La Eucaristía: entrega, comunión y misión
Todos tenemos una experiencia viva de la Eucaristía. Esta tarde es un buen momento para traer aquí nuestra vida: recuerdos, momentos en los que el Señor nos ha tocado el corazón, eucaristías especiales que hemos vivido, lugares donde hemos sentido la presencia del Señor.
Quizá lo más importante sea volver precisamente a esos momentos que nos han tocado a través de la Eucaristía. Volver allí donde hemos encontrado la vida del Señor, donde hemos sentido que Él estaba realmente presente, sosteniéndonos, alimentándonos, transformándonos por dentro.
La Cena del Señor es el prólogo de la Pasión. Es el marco en el que todo cobra sentido. Pero, más profundamente aún, la Eucaristía es la síntesis anticipada de la Pasión: en ella Jesús adelanta libremente la entrega que culminará en la cruz.
Aquí comienza todo.
1.- Esta es la hora
Jesús dice: «Esta es la Hora».
No es simplemente un momento cronológico. Es la hora de la entrega total, la hora en la que su vida alcanza su sentido pleno. En ella se unen la voluntad de amor del Padre y la necesidad profunda de los hombres.
Y, desde entonces, sabemos que cuando hay entrega comienza la hora de Dios. Comienza cuando, en lo oculto, te das a los otros; cuando sirves sin ser reconocido; cuando sostienes; cuando perdonas; cuando te desgastas por amor y no solo a los que te caen bien, sino generosamente a todos.
Ahí entra Dios. Ahí se hace presente la hora que comenzó con Jesús.
Jesús, en esta noche, no actúa como nos dictaría el instinto. Cuando se ve acorralado, no se repliega sobre sí mismo. No calcula, no se protege, no busca salvarse a sí mismo como hace todo el mundo.
Hace exactamente lo contrario: se entrega. Cuando está acosado, se entrega.
Se deja partir para mostrar el amor sin medida del Padre. Se deja herir para unir a Dios y a los hombres en un abrazo de perdón. Y, así, cumple la voluntad del Padre.
Por eso resuenan sus palabras: «Nadie me quita la vida; yo la doy voluntariamente».
Cuando llegue la cruz, todo estará ya decidido. Porque la entrega no empieza en el Calvario: empieza aquí, en la Eucaristía. Entrega sin filtros ni condiciones. Esa es la corriente en la que nos inserta desde que Pedro y los demás, sin entender, se dejaron lavar por este río de entrega.
2.- Cuando llega la hora se abre la vida de la comunidad. La Eucaristía está profundamente unida a la comunidad. La entrega eucarística crea comunión. Si la Iglesia existe como comunidad es porque nace continuamente de esta mesa. La mesa crea familia.
Si pensamos en la misión de la Iglesia, y también en la misión del sacerdote como servidor de la comunión, descubrimos que esa comunión tiene su fuente en la Eucaristía.
Nuestras comunidades cristianas no nacen de acuerdos ideológicos ni de negociaciones para encontrar un punto medio entre opiniones diferentes. No son el resultado de consensos humanos, como sucede tantas veces en otros ámbitos de la vida social.
La comunidad cristiana nace de algo mucho más profundo. Nace del don del amor de Jesucristo. Nace de la fuerza del Espíritu. Nace de la fe compartida en el Señor resucitado.
Por eso, la Eucaristía es, al mismo tiempo, expresión y fuente de la comunidad. En la Iglesia primitiva la Eucaristía hacía posible la unión de los corazones: tener un solo corazón y una sola alma, compartir la vida, sentirse verdaderamente hermanos.
La Eucaristía es también un espacio de reconciliación. No se puede vivir la Eucaristía sin ofrecer y recibir perdón. Nuestras comunidades, que nacen de la Eucaristía, deberían ser lugares donde sea posible reconciliarse, donde se aprenda a perdonar, donde la fraternidad venza nuestras divisiones y, así, sirvan al mundo dividido.
Por eso, la Eucaristía, desde el lavatorio, nos interroga a los bautizados sobre cómo ejercemos la autoridad en esta Iglesia sinodal desde el modelo de Jesús, quien «Se quitó el manto…y se puso a lavar los pies a los discípulos…» (Jn 13, 4). Esta autoridad radical de Jesús nosotros no la podremos tener nunca. Pero no renunciemos a buscarla, a reflejarla, al menos parcialmente.
