Queridos hermanos y hermanas.
 
Nos reunimos en esta celebración. Y lo hacemos en esta fiesta de san Marcos Evangelista. Fiesta en la que, como cuando recordamos a alguien que estuvo muy cerca de nuestro Señor, tenemos que recordar necesariamente lo más significativo del Dios en quien creemos. Lo que le da hondura, lo que le da identidad al ser cristiano, es la experiencia de un Dios que nos ha querido tanto, que nos ha amado tanto, que se ha hecho presente realmente entre nosotros, y que ha querido que lo significativo nuestro además sea el regalar, el propagar y el manifestar ese amor a todos los hombres; especialmente a aquellos que, quizás por las diversas situaciones en las que la vida les ha hecho rodar y caminar, no tienen precisamente esta experiencia inmediata de la cercanía de alguien que les ama y que les quiere.
 
Por eso… yo creo que las cosas no son nunca por casualidad. Para un cristiano no hay casualidades. Y el salmo 88 que hemos recitado juntos es significativo para este encuentro de Cáritas, esta acción de gracias nuestra, de Cáritas diocesana. «Cantaré eternamente tu misericordia» decíamos al Señor hace un instante, todo juntos. Hacer del amor de Dios, que es su misericordia, un canto de nuestra vida y con nuestra vida, es la gran invitación que permanentemente Cáritas diocesana nos está haciendo a todos nosotros.
 
Sí. Cantar el amor de Dios, anunciar ese amor no con palabras sino con obras, descubrir que el edificio que se construye sobre ese amor de Dios es el que permanece, es el que se afianza, es el que es fiel a todos los hombres, es el verdadero canto que el Señor nos dice que hagamos. Pero no solamente nos invitaba en este salmo a hacer este canto, sino a proclamar las maravillas de Dios. Sí. Con obras. Con obras. Porque el Dios en quien creemos, ¿con quién lo podemos comparar? Solamente cuando lo hacemos viendo lo que Él hizo en la tierra, mientras estuvo con nosotros; viendo la dicha que tuvo el pueblo en el que Él vivió y se hizo presente y tomó rostro humano; viendo la dicha que dio a los hombres, la luz que entregó, el amor que regaló, el gozo que tenían quienes  estaban a su alrededor.
 
Queridos hermanos: con los sentimientos de Cristo, salgamos al mundo, y cantemos y anunciemos las maravillas de Dios. Esta podría ser la síntesis de la palabra que acabamos de proclamar.

Yo querría acercar a vuestra vida, en primer lugar, que tengamos unos con otros los sentimientos de humildad de Jesucristo. Nos lo decía el apóstol Pedro en este texto de la primera carta que hemos proclamado. Y tener unos con otros los sentimientos de humildad es tener sentimientos de amor; es descubrir la grandeza del otro; y precisamente por su grandeza, porque es imagen de Dios, la necesidad de acercarnos a quienes pueden, por los motivos que fuere, tener estropeada en su propia existencia esa imagen; o no tener los medios necesarios para vivir esa imagen de Dios con alegría y con hondura.
 
Dios siempre da la gracia. Dios, el Dios en quien creemos, y que nos reúne, siempre se interesa por nosotros. Por eso, queridos hermanos, la tarea que el Señor nos invita a tener, y a tener los sentimientos de Él, nos anima por una parte a inclinarnos bajo «mano poderosa», como nos decía el apóstol Pedro; a inclinarnos y a refugiarnos en este amor de Dios; pero no para guardarlo para nosotros mismos, sino para entregárselo a los demás. Y también a situarnos ante Dios descargando el agobio; el agobio que tanta gente tiene.

Cuando en el día de hoy habéis salido por ahí, y habéis hecho esos círculos, es cierto que tenéis en el corazón y en la mente a tanta gente que se siente agobiada en la vida… El agobio más grande de un ser humano es no sentir el amor de Dios; no sentir y experimentar el cariño de Dios. Dios no ha querido que lo experimentemos en la nube, ¿verdad?, sino que lo experimentemos en el tú a tú de cada uno de nosotros.

Que sepamos dar ese amor de Dios a los hombres: en la cercanía, en el mirar de frente al otro en lo que es, en escuchar y ver las necesidades que tiene la persona o las personas que tengo a mi lado; en estar atento, aunque no diga nada, a esas necesidades que legítimamente tenemos que responder si queremos que resalte la imagen de Dios del ser humano. Por eso, es importante también para nosotros este Dios que da gracia y se interesa por nosotros. Que descarguemos también los agobios en Él. Que sea Él el que nos ilumine. Dios, que da toda gracia, nos establece en este mundo para mirar de frente a los demás y sus necesidades; nos afianza en este mundo para regalar su presencia, no para dar presencia de un Dios que no existe.
 
El Dios en quien creemos interviene en la vida de los hombres; el Dios en quien creemos cambia nuestro corazón y cambia la vida de los demás a través de nosotros, porque así lo ha querido Él. Nos robustece para que robustezcamos también a los demás. Y esto nos pide, por supuesto, estar firmes en la fe. Firmes en esa adhesión a nuestro Señor  Jesucristo.
 
Queridos hermanos: nosotros no damos ideas sobre lo que es amar. Nosotros regalamos a través de nuestra propia vida, o por lo menos así nos lo ha pedido el Señor: tenemos que regalar la presencia de ese amor en concreto, a través de nuestra vida. Firmes en la adhesión a Cristo nuestro Señor, que no es una idea, sino que es una persona que se ha encontrado con nosotros y quiere, a través de nosotros, encontrarse con quien más lo necesita. Este Dios de toda gracia: acojámosle. Tengamos los sentimientos de Cristo.

