El crecimiento como discípulos misioneros es un desafío en la vida de todo bautizado. Un reto que acompaña la vida de la Acción Católica de Madrid, presente en 30 parroquia y vertebradora de la acción misionera del laicado en ellas. Este sábado 7 de marzo, con la presencia de más de 100 de sus miembros y del cardenal José Cobo, se ha reunido en el Seminario Conciliar para su encuentro anual.

Dar gratis lo recibido gratis
Una oportunidad para preguntarse, como señalaba el presidente de la Acción Católica General de Madrid, Antonio Sanz, «si de verdad crecemos, si de verdad somos discípulos y si de verdad somos misioneros». Para ello es necesario asumir que «todo lo que hemos recibido gratis lo tenemos que dar gratis a los demás», que «ser cristiano es motivo para estar alegres y esa hay alegría hay que compartirla, compartir el amor de Dios con los demás».
El presidente de Acción Católica General subrayaba que «ser cristiano no es una idea, sino algo que nos ha hecho encontrarnos con Cristo Amor, un amor que debemos llevar a todos». Una dinámica presente en la base de Cuatro40, una propuesta integral de Primer Anuncio, que articula la experiencia de un primer encuentro con Jesucristo y abre la puerta para un proceso personal de fe acompañado y vivido en la comunidad parroquial.
A partir de esta propuesta de evangelización, que parte de un encuentro de fin de semana y siete encuentros posteriores, la Iglesia de Madrid quiere renovar la vida de fe y las parroquias de la diócesis. Para ello es necesario asumir cuatro elementos fundamentales: protagonismo del Espíritu Santo, de la Palabra de Dios, de los testimonios que animan a cambiar y de las vivencias. Se quiere así inserir en un itinerario discipular en la comunidad parroquial.
Ser valientes para escucharnos
Un encuentro que debe responder a lo que Dios pide de la Acción Católica hoy, como cuestionaba el cardenal Cobo. Invitaba a «ser valientes para escucharnos, no para que se haga lo que yo quiero». Para avanzar en ese camino proponía algunas pistas: sentir que todos somos necesarios para descubrir lo que Dios quiere de la Acción Católica, algo que demanda «abrirnos un poco más» y sentir que «los laicos estáis llevados a realizar en la vida lo que es el Evangelio». Desde ahí definía a los laicos como «los sacerdotes del mundo, porque vivís el sacerdocio en medio del mundo».
En esa perspectiva, el arzobispo de Madrid decía que «o lo hacemos juntos o nunca evangelizaremos». Para el cardenal Cobo, «caminar juntos es la forma de evangelizar y ser mejores», pues eso es la vida cristiana, «ser cristiano es estar y dar sentido a la vida», lo que nos debe llevar a «salir de lo seguro, salir de lo siempre, salir de lo conocido para adentrarse en la inseguridad del Señor». Es estar abierto a las sorpresas, a ejemplo de Abraham, el padre de los creyentes, que recoge la llamada del Señor a salir de su tierra y caminar hacia el lugar que Dios le indica, que nos hace la promesa de caminar juntos para anunciar el evangelio.
Una llamada a salir de la zona de confort, del hacer las cosas siempre igual. El desafío de la Acción Católica es «caminar en medio del mundo para anunciar a Jesucristo», acompañar a la gente, «escuchar sus preguntas y sus dudas, incluso las que no entendemos», destacaba el cardenal. Hacerlo siguiendo el criterio de Jesús, que miraba lo que le pedía la gente, y así conseguir el encuentro con Cristo y la búsqueda de la vocación de cada uno dentro de la Iglesia. Ser «discípulos misioneros, donde sea, sin proselitismos, porque Jesús así lo hacía», y así «conseguir verdaderos discípulos misioneros que sirvan a la Iglesia y sirvan al Reino de Dios».
Leer los signos de los tiempos
La herramienta para ello es «aprender a leer los signos de los tiempos, mirar la realidad con esperanza», en palabras del arzobispo. Se trata de hacer una lectura creyente y dialogar con la realidad, marcada por la polarización social, y descubrir qué hacer ante el fenómeno de las migraciones, la sociedad urbana, la inteligencia artificial, la cultura digital o las nuevas pobrezas. Hacer eso desde la humildad, sabiendo que quien va delante es el Espíritu, por quien debemos dejarnos educar y así aprender en el camino continuo de la conversión, personal, comunitaria y pastoral.
