Catequesis

05 de Diciembre de 2017

Vigilia de oración con jóvenes (1-12-2017)

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Queridos jóvenes. Queridos amigos. Estamos en esta vigilia. Una más, pero especial, porque queremos prepararnos con esta vigilia para comenzar el nuevo año litúrgico. Sabéis que los cristianos tenemos un año – el Año Litúrgico - en el que vamos recorriendo todas las etapas de la vida de Nuestro Señor, y el seguimiento a Nuestro Señor Jesucristo. Vamos a comenzar este próximo domingo el tiempo de Adviento. El tiempo de preparación para esperar la venida primera del Señor, como lo esperaban, como lo siguen esperando aún todavía los judíos, creyendo que el Mesías tiene que venir. Nosotros sabemos que el Mesías ha llegado: es Jesucristo. Y queremos recibirlo. Pero no en la soledad, como se le recibió en el primer momento de su estancia entre nosotros, allá en Belén. Los discípulos de Jesús queremos recibir con alegría a Nuestro Señor. Y, a través de este tiempo de Adviento, y de los demás tiempos que vienen después, empezar a recorrer y seguir las huellas de Nuestro Señor Jesucristo.

Por eso, el Evangelio que hemos proclamado es el que se va a proclamar en este primer domingo de Adviento: el capítulo 13 del Evangelio de San Marcos. Hay algo que yo querría deciros ya desde el inicio. Habéis escuchado unas palabras que vienen bien también para nosotros esta noche. Jesús dijo a sus discípulos. Es decir, Jesús nos habla. Y nos habla en este momento de nuestra vida, nos habla al corazón, se acerca a nuestra vida; a este momento histórico que estamos viviendo y del cual nosotros somos protagonistas. Y Jesús no quiere dejarnos solos, sino que quiere que vivamos este momento con la misma fuerza que Él la vivió, y con el protagonismo que Él quiere para todos los discípulos.

Yo os voy a decir esta noche que nos fijemos en tres palabras que aparecen en el Evangelio, y que las iré dando el contenido que quiso darlas Nuestro Señor Jesucristo. Son tres palabras que estamos acostumbrados a decir, incluso, nosotros mismos. Por lo menos la primera: Escuchad. Escuchad. Sí, queridos amigos. El Señor nos invita, en este tiempo de Adviento, en primer lugar a escuchar. Sois imágenes de Dios. El Señor, además, nos dice que Él viene a este mundo porque quiere mostrarnos cómo es esa imagen de Dios. Y lo ha hecho haciéndose hombre. Este tiempo de Adviento es preparación del tiempo de Navidad, porque queremos recibir a Jesús, porque Él nos dice ya cómo es la imagen que Dios ha hecho del hombre. Él nos lo dijo con aquella parábola del Buen Pastor. El hombre, a imagen de Dios, no es alguien que se desentiende de los demás. Y no solamente esta imagen pertenece a una casta determinada: es para todos los discípulos de Jesús. Cuando el Señor nos dice en la parábola del Buen Pastor que si se pierde una, deja todas y va a buscarla. Cuando viene, la une a todas las demás. Va en búsqueda de las ovejas, el Buen Pastor.

El hombre que es imagen de Dios, vosotros queridos amigos que sois imágenes de Dios -como todos los hombres, pero vosotros conscientes por ser cristianos de que lo sois-, tenéis que salir a buscar a todos los hombres. No viváis vuestra fe para vosotros mismos. No os retrotraigáis en vosotros: salid en búsqueda de los demás. Cuántos jóvenes como vosotros disfrutarían esta noche estando aquí, sintiéndose comunidad, sintiéndose como una misión que realizar en este mundo, que es la misma misión de Jesucristo; sintiendo el protagonismo de unos jóvenes que van en búsqueda de otros jóvenes que, quizá, están perdidos: no saben quiénes son, no tienen metas, están aburridos, están en la desesperanza, en la desilusión. O quizá se creen que solo viviendo la vida y pasándolo bien uno alcanza la felicidad… Y llegan más vacíos… Cuando solamente viven de eso, de lo que estaban.

