Homilía del cardenal Osoro en la Misa por Mons. Echevarría (16-12-2016)

Hermanos y hermanas:

¡Qué palabras nos ha regalado el Señor a través del salmo 102! Que el Señor nos haga oír y ver lo que Él es para nosotros siempre, produce tal alegría en nuestra vida, nos da tal consuelo... El Señor nos manifiesta claramente lo que Él es para nosotros: es compasivo, tiene pasión por el hombre, por todo ser humano; por ello se ha acercado y nos regala su rostro y la gracia necesaria para que vivamos según Él nos muestra. Esto tiene tal fuerza, nos da tales perspectivas, como nos dice el apóstol san Pablo cuando manifiesta que «en la vida y en la muerte somos del Señor», que la esperanza inunda nuestra existencia en todos los momentos de nuestra vida, también en la muerte y en el dolor.

Nos hemos reunido hoy aquí, en la catedral de la Almudena, para celebrar la Misa y ofrecerla por el padre, tal y como en la Obra familiarmente se le llama, por Mons. D. Javier Echevarría. Celebramos la muerte y resurrección de Cristo. En Él hemos triunfado. Su triunfo sobre la muerte nos ha sido regalado. Así lo creía el padre. En textos y cartas que os ha escrito, precisamente en este Año de la Misericordia que acabamos de concluir, le habéis escuchado que el Dios en quien creemos es misericordioso, que nos ama y nos quiere incondicionalmente y que, precisamente por eso, como hemos rezado en el salmo 102, no nos trata como merece nuestro comportamiento y tampoco nos paga según merecemos, sino que su ternura llega hasta el fondo de nuestra existencia. Porque sabe que estamos creados de barro y que, si valemos algo, es por su gracia que nos recompone siempre, por la fuerza y el amor con que Él llena nuestra vida si le dejamos entrar.

Conocéis muy bien la vida de Mons. Javier Echevarría, el padre. Nació aquí, en Madrid, el 14 de junio de 1932. Fue un colaborador incondicional de san Josemaría Escrivá, fundador del Opus Dei. Fue su secretario dese 1953 a 1975. Después, con el Beato Álvaro del Portillo, fue secretario general de la institución hasta su fallecimiento. El 20 de abril de 1994, san Juan Pablo II lo confirmó como prelado del Opus Dei y fue consagrado obispo el 6 de enero de 1995. Ha muerto este lunes, 12 de diciembre, fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe. D.E.P.

Tuve la gracia de conocerlo y contar con su cercanía y amistad. Puedo decir que siempre sentí la experiencia de su paternidad. La última vez que lo vi fue en el Consistorio en el que el Papa Francisco me creó cardenal y después, en la comida a la que invité en el Colegio Español. Sus palabras finales en las despedidas eran siempre: «Cuenta con mi oración, rezo por ti y por tu ministerio».

Una homilía de una Misa exequial es para orar y ofrecerla por quien hacemos memoria, en este caso por D. Javier. Es para ver el misterio de nuestra vida a la luz de quien para nosotros es el Camino, la Verdad y la Vida, esa luz que nos llega en la Eucaristía, participando de la Luz y la Vida que nos vienen de la muerte y resurrección de Cristo. Jesús revolucionó el sentido de la muerte. Lo hizo con su enseñanza, pero sobre todo afrontándolo Él mismo. «Al morir destruyó la muerte», repite la liturgia en el tiempo pascual. Nos dice Melitón de Sardes así: «Con el Espíritu que no podía morir, Cristo mató la muerte que mataba a todo hombre». De este modo el Hijo de Dios quiso compartir hasta las últimas consecuencias nuestra condición humana, para reabrirla a la esperanza. Es decir, nació para poder morir y así liberarnos de la esclavitud de la muerte. En esta celebración de la Eucaristía, participamos de la vida, muerte y resurrección de Cristo, nos hacemos contemporáneos de quien dio la vida por amor, de quien nos ha ganado y regalado su triunfo. ¿Dónde está la muerte? ¿Y dónde su aguijón? Como nos dice la Carta a los Hebreos, «gustó la muerte para bien de todos» (Hb 2,9). El amor operante en Jesús ha dado un nuevo sentido a toda la existencia del hombre y ha transformado el morir. Si en Cristo la vida humana es paso de este mundo al Padre (Jn 13,1), la hora de la muerte es el momento en que este paso se realiza de modo concreto y definitivo.