Junto con ello, saber que no poseemos toda la verdad, que todos tenemos algo que aportar, sentirse caminantes. La actitud de la escucha, fundamental en la vida del cristiano, de donde nace la fe, y decisiva para sintonizarse con la sinodalidad, que nos lleva a caminar con otros, a «dar cabida en nosotros a los demás». Así podremos «renunciar a la voluntad propia y escuchar lo que Dios quiere de nosotros», subrayó el cardenal Cobo. Algo que «siempre tropieza con resistencias y con engaños, a veces muy sutiles», que tienen que ver con el prestigio, el protagonismo, el deseo de poder, el cuidado de la imagen.
El arzobispo reflexionaba sobre la diversidad como algo bueno, que demanda vivir en armonía, que se rompe al creernos en posesión de la única verdad. Desde ahí llamó a la Acción Católica a «recuperar la identidad y saber quiénes sois», a vivir en dinámica misionera «no solo hacer actividades dentro de la parroquia, sino evangelizar a la sociedad», en los ambientes concretos, laboral, cultural, político, que piden la mirada de la Acción Católica. En ese sentido, enfatizó que «tendremos que adecuar nuestras estructuras a la misión y no al revés», en vista de purificar la identidad de la Acción Católica, llamada a ser «puente entre las parroquias y la realidad, entre las parroquias y los movimientos, entre las parroquias y la presencia cristiana en la sociedad».

La Acción Católica no es un movimiento
El cardenal Cobo insistió en que «la Acción Católica no es un movimiento», en vivir perspectiva sinodal, en que «nuestras parroquias y nuestros grupos vibren con la sinodalidad». Para ello, «necesitamos ser laboratorios de sinodalidad», donde se viva la corresponsabilidad, el trabajo en equipo, el discernimiento comunitario. Algo de lo que la Acción Católica debe ser ejemplo.
Junto con la misión y la sinodalidad, subrayó la conversión pastoral, que lleve a cumplir la voluntad de Dios. Igualmente, es necesario sincronizarse con la diócesis, siendo la Acción Católica un instrumento orgánico para ello, «un fermento de comunidad parroquial», dado que su misión, desde su ser expertos en vida parroquial, «es evangelizar desde la parroquia y para la parroquia, ayudando a articular la vida laical en cada parroquia, reflejando lo que la diócesis quiere y el estilo diocesano». Para ello, hizo ver la necesidad de «conectar la formación, la vida comunitaria y la misión». Y les pidió, «mirar la realidad, iluminarla desde el Evangelio y actuar cristianamente», y no abandonar la revisión de vida, «para formar cristianos capaces de discernir en medio de este mundo complejo lo que Dios está pidiendo de vosotros».
Volver es encontrar la fuente
En la Eucaristía, a luz del evangelio del día, subrayó las palabras de la parábola, «escritas con tinta de misericordia», donde Jesús responde mostrando «cómo es Dios y cómo es su corazón». Una parábola que muestra que «volver no es retroceder ni regresar al pasado. Volver es encontrar la fuente». Una vuelta en la que el hijo, que vuelve porque ha tocado fondo, «lo que encuentra no es un reproche ni una bronca, sino un abrazo», que nos muestra que «Dios no se cansa de perdonar».
El cardenal Cobo hizo ver a la Acción Católica que «no hay misión verdadera si no hemos experimentado antes la misericordia y si no reconocemos las veces que nos hemos ido nosotros de la casa del padre». De hecho, decía el arzobispo, «cuando uno se sabe perdonado, cambia la forma de estar en la Iglesia y cambia la forma de mirar al mundo». Diferente del hijo mayor que hacía lo que se había hecho siempre. Desde ahí llamaba a preguntarse sobre si nos parecemos a él, pues «podemos estar en la iglesia y, sin darnos cuenta, haber perdido la alegría y la vocación».
Se trata con la Cuaresma no de cambiar estrategias, sino el corazón «y descubrir que si estamos aquí es porque Dios nos ha invitado. Cuando el corazón se endurece, la vida cristiana se convierte en obligación o en el ir tirando», algo que nos instala en la mediocridad. Por ello llamó a ser una Iglesia que organiza fiestas de acogida, «sin filtros de quién pasa y quién no pasa», con todos sentados a la mesa, bajo el mismo techo. De hecho, «no se trata de hacer cosas, sino de hacer las cosas de otro modo, como el padre las hace».
Para ello, llamó a la Acción Católica a «decir cómo se renueva el laicado diocesano», a ser puentes de diálogo, de encuentro, de reconciliación, a mostrar su compromiso con la vida como laicos. Y hacerlo «porque Dios os ha llamado y os ha puesto a ejercer este sacerdocio dentro del mundo, el ser puentes donde conectemos a la gente más alejada con Dios, con la Iglesia, con la parroquia», desde la caridad y la misericordia. Asumiendo que son «la expresión orgánica de la vida diocesana que ha nacido para colaborar con el obispo y con el presbiterio en su misión».