En segundo lugar, el Señor os ha invitado a salir. Salgamos al mundo. Veamos cómo están los hombres; veamos sus necesidades; veamos la alegría verdadera que necesitan. Pero no nos quedemos mirando solamente, sino que proclamemos con nuestra vida esa buena noticia, que es Jesucristo mismo, con obras. Que no nos quedemos en palabras.

¿Habéis visto el Evangelio, qué fuerza tiene?. Jesús se aparece a los once, y les da un imperativo, un mandato: Id al mundo entero y proclamad el Evangelio. Dadlo a conocer.

Queridos hermanos: ¿Os habéis dado cuenta de que la misión en la Iglesia católica siempre se ha hecho, cuando se va a un lugar donde se desconoce a Jesús, a través de obras concretas? Se pone un hospital, se instala un colegio, se atiende a los más necesitados, se buscan las obras que acerquen el amor de Dios… Porque eso habla por sí mismo.

Hay que salir al mundo. Ciertamente. Pero, queridos hermanos, hoy los cristianos no seremos creíbles si no proclamamos con obras esta buena noticia.

Yo quiero daros las gracias a todos los que estáis, de alguna manera, involucrados en Cáritas diocesana, porque lo hacéis con vuestra voz. Nos lo ha dicho el Señor: quienes creemos, curan; quienes creemos, hablamos lenguas nuevas; quienes creemos, no hacemos daño a nadie, sino que restauramos. Sí. Curamos. Devolver la dignidad al ser humano, eso es curarle queridos hermanos. Y eso es lo que hacen las obras de Cáritas. Y todos los proyectos que estamos llevando a cabo. Y otros que, según las necesidades de los hombres, vayamos haciendo entre nosotros. Curamos. Y hablamos un lenguaje nuevo.

Cuando leemos muchas veces aquel texto de Pentecostés que dentro de muy pocos días va a proclamar la Iglesia, en el día de Pentecostés, sobre la venida del Espíritu Santo, recordad que los apóstoles salieron a hablar. Y había, nos dice el Libro de los Hechos, gentes de todos los lugares: medos, partos, elamitas… venidos de Mesopotamia, hombres, mujeres... Nos quiere decir el texto que había de todas las lenguas, de todas las razas, de todos los lugares… Y todos entendían a los apóstoles en su propia lengua. Porque no solamente hablaban. Aparte de que pudiera hacer el Señor el milagro de que les entendiesen todos, el gran milagro era que les hablaban con obras; con obras del  amor mismo de Dios. Y eso lo entienden todos, queridos hermanos. Ese lenguaje lo entiende todo el mundo. Y nos acerca. Y nos comunica de verdad con los demás. Hablarán lenguas. Y nada de lo que digamos les hará daño. Porque el amor siempre rehabilita; el amor engendra vida; el amor engendra ilusiones; el amor da horizontes, da perspectivas, da orientaciones, se manifiesta de formas concretas… Salgamos al mundo y proclamemos la buena noticia.

Y, en tercer lugar, estad convencidos queridos hermanos de que el triunfo es del amor de Dios. El triunfo está en el amor de Dios. Y para verificar y hacer vida ese amor, el Señor coopera con nosotros. Nos lo ha dicho el Evangelio: coopera con nosotros. Nos confirma con su Palabra; nos confirma cuando le dejamos entrar en nuestra vida, y experimentamos el gozo de su presencia en nuestra existencia, y el gozo de no encerrarnos en nosotros mismos, sino la necesidad de abrirnos a los demás y de expandir lo que nosotros tenemos y se nos ha dado de parte del Señor.

Y el triunfo del amor de Dios se hace con señales a través de nosotros, que son nuestras obras.

Pues, queridos hermanos: si os sirve de algo este momento y esta Palabra que hemos proclamado, es para invitaros a que hagáis siempre este cántico de que eternamente la misericordia del Señor es la que vale. El amor de Dios. Cantad esta misericordia. Y tengamos estos sentimientos de Cristo. Y salgamos al mundo. Los cristianos no estamos para encerrarnos. No somos «grupos estufa» que nos juntamos entre nosotros y estamos a gusto. No. Es para buscar a otros. Y buscar sobre todo a los que más lo necesitan. A los que más necesitan ese amor. A los más pobres. Ahí se verifica la verdad de nuestra fe. Ahí se verifica la verdad de que creemos en nuestro Señor Jesucristo. Y esto es lo que anuncia de verdad las maravillas de Dios.
Pues, queridos hermanos, este Jesús que nos ha hablado, este Jesús que es Cáritas haciendo obras del amor mismo de Jesús, se hace presente aquí. Entre nosotros. En el misterio de la Eucaristía. Y se hace presente para que todos nosotros nos alimentemos siempre de Él. Porque, mirad, si nos alimentamos de Él, daremos lo de Él, no lo nuestro. Y Él cada día estará más en nosotros. Y ocupará cada día más y mejor nuestra existencia. Pero no para que nos quedemos sentaditos, sino para que salgamos a este mundo y cantemos eternamente la misericordia y el amor de Dios. Que así lo hagamos.

Yo deseo para Cáritas diocesana que esto lo vivamos en plenitud. Y logremos que haya mucha gente. Que se incorpore también con nosotros a regalar este amor de Dios. Y a manifestarlo. Y hacer que se provoque en otras partes del mundo a través de nosotros. Como tan bellamente nos dicen estos días los textos que proclamamos en este tiempo de Pascua, cuando se nos dice cómo los cristianos que, a veces tenían que huir de un sitio a otro: huían, pero se juntaba más gente alrededor de ellos, en el pueblo donde llegaban, porque veían la experiencia de amor de Dios que ellos entregaban.

Que así sea.

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