Visitamos la parroquia de Collado Mediano, dedicada a san Ildefonso, el primer día del otoño que se levanta el viento un poco fresco. Pero el padre Fernando da Silva, párroco, viene sin abrigo, aclimatado ya tras los cuatro años que lleva en la localidad.
«Lo más valioso que tiene el pueblo es el retablo de la iglesia», nos dice. Quizá ahora más, porque se ha sometido a una profunda restauración y este próximo viernes, 6 de noviembre, será bendecido por el cardenal José Cobo, arzobispo de Madrid, durante una Eucaristía a las 18:30 horas.
Es la primera vez en 30 años que va un arzobispo al pueblo. «La gente está contentísima». La última, en 1996, cuando el arzobispo emérito cardenal Antonio María Rouco Varela los visitó para las confirmaciones.
Además, lo hará en el día especial en el que se hace memoria litúrgica de los mártires de la persecución religiosa del siglo XX. Entre ellos, Jesús Mostaza Chimeno, que fuera párroco de Collado Mediano, asesinado en noviembre de 1936 e incluido en la causa de beatificación de Cipriano Martínez y 55 compañeros.

Un retablo comprado en tres días
La iglesia parroquial de Collado Mediano data de 1782. Se construyó encima de lo que en su día había sido el cementerio, a las afueras de la pequeña población. En el foso de la calefacción se han llegado a encontrar hebillas de calzado de cuando se trasladaron las sepulturas.
Para el nuevo templo se había adquirido un retablo de 1640 procedente del antiguo convento de Santa Bárbara de las mercedarias de Madrid. Cuentan las crónicas, y lo refiere el párroco, que el dinero necesario para sufragarlo apareció «en tres días encima del altar».

En el año 1947 se hizo ya una pequeña restauración —el retablo había sobrevivido a la guerra civil—, de la que da fe una de las inscripciones que hay detrás del sagrario (imagen superior), pero el deterioro llegó a tal extremo que en el año 2000 el alcalde de la localidad ya planteó una intervención integral.
Pero, por falta de fondos y por necesidades más imperiosas de otros templos de la diócesis, los trabajos no se han podido llevar a cabo hasta este año. Tras contactar con varias empresas, se decantaron por Talleres de arte Granda, que «nos hizo un presupuesto muy ajustado». (Imagen inferior, Fernando da Silva sostiene el Cristo que sacan en Semana Santa, en la sacristía).

Limpieza y restauración
Durante cuatro meses, el retablo ha sido sometido a una limpieza profunda, así como a retirada de repintes y capas de protección, purpurinas, depósitos de cera, reestucados… El equipo de restauradores, cuatro personas con apoyo de hasta dos más en momentos puntuales, han tratado la madera «contra bichos y compañía», han reelaborado elementos perdidos, cerrado de grietas con madera de cedro o con resina, reintegrado cromáticamente las pinturas y proyectado una capa final de protección.
Da Silva especifica que la intervención ha sido la menos posible y «se ha dejado todo como en un tono vintage». Nos hace fijarnos especialmente en las pinturas que hay tras las columnas, que solo se ven si uno se acerca y se coloca de lado. Pero no por ello se descuidaron en su día y tampoco ahora. «En aquel entonces pintaban todo porque “Dios lo ve todo”», y en definitiva, el retablo es belleza para Él.
Estas pinturas aportan una simbología especial: hay un mono comiendo una manzana, símbolo de que «el hombre, sin Dios, se rebaja a animal»; una «mujer haciendo el pino», que podría aludir al hombre situado entre el cielo y la tierra, entre lo espiritual y lo material, o una criatura mitad humano mitad caballo que representa «la fuerza del hombre»…

Escuela barroca
Otros elementos destacados en este retablo de escuela barroca son las hojas de acanto, que aluden al triunfo de Cristo sobre la muerte, o las veneras, en referencia al Bautismo y símbolo de peregrinación.
Mención especial dedica también al cuerpo central, en el que se localiza el crucifijo. Antes de la intervención, el fondo era un tapiz rojo que se había convertido en «fuente de bacterias y de humedad». Granda propuso sustituirlo por un panel dorado de diseño sobrio y carácter contemporáneo en el que sobresale Jesucristo en la cruz. Y este elemento «nos lo ha regalado el propio taller», algo que Da Silva agradece de manera especial. Por la tarde, con la luz que entra en la iglesia y la del sagrario —que, por cierto, también está en fase de restauración por el taller—, «el dorado reluce» y la cruz se destaca de manera especial.

La intervención se ha completado con nuevos anclajes a la pared. En este sentido cabe destacar, como curiosidad, que el retablo no ha estado nunca pegado a la pared de piedra, sino que entre ella y la estructura de madera ha habido un espacio de unos 50 centímetros. Quizá esta ha sido la razón por la que no se ha deteriorado más.
Asimismo, se ha restaurado las puertas que dan acceso a la sacristía, integrada en el conjunto, y se estrena también un nuevo proyecto de iluminación del presbiterio.

Se duplican las suscripciones
El párroco transmite la satisfacción de los feligreses con el resultado de la restauración. «La gente está contenta porque es su retablo, es su iglesia». Sobre todo, los más mayores del lugar. «Un día vino un señor que me dijo que él había sido monaguillo de pequeño y aunque ya no iba a Misa, dio 50 euros». Y cuando empezaron las obras, «al ver los andamios, se doblaron las suscripciones a la parroquia».
Fernando da Silva concluye, con su marcado acento portugués: «Del retablo me gusta todo él, porque habla de Dios, y es precioso». «Es un retablo digno para una iglesia donde se celebra Misa todos los días, los sacramentos, y donde nos unimos a Dios como pueblo».
