Marcos creció en una parroquia con mucho dinamismo: campos de trabajo, Camino de Santiago, catequesis. Pero había algo que quedaba fuera de ese mundo. El Papa. La jerarquía. Todo eso sonaba ideologizado y ajeno. Si había Año Jacobeo, ellos hacían el Camino cuando no había nadie. La JMJ ni sabían lo que era. «Vivíamos de parroquia para adentro», dice Marcos hoy, reconociendo que aquello era una gran pobreza, aunque entonces no lo veía así.
El cambio llegó por un sacerdote que llegó a la parroquia y que al principio les pareció «la cosa más rancia del mundo». Pero resultó ser un tío genial que fue ganándose su confianza despacio. Y un día les dijo que venía Juan Pablo II. «¿Cómo no vamos a ir?», les preguntó. Y ellos, que no tenían respuesta, fueron. Marcos tenía 23 años. Era Cuatro Vientos, 2003. Lo que vio allí le desconcertó y le transformó al mismo tiempo. Un Papa anciano, aferrado a la cruz, que le pareció «verdaderamente un Cristo entregado». Y a su alrededor, miles de personas que no eran de su «panda», que no se vestían como él, que no eran de su rollo. «Y estábamos aquí para lo mismo», dice. «Ahí me di cuenta de que esto es más grande que mi cosita, que mi parcelita, que mi grupito». Aquel sacerdote le regaló después el libro ‘La segunda conversión: En el camino de Emaús’. La primera conversión es al Señor. La segunda es a la Iglesia.
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Años después, ya director del Colegio Arzobispal Seminario Menor, viajó a Roma con el equipo directivo para el Año Jubilar de los Educadores, que coincidía con la proclamación del Cardenal Newman como doctor de la Iglesia y copatrón de los educadores. El Papa León XIV habló de educación, de la inteligencia artificial como preocupación, de que la educación es esencialmente una relación y un encuentro. Marcos guardó esas palabras. Pero el momento que más le marcó del viaje no fue con el Papa, sino sin él: una adoración nocturna en la Basílica de San Pedro, de noche, con todo apagado, solo un foco en el altar del baldaquino de Bernini y la custodia encima. «A pesar de toda la belleza de todos estos mármoles, el tesoro de la Iglesia es el Señor que estaba ahí delante», pensó. «Esto es como mi parroquia. Nosotros tenemos lo mismo». Y pensó también que el Papa es quien garantiza que ese tesoro esté presente en todos los lugares donde hay una consagración.
La historia de cómo se convirtió en director del colegio tiene su propio punto de humor. Jesús Vidal, ya nombrado obispo de Segovia, le llamó para proponerle el cargo. Hasta entonces los directores siempre habían sido sacerdotes. Marcos contestó: «¿Esto es una broma?» El rector le respondió: «Eso mismo pensé yo cuando me dijeron a mí que fuera obispo». Marcos lo aceptó como un servicio a la Iglesia. Y cuando le enviaron la hoja de nombramiento con una fórmula copiada de las que se mandan a sacerdotes, que incluía el motivo «por su celo sacerdotal», Marcos la devolvió con una nota: él era laico. Se la volvieron a mandar igual. Se la dio a su madre, que la tiene enmarcada. «Soy el único laico del mundo que tiene celo sacerdotal», dice entre risas.
Esa anécdota le da pie a una reflexión: la bendición como poder de los padres. Todas las mañanas, él bendice a su hijo Marcos y su hijo le bendice a él. Y en el ascensor imaginario con el Papa León XIV, lo que le pediría no sería un consejo ni una pregunta teológica. Le pediría que le bendijera. Y lo que más le gustaría, dice, sería poder bendecirle él también a él. «¿Por qué los laicos no bendecimos a los sacerdotes?», se pregunta. «Los laicos también tenemos que cuidar».
El episodio cierra con una oración de Marcos en la que pide al Señor especialmente por quienes no le conocen, para que la visita del Papa sea para ellos un momento de acercamiento: «Te pido, Señor, por la Iglesia de Madrid, en este momento tan importante de la venida del Papa. Te pido especialmente por todos aquellos que no conocen al Señor, que encuentren en este momento de gracia de dicha, pues un momento de acercamiento a Ti en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén».