Aurelio Cayón es religioso de la Congregación de los Sagrados Corazones, en la que ha sido superior provincial, párroco o maestro de novicios, entre otros servicios prestados. Actualmente es el vicario episcopal para la Vida Consagrada en la archidiócesis de Madrid.
Desde su ser religioso, entiende el ser cura en Madrid como «ponerte al servicio de la Iglesia diocesana desde lo que somos», y así, «como religiosos sacerdotes ponernos al servicio de lo que la Iglesia y el anuncio del Evangelio en esta Iglesia de Madrid necesita».
Dar testimonio
Un necesitar que él define como «poder ver a personas que dan testimonio de su seguimiento de Jesús, y que comparten su fe y su vida siguiendo a Jesús, siguiendo al Señor, con aquellos con los que conviven». No duda en reconocer que lo que necesitamos todos es «que otros nos hablen de Jesús con su vida».
En su opinión, los diversos servicios que la Vida Consagrada realiza en Madrid es algo que «enriquece a la Iglesia local con una presencia amplísima y muy diversa». Para su vicario, la Vida Religiosa «se siente plenamente acogida y reconocida», en la Iglesia de Madrid. Una gran presencia, que ha ido creciendo con el tiempo, con un gran número de casas de formación y de cuidado a los hermanos y hermanas mayores, con una buena acogida y una relación fraterna con los sacerdotes y con los laicos, en las parroquias, en los arciprestados y vicarías, reconoce el padre Aurelio Cayón.
«En la diócesis de Madrid hay aproximadamente 70 parroquias encomendadas a religiosos. Aparte de eso, hay multitud de comunidades religiosas, especialmente femeninas, que colaboran muy directamente en las parroquias», recuerda el vicario. A partir de esa realidad, ve que «la relación es muy diversa y amplia, y la valoración mutua es grande. No se entenderían muchas parroquias sin la presencia de religiosos, y por otra parte los religiosos no nos entendemos tampoco sin la Iglesia local y sin nuestra aportación a la vida diocesana. Nuestra pastoral se integra ahí».
Vida Consagrada participativa
Algo que vio en la Asamblea Presbiteral CONVIVIUM realizada en febrero de este año con la presencia de más de 1.000 presbíteros. Recuerda que contó con una muy amplia participación de sacerdotes religiosos en la propia asamblea y hubo una gran participación también de comunidades religiosas en toda la reflexión previa, en la que se hizo partícipe a toda la Iglesia de Madrid, donde las religiosas y religiosos se hicieron presentes también como unos más.
El vicario de la Vida Consagrada ve como desafío más importante el que «toda la gente que viva en Madrid pueda llegar a ser testigo del Evangelio, que pueda llegar a recibir la buena noticia del Evangelio de Jesucristo», que sea posible «llevar el nombre de Jesús a todos nuestros conciudadanos, a todas las personas con las que podemos convivir aquí en Madrid».
Junto con ello, reflexiona sobre la reducción del número de miembros y el consecuente envejecimiento de las comunidades, también aquellas que están presentes en Madrid. En esa tesitura, «es un desafío cómo vivir nuestra vocación, nuestros carismas, nuestro ministerio en esta nueva situación, siendo testigos de esperanza en las circunstancias en las que estamos viviendo, que no son ni mejores ni peores que en otros tiempos, simplemente tienen esta particularidad».
Vivir la vocación bautismal
Ante esa realidad, el vicario episcopal para la Vida Consagrada en la archidiócesis de Madrid subraya la importancia de «ayudar a los jóvenes y a todas las personas a vivir en profundidad su vocación bautismal. Y en la medida en que nos hacemos conscientes de la llamada fundamental a seguir al Señor que hemos recibido en el Bautismo, y a vivir en profundidad esa llamada, es cuando ya estamos en condiciones de discernir qué es lo que el Señor en concreto quiere para nosotros y qué forma de vida, a qué vocación particular nos sentimos llamados».
Considera fundamental «cultivar la cultura de la vocación, partiendo de la profundización en la llamada principal, que es la vocación bautismal que hemos recibido». Una vocación que es vivida por los religiosos y religiosas desde su diversidad de carismas, lo que enriquece la vida de la Iglesia de Madrid con su numerosa y rica presencia.
Estos religiosos que también son sacerdotes ponen a disposición su ministerio presbiteral y en él van haciendo realidad una mejor presencia eclesial en medio de tanta gente que demanda de la Iglesia la buena noticia del Evangelio.