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Jueves, 19 febrero 2026 17:05

Pedro, sacristán del Buen Suceso durante 43 años: «Una parroquia es una vida, no es un trabajo»

Pedro, sacristán del Buen Suceso durante 43 años: «Una parroquia es una vida, no es un trabajo»

Hay en la sacristía de la parroquia Nuestra Señora del Buen Suceso (Princesa, 43) un libro de firmas junto a una foto de lo más expresiva. «Siempre atento a las necesidades de la parroquia», se lee, y en ella se ve en primer término al párroco, Enrique González, sentado en la sede, y detrás, de pie, listo para servir, a Pedro, el sacristán. «Este es mi sitio», resume el propio Pedro su labor en la parroquia este Miércoles de Ceniza, unas semanas después de jubilarse tras 43 años en la parroquia que para él no han sido un trabajo, sino una vida.

Efectivamente, todo se resume en haber estado disponible las 24 horas del día, «con mucho cariño», haciendo labores de todo: mantenimiento, preparación de las Misas, «que el sacerdote salga al altar dignamente», atención del despacho, maestro de ceremonias, expedientes matrimoniales… En 1982, cuando él empezó, hacían 300 bodas al año, «los sábados de septiembre, entre dos y tres»; el año pasado no llegaron a 8. «Aquí se casaba gente ilustre, porque como esto es del Real Patronato (hoy en día Patrimonio Nacional)… Y poníamos una alfombra roja hasta la calle que pesaba un quintal».

Y los bautizos, «exagerados». Ahora también. Lo que no hay son tantas Primeras Comuniones, que tienen muchos colegios religiosos a la vuelta de cada esquina. Y comuniones, hasta hace unos años que iba a buscar las formas a las monjas concepcionistas franciscanas de Blasco de Garay, 7.000 semanales.

Pedro sacristan libro

Un hospital real y una imagen encontrada

Han pasado siglos desde que la primera iglesia de Nuestra Seora del Buen Suceso se edificara, como capilla del Hospital de Corte, en la Puerta del Sol. Era el año 1611. «Sus cimientos se ven ahora desde la tienda de Apple», explica Pedro. Estuvo allí hasta 1854, cuando se trasladaron, hospital e iglesia, a su emplazamiento actual, en el barrio de Argüelles. Allí se hacían consultas y curas gratuitas, se socorría a los accidentados en la vía pública y fue hospital especial de enfermedades de niños y casa de salud para pensionistas enfermos. Los reyes visitaban semanalmente la iglesia.

La imagen de la Virgen la habían encontrado en 1606, de camino a Roma, los frailes que atendían los hospitales de Madrid. Fue un «buen suceso», y de ahí su nombre. La talla original nos la muestra Pedro en la sacristía, donde está custodiada para su conservación. La que preside la iglesia es una copia, que él mismo ha ayudado a vestir con la saya y la túnica moradas, propia de este tiempo litúrgico.

El templo se tuvo que derribar en 1975 por grietas en la cúpula. En 1982 se inauguró, en presencia de la Reina Sofía, el nuevo: «la magefesa», le llama Pedro a esta estructura del arquitecto Manuel del Río. «Tenía uno de los mejores órganos de Madrid», recuerda, y se le viene a la mente también el coro que formó Félix Castedo, actualmente canónigo de la catedral, cuando fue allí coadjutor. Y aquella época en que cada mañana un coche acudía a buscar a Gregorio Isabel, otro de los sacerdotes, confesor de Carmen Polo, para llevarlo al Pardo a celebrar Misa.

Pedro sacristan ambon

De Guadalajara a Madrid

Cada esquina a Pedro le trae un recuerdo. Se conoce el templo como la palma de su mano. Ha sido su casa. Es de los pocos sacristanes que quedan como los de antes, de los que vivían en las parroquias. A Pedro se lo trajo a Madrid de su Setiles (Guadalajara) natal —actualmente 78 habitantes— un tío suyo, que era sacerdote en San Antonio de la Florida y al que enviaron de coadjutor al Buen Suceso cuando se inauguró el nuevo templo.