Esta es la autoridad que hoy puede expresar la Iglesia: el servicio sacrificial anudado a la Eucaristía, vivido al ritmo de la Palabra.
3.- Además, esta mesa tiene una dimensión profundamente evangélica: es la mesa de los pobres y de los últimos. En las parábolas de Jesús el banquete del Reino se llena con los pobres, los lisiados, los que nadie tiene en cuenta. Aquí no hay primeros puestos; los últimos son los primeros. Es una mesa abierta, una mesa donde caben los diferentes, donde no hay nuestros y vuestros.
Así, la Eucaristía es la expresión de la universalidad del amor de Dios.
Por eso, la Eucaristía que hoy celebramos es también –como anuncia el profeta Isaías– un banquete preparado por Dios para todos los pueblos. En esta mesa nadie queda excluido, nadie es extranjero. Cada Eucaristía anticipa ese gran banquete del Reino donde Dios reúne a la humanidad entera.
Decía san Gregorio Magno que «Cuando celebramos el misterio, debemos reconocernos iguales, porque uno es el Señor que recibimos». En pocos momentos y en pocos lugares tenemos esta oportunidad de vivirlo con tanta intensidad. En cada parroquia, en cada comunidad, cuando celebramos la Eucaristía aprendemos a mirarnos como hermanos más allá de nuestras diferencias, y empezamos a descubrir que la fe no levanta fronteras, sino que abre caminos de encuentro.
4.- Finalmente, la Eucaristía nos envía al mundo. Hoy entendemos que la Eucaristía no termina en el templo. Nos hace eucarísticos de por vida porque nos envía a la misión. Esa misión debería estar profundamente marcada por el espíritu de lo que hoy contemplamos: la entrega gratuita, el servicio humilde, el amor que no busca recompensas en medio de la vida.
Jesús dice: «Haced esto en memoria mía». No se refiere solamente a repetir un rito; se refiere a reproducir su vida eucarística en cada forma de pensar, sentir, respirar. «Haced esto» significa vivir como Él ha vivido: entregar la vida, buscar la voluntad del Padre, llevar esperanza, crear fraternidad.
Por eso, no se puede entender la Eucaristía sin el lavatorio de los pies. En ambos gestos aparece el mismo mensaje: en la Eucaristía Jesús se entrega; en el lavatorio Jesús se abaja y se pone al servicio. No es solo un ejemplo moral: es la revelación misma de Dios. Dios es amor que se hace servicio.
Comulgamos y estamos ante el misterio revelador no de lo que Jesús hace, sino de lo que Jesús es. Estamos ante algo más que un gesto ejemplarizador o un acto particular para darnos ejemplo a imitar; estamos ante la forma de ser de Dios.
Y de ese doble gesto, Pan partido y lavatorio, nace también una llamada muy concreta para estos tiempos que estamos viviendo: ser sembradores de paz. Quien participa en la Eucaristía no puede alimentar divisiones, violencias o enfrentamientos. La mesa del Señor nos educa en la reconciliación. Nos enseña a perdonar, a acercarnos al hermano, a reconstruir la fraternidad herida.
Por eso, la Eucaristía siempre nos envía al mundo como artesanos de paz. Alimentados por el mismo pan y lavados por el mismo amor, salimos a nuestro mundo para sembrar la paz que nace del lavatorio.
Jesús se arrodilla delante de los suyos y les lava los pies. Ese abajamiento continúa en la Eucaristía y se prolonga en la vida.
Cristo se queda con nosotros para siempre. Se hace pequeño. Se hace pan. Permanece en medio de nosotros hasta el final de los tiempos.
Por eso esta tarde, al acercarnos a la mesa del Señor, quizá podamos pedir algo muy sencillo:
Señor, que no nos acostumbremos nunca a la Eucaristía.
Que cada vez que escuchemos «Tomad y comed» recordemos que ahí está tu vida entregada por amor.
Que esta mesa haga de nosotros una Iglesia más fraterna.
Que, alimentados con tu pan, sepamos salir al mundo para vivir con humildad, servir con alegría, sembrar tu paz y amar como Tú.
Ahora queda la pregunta: ¿Quieres entrar en esta forma de vivir, de pensar y de salvar? Jesús nos apunta la respuesta: «Haced vosotros lo mismo».