Cartas

25 de Julio de 2018

Dios piensa en ti para enviarte a la misión

Dios piensa en ti para enviarte a la misión

¿Sabes que Dios pensó en ti incluso antes de que comenzases a vivir en el vientre de tu madre? ¿Alguien te dijo alguna vez que el Señor piensa en ti para enviarte a una misión extraordinaria, para hacer de este mundo lo que Él quiso al crearlo? ¿Por qué cuenta contigo? Sencillamente porque te creó a su imagen y semejanza. No eres una cosa más de las muchas que Dios creó, eres su imagen y tienes una misión singular en este mundo de la cual no puedes evadirte, pues acabarás siendo infeliz. ¡Cuánta tristeza existencial hay repartida por el mundo! ¡Cuánto mal se hace en esta casa común en la que habitamos por no saber quiénes somos! Daño al otro, daño a lo creado, daño no dando lo que corresponde al hermano y que ha sido creado para todos y no solamente para unos pocos... Dios piensa en ti para enviarte a la misión, no te evadas, no te hagas el sordo; no quieras hacer tú misión, haz la que Dios propone y que tan bellamente se nos ha revelado en Jesucristo Dios y Hombre verdadero.

El título de mi última carta del curso me lo sugirió el Evangelio de Marcos cuando se refiere al momento en el que el Señor nos hace una invitación que viene bien escuchar en estos meses de verano: «Venid vosotros a un sitio tranquilo a descansar un poco». ¿Qué tiene que ver esto con la misión? Para entrar en la misión, no podemos ir de cualquier manera. Evangelizar no es adoctrinar, no es dar simplemente un mensaje, es llegar al corazón de quienes nos escuchan y viven con nosotros y transformar su vida pues, al entrar tan de lleno Jesucristo, se hace verdad lo que san Pablo experimentó en la suya: «No soy yo, es Cristo quien vive en mí».

El que evangeliza, quien asume la misión, o llega a provocar que Cristo viva en aquel a quien evangeliza y, por tanto, le da una nueva vida, mira como miraba Jesucristo; actúa como actuaba Jesucristo; no guarda la vida para sí, sino que su vida es para los demás; se pone al lado de quienes más necesitan; no busca su prestigio personal, sino que el otro alcance la estatura que Dios le ha dado... Por tanto, quien evangeliza no es alguien que habla de algo que suena bonito, sino que cambia el corazón. Jesucristo quiere que aprendamos bien esto y nos dice: «Venid vosotros solos a un sitio tranquilo a descansar un poco». No es el descanso evasivo que nos permite pensar solo en nosotros mismos, es el descanso restaurador de volver a descubrir quiénes somos de verdad. Para ello, es necesario renovar nuestras fuerzas y ver todo lo que el Señor nos propone y sugiere desde unas instancias más hondas que las que estamos acostumbrados a vivir. ¡Qué bueno es encontrarnos con nosotros mismos en profundidad y poder así descubrir para unos –y redescubrir para otros– la fuente que calma la sed que todo ser humano tiene! Serenar nuestro espíritu, encontrarnos con lo esencial que llena de sentido nuestra vida, encontrarnos con la Persona de Cristo, abrirnos a su Presencia, nos permite recuperar fuerzas y nos dispone para servir a los demás como el Señor quiere y cómo Él lo hizo, que daba Vida a quien se encontraba.

Cuando el Señor nos dice que vayamos con Él a descansar nos está invitando a encontrarnos con nosotros y a descubrir la fuente de la Vida, de la Esperanza, del Amor que es Él. Porque el verdadero descanso que es encontrarnos con Jesucristo libera de toda esclavitud en la que, sin darnos cuenta, podemos caer, nos libera para la Vida, para el saber compartir, para Amar con el mismo Amor que ha tenido el Señor para nosotros. ¿Somos conscientes de que necesitamos esta liberación?

¿Cuál es el estilo misionero que quiere Jesús de nosotros? Viene muy bien descrito en el Evangelio de Marcos:

1. Nuestro estilo misionero tiene un centro de referencia siempre. «Llamó a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos». El centro no puede ser otro que la persona de Jesucristo. No es una iniciativa de creyentes individuales o de grupos, sino que es la misión de la Iglesia que está inseparablemente unida al Señor. Cuando mandó a los discípulos a la misión, lo hizo desde el centro de irradiación que era el Señor mismo; deseaba que ellos repitieran su presencia, fueran presencia de Él y transformaran a quienes se encontraran, devolviéndoles la esperanza y la vida. Recordemos encuentros como el de la Samaritana, Zaqueo, el ciego de nacimiento, o con sus primeros discípulos, que vieron dónde vivía y se quedaron con Él. Nuestro centro es Cristo. Nosotros no tenemos nada que anunciar, demostrar o cosas parecidas, somos enviados de Jesucristo y tenemos que hacer patente su presencia hablando y actuando, que noten que somos mensajeros de Jesús. Qué hondura tiene descubrir que el Bautismo nos hace misioneros; de tal manera que, un bautizado que no sienta la necesidad de anunciar a Jesús, debe revisar su ser cristiano.

2. Nuestro estilo misionero tiene una cara evidente siempre. «Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más, pero ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja; que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto». Nuestro estilo misionero para ser convincente se tiene que apoyar en Jesucristo. Nos quiere libres, sin apoyos, sin favores especiales, con la seguridad absoluta y total de que quien nos envía nos ama y nos regala la fuerza de su Amor como el arma más clara y mejor para cambiar este mundo. En el momento en que busquemos otros apoyos haremos una ideologización del Señor, pero no entregaremos de primera mano su presencia. Somos peregrinos, no somos administradores absolutos, ni tampoco funcionarios estables, somos discípulos en gira permanente, trabajadores del Reino.

3. Nuestro estilo misionero tiene un camino siempre. Es el que trazó Jesucristo de una vez para siempre en el momento en que antes de ascender al cielo, reuniendo a los discípulos, les dijo: «Id al mundo entero y anunciad el Evangelio». Nuestro camino está allí donde un ser humano viva, donde un ser humano sufra o no viva con la dignidad que Dios le dio, nuestro camino es decir la verdad de Dios a los hombres, mostrar el rostro verdadero del hombre y el rostro de un Dios que piensa en cada ser humano. Nuestro camino es como el de los primeros, que «salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban».

Esta semana os escribo con el deseo de, que en este próximo mes de agosto, todos los cristianos meditéis el estilo misionero que hemos de tener como discípulos misioneros que somos y que lo llevéis a vivir con quienes aún desconocen a Jesucristo, que piensa en cada uno de nosotros y quiere que entremos en el dinamismo de hacer presente el Reino de Dios. Seamos valientes testigos de Cristo.

Con gran afecto os bendice,
+Carlos Card. Osoro-Sierra, arzobispo de Madrid

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