Orar, estar y curar con misericordia

Hay aspectos del Evangelio que de una manera esencial quedan marcados en la vida personal. Me impresionan especialmente tres que siempre han retenido mi atención, incluso en decisiones personales y planteamientos pastorales: ver siempre a Nuestro Señor Jesucristo buscando espacios y tiempos para orar, para estar en diálogo con el Padre; verlo siempre al lado de los hombres de su tiempo, de todos los hombres en todas sus circunstancias y situaciones, enseñando y escuchando; y verlo siempre curando el corazón de los hombres, buscando todas las oportunidades para realizarlo. El Señor me urge en lo más profundo de mi misión a presentar estos tres aspectos. Me llama a recordármelos a mí y a presentároslos a vosotros. Por gracia un día me pidió que fuese pastor de todos según su corazón, tanto de quienes creen en Él como de aquellos a los que hay que ir a buscar porque no lo conocen aún, creando puentes, y este mandato del Señor lo percibo hoy con más urgencia. Hay que crear puentes para que todos se sientan hermanos y con necesidad de todos, con ganas de hacer casa común. ¿Cómo?

No tengo más medios que los que utilizó Nuestro Señor Jesucristo. Por ello os hago estas mismas propuestas que Él hizo con su vida y nos manifestó tan claramente:

1. Necesitamos orar, dialogar con quien sabemos que nos ama y escucha. No hay curación de las enfermedades que padecemos los hombres –la más grave es no ser hermanos– sin oración, sin diálogo con Dios. Santo Tomás deseaba estructurar su última obra, la inconclusa Compendium theologiae, según las tres virtudes teologales: fe, esperanza y caridad. Comenzó por el capítulo de la esperanza y lo desarrolló parcialmente, identificando la esperanza con la oración. Decía que la oración es esperanza en acto y, de hecho, es en la oración donde se desvela la verdadera razón por la cual es posible esperar; ahí entramos en contacto con el Señor del mundo, Él nos escucha y nosotros podemos escucharlo.

2. También es necesario estar al lado de los hombres, de todos los hombres, en todas sus situaciones y circunstancias. ¿No veis las grandes contradicciones que tiene nuestro mundo? Quiere ser autosuficiente, habla de libertad y, sin embargo, quiere recortar su dimensión más fundamental, que es acoger la libertad religiosa, al ámbito de la intimidad. ¡Qué tremendo es prescindir de Dios! ¿No caemos en la cuenta del vacío existencial que está matando y dejando sin valores la convivencia humana, que deja heridos, en soledad y al pairo de cualquier vivificación humana con aires de plenitud que aparece a nuestro lado? Necesitamos recordar siempre dos normas que el Papa san Juan XXIII nos daba en la encíclica Mater et magistra y que llevan, en el fondo, una dinámica de espíritu democrático, también en lo político: «El servicio al bien común, ley suprema, fin propio y esencial del Estado, y el principio de la subsidiariedad, que garantiza el debido respeto a las iniciativas privadas y a coordinar su acción en armonía con los intereses grandes» (n. 14).

3. Tiene una urgencia especial disponernos todos a curar el corazón de los hombres y, para ello, hay que aprovechar todas las oportunidades que tengamos. Para alejar lo que daña al corazón del ser humano no bastan medidas represivas de ningún tipo. Es necesario promover la revitalización moral y religiosa de las conciencias y la evolución y el desarrollo social y político hacia formas jurídicas que aseguren siempre mejor el bien común, que, como muy bien nos decía la encíclica Pacem in terris, «en la época actual se considera consiste principalmente en la defensa de los derechos y deberes de la persona humana» (n. 60). Los derechos fundamentales del hombre son los mismos en todas las latitudes y entre ellos tiene un lugar preeminente el derecho a la libertad de religión, porque concierne a la relación humana más importante: la relación con Dios. Si no se teme a la verdad, nunca temamos a la libertad, menos aún en su máxima expresión: la religiosa. Pues tiene que estar abierta en todas las dimensiones de la existencia humana, que incluye la religiosa.

Urge no perturbar la ecología humana. Una de las mayores perturbaciones surge del relativismo que mina el funcionamiento de la convivencia entre los hombres y, por tanto, de la democracia. Cuanto más sana es una sociedad, más promueve el respeto a los valores inviolables e inalienables de todas las personas. Y es que hay un dato que es clave: cuando no se reconoce como definitivo nada que sobrepase al individuo, el criterio último de juicio acaba siendo el yo y la satisfacción de los propios deseos inmediatos. Por ello, la libertad religiosa es un derecho humano fundamental que conduce al pleno desarrollo de la persona humana, le permite buscar la verdad, comprometerse en el diálogo, le hace vivir teniendo abierta una dimensión trascendente, esencial para su desarrollo integral. Es inconcebible que los creyentes tengan que suprimir una parte de sí mismos, como es su fe, su relación con Dios, para ser ciudadanos activos. Eliminar el derecho a la libertad religiosa en cualquiera de sus dimensiones, privada y pública, individual y comunitaria, es caer en una dictadura. La libertad religiosa no es solamente libre ejercicio del culto, también debe tener consideración la dimensión pública de la religión, que los creyentes contribuyan a la construcción del orden social.

Orar, estar, curar con misericordia, todo ello nos lo ofrece Jesucristo y nos lo revela a los hombres. La realidad de nuestro mundo no se sostiene sin Dios. Preguntémonos: ¿Qué es la realidad? ¿Qué es lo real? ¿Son realidad solo los bienes materiales, los problemas sociales, económicos y políticos? Quizá aquí está el gran error de todos los sistemas que falsifican el concepto de realidad amputando la realidad fundante y decisiva que es Dios mismo. Excluir a Dios del horizonte es falsificar el concepto de realidad. Dios presente y no ausente nos hace vivir estas bienaventuranzas:

  • Bienaventurados los que tienen amor a la verdad, entre personas, grupos, mecanismos de la vida pública, que nos hace ser más auténticos.
  • Bienaventurados los que tienen sentido de la justicia en las leyes y su aplicación, en los derechos humanos.
  • Bienaventurados los que tienen, viven y promueven la ejemplaridad moral, que siempre se convierten en testimonio y fermento, promoviendo la ética.
  • Bienaventurados los que ponen los medios para que todos participen en la construcción de lo que es común, animando la convivencia.
  • Bienaventurados los que aportan un discernimiento sereno sobre situaciones y problemas de la vida pública, de la convivencia entre los hombres.
  • Bienaventurados los que aceptan y escuchan al discrepante, canalizando el diálogo abierto y sincero que legitima a las personas y los grupos.
  • Bienaventurados los que aceptan las diferencias, con superación del descarte, y canalizan la convivencia sin predisponer contra otros.
  • Bienaventurados los que se empeñan por la paz, arrancan la violencia, estimulan la creatividad en la casa común.

Con gran afecto, os bendice,

+ Carlos, arzobispo de Madrid

Visto 1438 veces Modificado por última vez en Miércoles, 09 Marzo 2016 15:59

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