De lunes a viernes trabajaba con un primo «haciendo colegios en Mejorada», y los fines de semana, para echar una mano al sacristán de entonces, Eugenio, estaba en la parroquia. «Me gustaba su forma de tratar a la gente». De él aprendió Pedro el oficio, y también del párroco de entonces, don Luis Domingo. Fue este último el que le propuso quedarse en el lugar de Eugenio cuando se jubiló. «Ya estás bien preparado».

El Buen Suceso siempre ha sido parroquia acogedora, de jóvenes —«el alcalde actual venía mucho»— y de barrio. «Vas por la calle y la gente te saluda». Después de Luis Domingo «llegó don Antonino, que era un santo, pero la parroquia no se fue a pique de milagro». Y luego, «una racha muy buena con don Miguel Jimeno, la parroquia iba súper bien y se empezaron a ver frutos». En 2017 llegó el actual párroco, «don Enrique, con una nueva fase en la que ha introducido los Emaús de hombres y mujeres, Bartimeo, Effetá… y acaba de empezar la atención a niños con discapacidad» (imagen inferior, con el actual párroco).

«Esta es una parroquia viva», y la experiencia acumulada le hace a Pedro saber cómo es cada Misa dominical: «A la de 9:00, mínimo 130 personas; a la de 10:30, unas 200; la de 12:00, que es la de las familias, se llena la iglesia, unas 600 personas, como la de 13:30 horas; la de 19:00 horas es la más remolona, empieza con 300 y termina con 700; y la de 20:30 horas tienes que venir 15 minutos antes para coger sitio porque acaba con 1.200 personas». Y el Miércoles de Ceniza, «no sé qué le pasa a la gente, pero es el día que más vienen».

Pedro sacristan enrique

Casado con Lola

Las jornadas para Pedro empezaban a las 8:30 horas, hasta las 14:00, y después de 18:00 a 22:00. Solo libraba los martes, «que están dedicados a mi mujer» —a Pedro le cuesta aún hablar en pasado—. Reconoce haber tenido suerte con Lola, «mi gallega». «Gracias a Dios me casé con una persona que supo entender mi trabajo». A Lola la conocía de los domingos cuando, ya a la noche, cogía el Metro y se iba con un grupo de amigos a cenar al restaurante en el que ella trabajaba. Un gallego en el Parque de las Avenidas. A los dos años fue a Galicia a conocer a su familia y se casaron, «aquí, en el Buen Suceso; fue la boda del siglo, con casi 20 curas», ríe. Y un año después nació Fernando, que es «el jefe de los monaguillos» (imagen inferior).

De su día a día, lo que más le costaba a Pedro era hacer el esquema de las Misas. Esto es, programar para cada semana quién presidía cada Misa, y presentárselo al párroco para su aprobación. Pero después, a Pedro le llenaba el contacto con la gente. Que venían unos novios, pues les proponía los cursos largos para ellos, para que se preparan bien; que había alguien con algún problema más de hablar con un sacerdote, pues le derivaba… «La sacristía es un acompañamiento».

—¿Y qué es un sacristán?
Una persona dedicada a la Iglesia. Aunque por dentro estés negro, siempre tienes que estar contento, sonreír, atender lo mejor posible. Es un servicio a la Iglesia, por eso no hay que tomarlo como un trabajo.

«La parroquia es la parroquia», antes que sus sacerdotes. «Si no, no se puede aguantar». Esta lección la aprendió Pedro de su predecesor. «Una parroquia es una vida, no es un trabajo». El 9 de enero le hicieron una fiesta de despedida en el Buen Suceso. Dejaba su casa —también literal, que se han trasladado a un piso que tenía en García Noblejas—, porque «a mí lo que se me queda de esta parroquia es que es mi casa». Ha visto crecer a gente, los ha visto casarse, bautizar a sus niños… «A la fiesta vinieron los que eran jóvenes en los 80, los 90; ¡había tanta gente!». No se lo esperaba. Y como «me jubilo, pero no estoy muerto», sigue en el grupo de Liturgia. «Contad conmigo —les dijo—, que lo bonito es pertenecer siempre a la Iglesia».

Pedro sacristan hijo