Catequesis

05 de Febrero de 2018

Vigilia de oración con jóvenes en el espíritu de Taizé (2-02-2018)

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Ante la cruz donde el Señor conquistó para nosotros la vida, y donde el Señor nos enseña a todos nosotros a descubrir el arma que tenemos que tener en nuestro corazón y en nuestra existencia, que no es más que el amor, el que tuvo el Señor a todos los hombres, que por nosotros dio la vida; ante esta cruz, necesariamente esta noche tenemos que recordar a todos los hermanos de la comunidad de Taizé. A la comunidad de Taizé, en el hermano Louis, agradecemos a Dios que hayan elegido esta ciudad de Madrid para el próximo encuentro europeo de jóvenes. Un encuentro que ellos realizan en todas las ciudades de Europa, y con el que van recorriendo ciudades diversas. Damos gracias a Dios porque la comunidad de Taizé ha elegido la ciudad de Madrid para el próximo encuentro.

Por otra parte, agradecemos la presencia de hermanos cristianos de otras iglesias hermanas. Les agradecemos este encuentro de oración. Este encuentro en que el Señor nos insiste tantas veces con sus propias palabras: estad unidos, buscad la unidad, no os dividáis, no os disperséis. Seréis creíbles si mantenéis la unidad. Esta unidad en la vida de la Iglesia solo la puede conseguir nuestro Señor Jesucristo. Si se lo pedimos a Él de corazón, si se lo pedimos con insistencia, seguro que el Señor nos hace darnos la mano, nos hace tener una misma voz, nos hace entender de verdad ese Padre Nuestro que tantas veces hemos rezado, y en el que reconocemos que somos hijos de Dios, y que precisamente por ser hijos de Dios somos hermanos.

Yo quisiera acercar unos segundos esta página del Evangelio que hemos proclamado esta noche, y que es la que nosotros escucharemos en las lecturas del próximo domingo. Quisiera acercar esta página contemplando y adorando la cruz de nuestro Señor Jesucristo. Porque el Señor, en la cruz, vio a los hombres. Él estaba viendo a los hombres, y las necesidades que tenía toda la humanidad: la necesidad de retirar armas que nos destruyen, de eliminar situaciones que nos dividen, de hacer posible que el corazón de los hombres no fuese un corazón egoísta sino generoso, con capacidad para dar la vida por los demás... En la cruz es donde mejor vemos lo que el Señor veía. Lo que acabamos de escuchar en el Evangelio, que nos dice que vio la muchedumbre y Él subió al monte. Cuando Jesús quiere decir algo importante, quiere mostrarnos algo importante, siempre hay una subida a lo alto. Hay que ver las cosas desde lo alto. Desde Dios. Porque, desde nosotros mismos, vemos las cosas con nuestras medidas; somos raquíticos. Las medidas de Dios son otras distintas. Por eso, Él vio a los hombres como  yo quisiera. Y os invito a  verlos. A ver a esta humanidad. Os invito a todos los que estamos aquí esta noche a ver con Jesús, desde Madrid, a los hombres. En diversas partes del mundo, rotos, divididos, enfrentados, con guerras –como dice el Papa Francisco– por partes, divisiones, rupturas, destrucción de puentes, calumnias... No nos miramos como Dios nos hizo. Dios nos hizo a imagen suya. Y los hombres no nos miramos de esta manera… Nos miramos desde una atalaya pequeñita, desde nuestros egoísmos. No tenemos la mirada de Jesús. Desde la cruz. Y la mirada de Jesús… Él sube al monte, y sus discípulos se acercaron.

Queridos amigos: yo os invito, en esta oración que estamos haciendo, de gratitud también a Dios y a la comunidad de Taizé, a que nos acerquemos hoy a la cruz. Y que miremos desde ahí a los hombres, como les miró Jesús. Recordad aquellas palabras de Jesús cuando, al lado de la cruz, estaba la gente. Y muchos le insultaban, le maldecían y se reían de Él; e incluso llegaron a darle con la lanza en un costado. Y Jesús, diciendo: «perdónales, porque no saben lo que hacen».