Es importante tener metas. Es importante escuchar. «Os lo dije» nos diría el Señor con la parábola del Buen Pastor. No os olvidéis de nadie. Nunca os olvidéis de nadie. «Os lo dije» nos diría el Señor con la parábola del Buen Samaritano: ese que encontramos tirado por el camino, pobre, apaleado, al que se le ha robado la dignidad humana… Y el Señor nos dice que cuando uno percibe lo que es de verdad y se siente imagen de Dios, se para, lo mira, se acerca, se agacha, lo cura, lo venda, lo coge en sus manos, le presta lo que tiene (como aquel que le prestó la cabalgadura), y lo lleva a una posada donde lo curen. Pero no se desentiende de él… «Volveré otra vez. Y cuidadle, que yo pagaré lo que os gastéis». Escuchad. Sois imágenes de Dios.

Y nos lo dijiste también cuando el Señor, un día, nos habló del final del tiempo. Y nos decía, son palabras de Él: «Tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, estaba desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme». Pero Señor, ¿cuándo hemos hecho esto? ¿Cuándo? Cuando se lo hicisteis a un hermano de los que os encontrasteis por el camino, a mí mismo -a Él- se lo hicimos. Esto es ser imagen de Dios. Escuchad. El Adviento es un tiempo de espera. De espera del Señor. El Adviento es un tiempo de conversión. Es un tiempo de gracia. Es un tiempo para encontrarnos con el Señor. Escuchad. Escuchad la Palabra del Señor.

El Evangelio nos ha dicho algo más. Velad. Velad. A veces entendemos que velar es solamente por las noches, ¿verdad?. Y el Señor en el Evangelio nos dice: al atardecer, a medianoche, en el canto del gallo, al amanecer… Velad siempre. Es necesario: que dialoguéis conmigo, que me escuchéis, que escuchéis mi palabra, que entendáis lo que tantas veces rezáis, o rezamos en el Padre Nuestro. Cuando decimos y hablamos de un Dios que es Padre de todos los hombres. Y si es Padre de todos los hombres, si es Padre mío y de todos los hombres, ¿qué son todos los hombres con respecto a mí? Son hermanos. Y no me puedo desentender de ninguno. Velad. Dialogad conmigo en esa vela. Vivid de mi palabra. Decid el Padre nuestro. Padre nuestro. Para poder encontrarme con Dios, tengo que salir de mí mismo. Y por eso digo que estás en el Cielo. Tengo que salir de mí mismo. Si me centro en mí mismo nunca me encuentro con Dios: me encuentro conmigo mismo, me veo a mí mismo. Soy un egoísta. Tengo que salir de mí mismo. Tengo que ver las huellas de Dios en todas las cosas que existen: en mí y en los demás.

La santidad de Dios: santificado sea tu nombre. Tengo que ver la necesidad de que el Reino o los reinos de este mundo no me bastan, no me gustan, no llenan la vida. Por eso le gritamos al Señor: Venga tu Reino. Tenemos necesidad de que tu Reino, es decir tu amor, tu verdad, tu justicia, tu paz, tu bondad… estén presentes y se hacen presentes, y se quieren hacer presentes a través de nosotros. Velad. Siempre. Y velad significa aquí dialogar con Dios. Orar. Intensificar la oración.

Y, en tercer lugar, trabajar. Es decir, trabajar aquí significa dar a conocer la persona del Señor. No solo con palabras, sino con obras. Mirad, para trabajar son necesarias tres cosas: el compromiso con alguien, con alguien en concreto; no viváis el cristianismo en la nube: vividle en la vida, junto al otro; comprometeos con algo. Orad y vivid en comunidad, vivid juntos, sosteniéndoos los unos con los otros; sentíos Iglesia de Cristo.

Tres palabras para vivir el Adviento, como veis, que nos regala el Señor para esperar a Jesús, para vivir la Navidad, para vivir la alegría de la presencia de Dios en este mundo. Tres palabras que el Señor nos ofrece para que nosotros podamos hacerlas verdad durante todo este tiempo de Adviento hasta que llegue la Navidad. Escuchad, velad y trabajad. Comprometeos.

Que el Señor nos bendiga a todos. Vamos a decirle al Señor: Soy tu imagen, Señor. Y vamos a decirle: Padre nuestro, que estás en el cielo, que me pides que yo salga de mí mismo para encontrarme contigo. Y trabajad: dad a conocer la persona de Jesús.

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