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Jueves, 04 junio 2026 08:33

«¿Cuál es el miedo que tienen los jóvenes a ser felices?»: Julio César, el seminarista que le pidió al Papa Francisco que rezara por él en su cumpleaños y recibió un rosario a escondidas

«¿Cuál es el miedo que tienen los jóvenes a ser felices?»: Julio César, el seminarista que le pidió al Papa Francisco que rezara por él en su cumpleaños y recibió un rosario a escondidas

Julio César entró en el Seminario Menor con 12 o 13 años, más por no ir al instituto donde había «muchas movidas» que por una llamada clara al sacerdocio. Su párroco vio algo en él, su madre recordó que de pequeño decía que quería ser cura, y él dijo que sí con tal de evitar el otro instituto. Lo que encontró allí fue una comunidad, y poco a poco fue descubriendo que algo más grande estaba pasando.

No fue un camino recto. En cuarto de la ESO, con las heridas que cargaba y un enfado serio con Dios, empezó a ir todos los días a la capilla del Seminario Menor a decirle al Señor exactamente lo que sentía: que por qué le había tocado esto, que por qué era tan malo, que por qué todo aquello. Su párroco le había dicho: «Ve a la capilla y dile que estás enfadado con él y todo lo que tengas que decirle». Julio César fue. Y aunque nadie le respondía desde el sagrario, sentía una paz que no encontraba en ningún otro sitio.

Vuelve a ver aquí todos los episodios del videopodcast 'Una Iglesia, mil voces'

Una noche tuvo un sueño con el pasaje de Juan 21, el de Jesús preguntándole a Pedro si le amaba. En el sueño, Jesús se giraba hacia él y le preguntaba: «¿Julio, me amas?» Se despertó diciendo que ni de broma. Al día siguiente, en un retiro, cogió una Biblia al azar y la abrió: justo en ese pasaje había un papel con la misma cita. Se arrodilló y lloró. Y entonces hizo todo lo contrario de lo que le habían enseñado: salió de fiesta, bebió, vivió lo que se supone que vive un chico de su edad. Hasta que una noche, tirado, se preguntó dónde había estado alguna vez su corazón tranquilo. Y la respuesta fue clara: en la capilla, hablando con Dios. Volvió.

El proceso de discernimiento en el Seminario Mayor, llamado Genesaret, le fue acompañando. Y ahora, a los 22 años, acaba de terminar los discernimientos de etapa sin encontrar ninguna excusa que ponerle a Dios. «En primero tenía mil y ahora es como que no», dice con la serenidad tranquila de quien ha dejado de luchar contra algo que ya sabe que es verdad.

El momento con el Papa Francisco llegó en el primer año del Seminario Mayor, el llamado propedéutico. Don José les sorprendió organizando un viaje a Roma para ver al Papa. Julio César descubrió que la visita coincidía con su cumpleaños. Cuando llegaron, el Papa Francisco apareció con su discurso preparado y lo descartó en el acto: «Eso os lo leéis por vuestra parte. Empezad a hacerme preguntas. Venga, a ver quién se atreve a chutar el primero». Al terminar, cada uno se acercó a darle un abrazo. Julio César aprovechó el momento: «Santo Padre, ¿le puedo pedir un favor?» El Papa le dijo que sí. «Es que es mi cumpleaños. ¿Puede rezar por mí?» El Papa se paró, le preguntó cómo se llamaba, cuántos años cumplía, con mucho cariño. Y luego, a escondidas, le regaló un rosario de los que estaban reservados para los formadores. «Ver al Papa como un abuelo fue increíble», dice Julio César.

Además de seminarista, Julio César compone música. Y lo que más le llega cuando alguien le escucha no es el aplauso sino cuando alguien le dice que no sabía cómo ponerle palabras a lo que sentía y una canción suya lo consiguió. «Es el reflejo de una oración», dice de su música. La misma oración que empezó en aquella capilla del Seminario Menor cuando se sentaba a decirle a Dios todo lo que tenía dentro.

A los jóvenes que estén rondando la idea de la vocación y tengan miedo, Julio César les dice lo que le funcionó a él: no huir, no tener miedo, ir al sagrario y perder el tiempo con Dios. Y si están enfadados, enfadarse con Él. «Dios no es malo y quiere lo mejor para ti».

En el ascensor imaginario con el Papa León XIV, Julio César tiene dos preguntas según el tiempo disponible. Si son dos plantas, le preguntaría qué es lo que más echa de menos de antes de ser Papa: tomarse un café en el sitio de siempre o irse de misión. Y si hay más tiempo, la pregunta grande, la que lleva rondándole desde que conoce a sus amigos: «¿Cuál es el miedo que tienen los jóvenes a ser felices?» Porque en su entorno ve ese miedo constantemente, esa resistencia extraña a la felicidad, y querría saber qué ve el Papa desde donde está.

El episodio cierra con una oración en la que Julio César pide al Padre Bueno que prepare el corazón para el encuentro con el Papa: «Te pedimos para este encuentro con el Papa. Te pedimos, Padre, que abras nuestros oídos para que podamos reconocer tu voz, para que sanes las heridas y resucites lo que hay muerto en nosotros. Y así que avivas nuestra fe, esa llama de fe, para que no nos muramos de frío. Amén».