Jesús nos enseña. Jesús nos enseña a mirar la historia, a mirar a cada ser humano, a mirar cada situación. Cuántos pueblos de la tierra están en esclavitud, cuántos pueblos de la tierra están pasando hambre; cuánta gente tiene que salir huyendo de sus tierras, donde nació, donde creció, donde vio la vida, porque no les dejan vivir, porque hay algunos que se creen dueños absolutamente de todo. Es bueno que subamos y miremos desde la cruz. Y que miremos a todos los hombres. No seamos egoístas. No nos miremos a nosotros, a nuestro grupo o a lo que a nosotros nos interesa. No. A Cristo le interesaron todos los hombres. Y a nosotros, los discípulos de Jesús, nos interesan todos los hombres.
 
Por otra parte, habéis visto la maravilla: Jesús nos llama por nuestro nombre. Lo habéis visto en el Evangelio que hemos proclamado: nos llama por nuestro nombre. Nos ha puesto un nombre: bienaventurados, dichosos, felices. Este es el nombre que nos ha puesto. Y cuando intentan ponernos otro nombre, esa es la mentira instaurada en la historia. Desahuciados, perseguidos, abandonados… Ese no es el nombre que ha puesto Dios a los hombres. Dios nos ha puesto un nombre: bienaventurados, dichosos, felices.
 
Si seguís las páginas, o las bienaventuranzas, vais viendo quiénes tienen ese nombre: los pobres, los mansos, y los que lloran, los que sufren… Pero la bienaventuranza no está en el sufrimiento: está en que han conocido a Dios, y se agarran a Dios, y se agarran al Señor… Los que tienen misericordia, como Jesús. Los que sustentan su vida en esa viga maestra que es el amor mismo de Dios: los limpios de corazón, los que trabajan por la paz, los que trabajan por vivir y construir la comunión, no la división, no la ruptura. Los que son perseguidos porque buscan la justicia. Son y tienen ese nombre los que son perseguidos a causa de Jesús.
 
Cuánta gente en este mundo, cuántos cristianos están perdiendo la vida en estos momentos, ahora, a estas horas, en muchas partes de la tierra. Sí. Por haberse abrazado a la cruz de Jesucristo. Y por no responder con odio, sino por responder con el mismo amor del Señor. ¿Veis? Desde la cruz viendo a los hombres, desde la cruz viendo el nombre que nos ha puesto el Señor: bienaventurados. Dichosos. Felices.
 
Y, por último, desde la cruz el Señor nos invita a la alegría que nace del Evangelio. A la comunión que se construye desde la cruz, desde el amor. A la reconciliación que se construye también con el amor mismo de Dios. Lo habéis visto y lo habéis escuchado en el Evangelio: alegraos, regocijaos. Pero, ¿de dónde viene la alegría al discípulo de Cristo? ¿Del triunfo de la vida? La alegría le viene de realizar la vida con el amor mismo que se nos manifiesta en la cruz de Cristo. La vida de un cristiano, de un discípulo de Jesús, se nos manifiesta y se hace grande cuando se da. Y cuando se da enteramente como Jesucristo. La vida es para darla, nos dice Jesús en la cruz. La vida es para construir la comunión. La vida es para construir la paz. La vida es para que los hombres vivan en la reconciliación.

Pues en estos momentos, queridos hermanos y hermanas, queridos jóvenes, vamos a construir, como nos pide el Señor. Y en esta adoración de la cruz que vamos a hacer, de alguna manera pedírselo al Señor. Y abrazar la cruz. La cruz no es la negación de la existencia. La cruz es la donación de la vida para construir la paz y la comunión entre los hombres. Así comenzó nuestro Señor el triunfo en esta vida, y el triunfo para nosotros. Triunfamos si nos damos como Él. Queremos triunfar. Con Cristo.

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