La madre Espíritu Santo reza pegada a la reja del coro, ante el Señor, que está expuesto en el altar. Encorvado el cuerpo, el alma en alabanza, porque esta oración es su carisma, el de la Orden Jerónima a la que pertenece.
Estamos en la iglesia del monasterio del Corpus Christi de Madrid aunque casi nadie lo conoce por este nombre del Corpus Christi. Son, de natural, las Carboneras, por una imagen de una Inmaculada donada al convento que se encontró en una carbonería).
Es el día 4 de noviembre, que este año ha caído en miércoles. Memoria litúrgica de san Carlos Borromeo, pero para las hermanas día grande por otro motivo: celebran el 400 aniversario de la muerte de la fundadora del convento, Beatriz Ramírez de Mendoza, condesa de Castellar.

Traspasamos la puerta que da acceso al convento por el claustro de abajo, que ya es clausura. Toda una excepción. Vemos el otro lado del torno, donde se sitúa normalmente la madre Beatriz para vender la repostería que les ha dado fama internacional a las Carboneras, y no es una exageración porque al torno llegan, fundamentalmente, turistas.
Nos esperan cinco hermanas de la comunidad, las más jóvenes. Luego está sor Espíritu Santo y otras dos mayores, enfermas en cama.
El convento, por dentro, es recio. Suelos de barro cocido, impecablemente pulidos —«los sábados es el día de la limpieza»—, puertas de madera con marcos de azulejo y muchas imágenes, especialmente del Niño Jesús, que «hay muchos por todas partes».
La priora, sor Mercedes de San Jerónimo, nos lleva a la sala capitular, que tiene las imágenes de san Jerónimo y santa Paula, fundadores de la Orden, así como un cuadro que es una de sus joyas más preciadas, más por lo que significa: los padres de la fundadora con ella, con el hábito, ante el Santísimo Sacramento.

Una mujer austera y de fuertes convicciones religiosas
Beatriz Ramírez (Madrid, 1556-1626) «siempre quiso ser monja». Siendo única hija, sus padres, para asegurar la continuidad dinástica, concertaron su matrimonio con Fernando Arias Saavedra, conde de Castellar. Diez años después de la boda, y con seis hijos nacidos de los que solo sobrevivirían dos, muere el conde.
Su esposa comienza entonces una vida marcada por su profunda fe, que la lleva a fundar varios conventos. Entre ellos, el del Corpus Christi —llamado así por la devoción que le tenía al Santísimo Sacramento—, para el que destina parte de su palacete residencial en el Madrid de los Austrias.
El Papa otorgó la bula de fundación en enero de 1606, para veinte monjas, vistiendo el hábito de la Orden de San Jerónimo y viviendo bajo la regla de san Agustín. En estos cientos de años se han hecho trabajos de acondicionamiento, pero la estructura del edificio sigue siendo la misma. Y aún se conservan algunas de las piezas originales, como el farol de hierro que da luz a las escaleras.
La condesa decide entonces vestir el hábito y, aunque nunca llegó a profesar por su condición de administradora de los bienes del matrimonio, vivió como monja bajo el nombre de sor Beatriz de las Llagas, murió allí y está enterrada allí mismo.

Bisnieta de Beatriz Galindo, La Latina —consejera de Isabel la Católica—, la fundadora del monasterio del Corpus Christi fue una mujer culta, fuerte de carácter, de profundas convicciones religiosas, devota de san Juan de Ávila y de la imagen de la Virgen de los Remedios.
Los últimos años de su vida los pasó de forma extremadamente austera y mortificada. «Una vida muy sacrificada», dicen las hermanas, nada que ver con lo de ahora, aventuran. Prueba de ello es la banqueta de madera en la que dormía, que conservan las Carboneras bajo el coro, en un museo que tienen con algunas de sus pertenencias, como una cruz de madera que tenía en su celda y la toca mortuoria de su enterramiento.
Asimismo, está la bula de fundación del monasterio y un retrato que se le hizo fallecida En su testamento dejó indicado que se la enterrara «con mi abito como a la mas pobre de las monjas pues lo soy en virtudes». El suyo fue, según quedó recogido por escrito, un «cuerpo difunto tan hermoso y con rostro tan sereno como si no hubiera expirado, estando tan tratable en cuarenta y ocho horas que estuvo sin darse sepultura como si fuera persona viva».
En su epitafio sepulcral se tilda su vida de «exemplo raro de Santidad al Mundo en todos Estados». Y se añade, entre otras cosas, que «su desvelo fue siempre buscar la mayor gloria de Dios, y bien de las Almas». Murió con fama de santidad y su cuerpo permanece incorrupto.

Alabanza y liturgia
La vida de las Carboneras se resume en cuatro palabras: liturgia, alabanza, oración y trabajo. Se levantan a las 6:00 horas y rezan el Oficio de Lectura, cantan laudes y tienen un tiempo para la oración personal. Después de desayunar abren la exposición al Santísimo a las 8:30 horas. Es este un privilegio concedido por Roma hace 129 años, y las hermanas se organizan para velarlo todo el día, hasta a Misa de 19:00 horas, en turnos de una hora.
Rezan tercia y hacen lectio divina y a las 9:30 horas empieza el trabajo en el obrador, con la elaboración de las pastas que venden a través del torno. Antes de comer rezan sexta y después de comer «recreamos» y siesta hasta las 16:00 horas. La tarde es para el rezo de nona, las letanías al Santísimo, la adoración personal, el estudio y la lectura, y a las 18:00 suben al coro para rezar el rosario, la reserva del Santísimo y la Misa.
Entonces hay vísperas cantadas, oración personal, cena, recreo y a las 22:00 se cantan completas y cada una a su celda para dormir.

Para ayudarlas en la liturgia, las Carboneras cuentan con un grupo de acólitos que tratan de cuidar y dar esplendor al culto divino, y que organizan algunas de las salidas más importantes, como las procesiones del Corpus Christi y de la Candelaria o el Rosario del Viernes Santo por la calle.
Las hermanas rezan, trabajan y cantan (la liturgia), pero «no hablamos». Solo lo hacen en el recreo, y mantienen una clausura papal. «No nos gusta salir de casa», aunque hay citas inexcusables, como los médicos o los bancos. En esos casos, en realidad están deseando volver porque no están acostumbradas al bullicio de la gente.

Celebración del aniversario
La iglesia de las Carboneras (Plaza del Conde de Miranda, 3) acogerá una solemne Misa conmemorativa del 400 aniversario de la muerte de la fundadora del concento el próximo sábado 7 de noviembre, a las 19:00 horas.
La Eucaristía estará presidida por el obispo auxiliar electo Andrés Martínez, con el acompañamiento musical de Coral Arte Facto. A la celebración asistirán integrantes de la Hermandad de Nuestro Padre Jesús Nazareno de El Viso de Alcor (Sevilla), con sede en la iglesia del convento del Corpus Christi fundado por la condesa de Castellar un año antes que el de Madrid.
