Catequesis

12 de Marzo de 2018

Vigilia de oración con jóvenes (2-03-2018)

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Queridos jóvenes, queridos hermanos.

Qué página más maravillosa la que el Señor nos entrega en este día en el que muchos de vosotros habéis estado visitando lugares que hacen presente la luz de nuestro Señor Jesucristo.

Como introducción, os diría que es verdad: se acerca, está junto a nosotros, la vida, la verdad, el camino, la alegría. Está junto a nosotros Jesucristo. Él quiere, además, irrumpir en este mundo. Él ha venido, pero quiere contar con nosotros para hacerlo. Por eso, yo quisiera resumir esta página del Evangelio que acabamos de escuchar, en tres palabras; tres invitaciones que nos hace el Señor: en primer lugar, subid; en segundo lugar, mirad; y en tercer lugar, contemplad mi triunfo.

Comienza el Evangelio diciendo que Jesús subió a Jerusalén. Siempre la palabra subir nos indica que vamos hacia lo alto. No vamos bajando más y más, sino que vamos hacia lo alto. Jesús subió donde Dios, para los judíos, se hacía presente. Y Jesús quiere que nosotros subamos también, que nos elevemos y miremos también la vida. Esta noche  yo me atrevo a preguntaros a cada uno de vosotros, en lo más hondo de vuestro corazón: ¿Estoy dispuesto a ir subiendo, y a tomar la misma altura que Jesús? ¿A tener los ojos de Jesús para ver? ¿Estoy dispuesto a dejarme guiar por el Señor en esta subida? ¿A dejar que Él me vaya subiendo más y más, y pueda observar todas las cosas, no desde mí, sino desde él: desde su amor, desde su fuerza, desde la consideración que Él tiene con los demás…? Subid. No seáis hombres y mujeres que solamente saben bajar. Poneos a la altura de Dios. Sed hombres y mujeres que desean vivir en la altura de Dios, donde se ve de verdad la verdad, la vida; donde se ven las cosas de una forma totalmente diferente, distinta.

Ya veis qué diferencia existía entre los discípulos de Emaús cuando iban por su cuenta por el camino a cuando se encontraron con el Señor y experimentaron que aquel encuentro, que en el fondo era una subida, les hacía sentirse distintos… De tal manera que, cuando el Señor se quiere marchar, ellos mismo le dicen: «Quédate con nosotros, que atardece». Quédate, Señor. Vosotros lo sabéis bien. Cuando estamos a bien con el Señor, estamos a bien con los demás. Los demás son importantes para nosotros. No rechazamos a nadie. Es más, todos son importantes, pero especialmente los que más necesitan. Cuando estamos a bien con Dios, y en la altura de Dios, vamos rápidamente a buscar a los demás.

En segundo lugar, mirad. Qué mirada más hermosa hizo Jesús al templo. El templo, que era un lugar de presencia de Dios, y los hombres lo habían convertido en un lugar de cambistas, de vendedores de bueyes, de ovejas, de palomas… Y los echó. Esparció las monedas. Volcó las mesas. «No convirtáis en un mercado la casa de mi Padre». Mirad. Mirad este mundo, queridos hermanos, queridos amigos. Mirad esta tierra. Cómo vive la gente; en qué situaciones de enfrentamientos, de rupturas, de divisiones, de falta de lo más necesario para vivir… Cuántos niños, en estos momentos, están muriendo de hambre en tantas partes de la tierra …  Cuánta gente muere también, por no tener lo mínimo necesario para tomar una medicina … Cuántas necesidades…

¿Es que el Señor creó este templo, que es este mundo, para que los hombres y mujeres de este mundo estuviésemos de la forma en que estamos?. Divididos, rotos, olvidándonos los unos de los otros; siendo cambistas, negociantes, vendedores hasta de nuestra propia vida... ¿Es que hizo Dios este mundo para esto?

Mirad. Es mentira. Dios ha hecho este mundo para que vivamos como hermanos, para que nos sintamos todos hijos de Dios, para que nos ayudemos los unos a los otros, para que no nos aprovechemos los unos de los otros; para que seamos capaces de dar la vida por el otro, por el que más necesita, por todos los hombres. Sin excepción. Sin mirar si este piensa lo mismo que yo, o cree lo mismo que yo. No. Es tu hermano. Sea quien sea.
 
Mirad. Para mirar hace falta haber subido; hace falta ver las cosas desde el Señor; hace falta ver todo lo que sucede en este mundo desde la mirada del Señor. Como Él lo hizo: subió y miró, y encontró el templo destrozado. Un discípulo de Jesús es el que sabe subir y sabe mirar. Y no se queda con los brazos cruzados: se compromete con cambiar esta tierra y este mundo. No vive para sí mismo: él hace lo mismo que el Señor, vive para los demás.
 
Subid. Mirad. Y, en tercer lugar, contemplad. Contemplad.
 
Qué palabras más bonitas nos decía el Señor. Los discípulos entendieron de verdad lo que querían decir: «el celo de tu casa me devora». ¿Nos devora el celo, esta casa de Dios que es esta tierra y este mundo? ¿Nos devora el celo que tenía el Señor por los hombres, por todos los que se encontró en el camino?.

Recordad aquella parábola preciosa del Buen Samaritano, que no pasó de largo. Había un hombre tirado, roto, destruido, medio muerto, nos dice el Evangelio; y aquel hombre, que era Dios mismo -porque el Señor pone esta parábola diciéndonos quién es Él, y qué es lo que mete en nuestra vida cuando acogemos la vida del Señor- se paró; se agachó, lo miró, lo curó, lo levantó, le prestó la cabalgadura en la que iba Él, lo llevó a una posada para que lo curasen; y no se desentendió de Él: le dijo a la posadera que gastase lo que fuese con tal de que se curase, que él volvería otra vez.

Contemplad el triunfo de Cristo. «El celo de tu casa me devora».
 
Queridos amigos. Podríamos hacerle al Señor esta noche la misma pregunta que aquellos judíos: ¿Qué signos nos muestras? ¿Qué signos, para decirnos esto y para obrar así?.
 
Queridos amigos: el signo más grande es este que estamos viendo. Que es un Dios, que no nos ha abandonado, que está con nosotros, que alienta nuestra vida, que quiere alimentarnos de su vida, que quiere que contemplemos su vida, que quiere que presentemos su propia vida en nuestra vida, en medio de los hombres, en medio de esta historia.
 
¿Veis? Los judíos en la Pascua vieron tales signos en Jesús que, nos dice el Evangelio, creyeron muchos.
 
Sed luces en la ciudad de Madrid. En nuestra Archidiócesis de Madrid. Sed luces. Luces que no tienen luz propia, que la cogemos de Cristo. Pero luces que, al tener la luz de Cristo, alumbramos de verdad a los demás. Damos signos. Y los demás verán signos en nosotros.

Esta tierra y este mundo necesitan medidas de hombres y mujeres que sean capaces de entregar la luz de Jesucristo.

Este mundo no va a cambiar por muchas otras centrales que tengamos para dar luz. Solo hay una que cambia el corazón de los hombres: Cristo. Solo Él. Acojámosle.
 
Subid. Mirad. Contemplad. Hagámoslo aunque sea por unos instantes.

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