¡Qué fuerza tiene el poder contemplar a quienes se comprometen a vivir como Él! Esos son liberados del temor de la muerte que ya no muestra la mueca sarcástica de una enemiga, sino que muestra lo que san Francisco de Asís dice en el Cántico de las Criaturas, muestra el rostro amigo, de una «hermana» por la cual se puede incluso bendecir al Señor: «Alabado seas, mi Señor, por nuestra hermana muerte corporal». Por todo ello, quiero acercar a vuestra vida hoy estas realidades que acabamos de escuchar en la Palabra de Dios que hemos proclamado: 1) Enseñar; 2) Dejarnos conducir, y 3) Aprender.

1. Enseñemos con la sabiduría de Dios, para brillar en medio de la muerte por toda la eternidad (cfr. Dn 12, 1-3). Lo hemos escuchado del profeta Daniel cuando nos cuenta cómo oyó estas palabras del Señor. Ocuparse de los hombres, darles y acercarles la vida eterna, que es la que nos trae Jesucristo, despertar al ser humano de su letargo para que descubra lo verdaderamente importante en la vida, es la gran tarea a la que el Señor nos invita. ¡Qué bueno para nosotros mismos es poder decir un hasta siempre a hombres que han querido gastar la vida para enseñar y regalar la sabiduría verdadera! Gracias Señor por hacérnoslo ver hoy con tu palabra y con personas que han vivido con nosotros. Los límites que haya habido los eliminas tú con tu gracia y con tu amor. Pero te pedimos que reconozcas y acojas a quienes desearon con toda su alma enseñar y vivir con tu sabiduría.

2. Dejémonos conducir por el Espíritu de Dios, así percibiremos nuestra identidad: ser hijos de Dios y por ello hermanos de todos los hombres (Rm 8, 14-17). Vivamos de lo que por gracia se nos dio. No se nos ha dado esclavitud, sino libertad y amor. No se nos ha dado dispersión, eliminación o descarte, sino un Espíritu que nos hace sentirnos hijos y por ello llamamos a Dios Padre y, a quienes nos rodean, hermanos. ¡Qué vida más llena y más plena cuando vivimos con esta tarea entre manos! Nada más y nada menos que haciendo posible que esta humanidad sea una gran familia de hombres y mujeres libres. De habitantes de este mundo que nos sabemos comprometidos con la herencia que Dios mismo nos ha dado: sufrimos con Él, pero sabemos que somos también glorificados con Él.

Todo lo creado está expectante y el ser humano busca salvación, busca felicidad. Atrevámonos a acercar la vida de Dios, la que se nos ha manifestado en Cristo, que no frustra, sino que libera, que elimina la corrupción, que trae la esperanza, que se manifiesta en hacernos vivir en la verdad. ¡Qué hondura adquiere la vida humana y la historia de convivencia entre los hombres aquí, en este tiempo, cuando tenemos junto a nosotros personas que se dejan llevar por el Espíritu de Dios y junto a ellas experimentamos que se nos ha dado el título más grande: hijos y hermanos! Hijos de Dios y, por ello, hermanos de todos los hombres.

3. Aprendamos a vivir convirtiendo nuestra vida en una gran acción de gracias (Mt 25,1-13). Nos ha elegido, nos ha revelado, nos ha entregado todo por Cristo y en Cristo, en su cercanía y comunión eliminamos todos los cansancios. La acción de gracias no son solamente palabras que nosotros decimos más o menos largamente. Es toda una manera de vivir y de comportarse. Que comienza por experimentar que es necesario ser sencillo y hacerse pequeño. De alguna manera esto nos recuerda aquellas palabras del apóstol Pablo cuando habla de Jesús, que «siendo Dios no tuvo a menos hacerse Hombre». La humildad, sencillez y pequeñez son necesarias para tener esta experiencia fundamental en el ser humano para poner la vida en manos de Dios: saber y vivir con toda su profundidad que todo nos lo ha dado Dios y que nos lo ha manifestado a través de su Hijo. Que si queremos conocer a Dios hemos de acercarnos y contemplar a su Hijo. Gracias Señor por acercar a nuestras vidas personas sencillas, alegres, que se fían de Dios y que, por ello, se fían de los hombres, que crean confianza y dan cercanía. Junto a ellas experimentamos la necesidad de ir al Señor siempre para sentir ese alivio que nos hace y construye y eliminar de nuestro lado cansancios y agobios.

El Señor se hace presente ahora en este altar. Recibamos a quien es alivio en los cansancios y agobios. Recibamos a quien nos da sabiduría, a quien nos hace vivir con el título más grande: hijos y hermanos. Junto a Él vivimos la acción de gracias en plenitud. Y con Él sentimos el gozo del triunfo, ese tirunfo que esta tarde pedimos para Mons. Javier Echevarría, prelado del Opus Dei, con la conciencia clara y segura, la que el apostól Pablo nos dice:  «En la vida y en la muerte somos de Dios».  D.E.P. Amén.

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