados desde el bautismo. Ser consagrado es aprender a vivir como “un regalo de Dios”, un regalo que el Padre hace al Hijo. Es acoger el misterio que nos hace sagrados, gracias a que el Espíritu pasa por nosotros y nos susurra: “eres un regalo de Dios”. Y, al mismo tiempo, nos dice a todos: “juntos sois un regalo de Dios”.

Ha sido necesario atravesar muchas noches para llegar hasta aquí y tomar conciencia de que la vida de Cristo corre por nuestras venas, su esperanza habita en nosotros y su Espíritu vive en nuestro interior, si nos atrevemos a revivir la Pascua.

Respiremos esta verdad: llevamos en nosotros la huella de Cristo. Por eso, ninguna gota de amor se perderá. Nuestra vida tiene valor y sentido porque Él la ha abrazado. Nos ama, cuenta con nosotros y vive en nosotros abriéndonos a la vida eterna.

Por eso necesitamos renovarnos, purificarnos.

Por eso la Pascua no es solo algo que celebramos: es algo que somos. Dios pasa por nosotros. En esta noche, estamos en Cristo y somos más de Cristo.

Sólo nos queda reconocerlo y dejar que Dios florezca en nosotros. El anunciarlo y trasparentado será la consecuencia de su acción.

5.- No busquéis entre las cosas muertas a este Dios, no busquéis en los sepulcros, allí no está. El amor nos pone en marcha hacia los lugares de muerte, pero allí nos topamos con la experiencia de que Jesucristo no está en el sepulcro.

Está en la vida de los sacramentos, en el aliento de la oración. En los suyos.

Está en la vida, en el amor concreto, en el esfuerzo diario, en el cuidado de los demás.

Está en el cansancio ofrecido y en la entrega silenciosa. Cristo vive en todo aquel que ama.

Y también Cristo se queda en todos aquellos que han pasado por la cruz: en los despojados, en los más pobres, en las víctimas. Esta Semana Santa nos ha recordado el dolor de tantos hermanos víctimas de las guerras. Su sangre es semilla de vida, pero Cristo se queda en cada herida, y cada llaga, sosteniendo, redimiendo, permaneciendo.

5.- El ángel dijo a las mujeres: “No está aquí”.

Quizá nuestro mundo necesita hoy ángeles que anuncien lo mismo. Nos necesita para seguir iluminando como hemos hecho hace un momento. Y tú has sido convocado esta noche para ser uno de ellos: para ser un nuevo ángel, para decir con tu vida que Cristo vive, que está aquí.

Sí, tal vez parezca locura. Locura es salir en la noche, locura es creer en lo invisible. Pero es la locura del amor, la locura de la fe. Es la locura de sabernos parte de Cristo.

Vivamos, pues, como lo que somos: Pascua viva. Dejemos que Dios florezca en nosotros y, junto a los bautizados, anunciemos con alegría: Cristo ha resucitado. Amén.