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Martes, 30 junio 2026 14:59

Se clausura la fase diocesana de la causa de beatificación de Sebastián Gayá: «A nadie daba por perdido; sabía que todo hombre, con la gracia de Dios, puede ser un hombre nuevo»

Se clausura la fase diocesana de la causa de beatificación de Sebastián Gayá: «A nadie daba por perdido; sabía que todo hombre, con la gracia de Dios, puede ser un hombre nuevo»

«¡Vuelve Gayá!». La prensa local de Mallorca se hacía eco aquel verano de 1995 de la peregrinación de jóvenes de la diócesis de Madrid a la isla para conocer los lugares en los que cinco décadas antes había nacido el Movimiento de Cursillos de Cristiandad.

Efectivamente, volvía Sebastián Gayá a la isla en la que nació, forjó su vocación sacerdotal, se ordenó y donde tanto ayudó a su entonces obispo, monseñor Juan Hervás. Volvía Gayá, uno de los iniciadores de Cursillos —junto a Eduardo Bonnín, laico, y el propio Hervás—, y regresaba, a sus 82 años, arrastrando nuevamente a la juventud, como ya hiciera en aquella peregrinación de jóvenes de Mallorca a Santiago en el verano de 1948, cuya preparación fue el germen de los Cursillos de Cristiandad.

Sebastian gaya clausura peregrinacion

La diócesis de Madrid, en un acto presidido por el cardenal José Cobo, arzobispo, cerrará el próximo martes 7 de julio la fase diocesana de su causa de beatificación. Un capítulo que ha durado cuatro años, más los previos de preparación, y en el que han comparecido un centenar de testigos. «Me ha ayudado mucho cómo vivió las dificultades y las incomprensiones en el ministerio», reconoce Alberto Fernández, delegado episcopal de las Causas de los Santos.

Cuando no «los ataques directos». Pero el sentido de Iglesia de Gayá, su amor a la Iglesia, siempre se mantuvo intacto.

Sebastian gaya clausura barco

Adelantado al concilio

Sí. Sebastián Gayá fue despojado de todas sus funciones en la diócesis de Mallorca y enviado a Madrid en 1957. Sufrió en el silencio el rechazo y el cuestionamiento de un método que años más tarde sería definido por san Juan Pablo II como «instrumento suscitado por Dios para el anuncio del Evangelio en nuestro tiempo». Pero entonces, apunta Fernández, «era algo nuevo que los laicos anunciasen el Evangelio, que tuvieran una relación directa con el Señor en el sagrario…».

Se había adelantado Gayá 20 años al Concilio Vaticano II. Había encarnado y vivido el espíritu de la Mistici Corporis Chirsti de Pío XII, que «daba carta de ciudadanía propia a los laicos». En el año 1995, Roberto Rey era diácono en camino para ser sacerdote. Fue uno de los jóvenes de la peregrinación a Mallorca (imagen inferior, con Sebastián en el centro).

Sebastian gaya clausura 1995

Explica que en ese mismo espíritu, en el de la llamada universal por el Bautismo, el Espíritu «decanta un método propio con el carisma de primer anuncio, de encuentro personal con Jesucristo, que luego se verá reflejado en el concilio».

A Roberto siempre le gustó de Sebastián su sentido de Iglesia, su eclesialidad. «Nada sin el obispo; nada sin el Papa; nada sin la Iglesia», decía. Era pequeñito, «se le veía poquita cosa». Pero su fuerza interior lo hacía un gigante.

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Como buen mallorquín, alargaba las vocales finales. «¡Que me voy contigooo!», le decía a Pedro Pérez, también sacerdote, cada vez que este se iba a un cursillo como director espiritual. Pedro siempre le llamaba para pedirle la bendición. De las últimas veces que lo vio con vida, en Mallorca, ya muy enfermo, se despidió con un «¡Pedro, que me quedo contigo!».

Pedro lo conoció en el momento en que, quizá, más lo necesitaba. Tenía muchas heridas que curar y mucha necesidad de volver a esa Iglesia que, a veces, duele por su demasiada humanidad. Y Sebastián lo restituyó. «Yo no era nada». Bueno, sí, «un crack vendiendo coches», pero ya. Espiritualmente estaba muerto.

Era el año 1989. «Me fascinó de él su pasión por el hombre; a nadie daba por perdido, sabía que todo hombre, con la gracia de Dios, puede ser un hombre nuevo». Su lema sacerdotal fue un versículo de Pablo a los corintios: «Me he hecho todo para todos, para ganar, sea como sea, a algunos».

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La búsqueda de los gentiles

Hay mucho de san Pablo en el Movimiento de Cursillos. El apóstol de los gentiles. De los alejados, en el lenguaje actual. De hecho, es el patrón. Pedro apunta: «Sebastián era un apóstol: vivía pescando; vio en el Movimiento de Cursillos de Cristiandad un instrumento muy eficaz para meter en la barca y lo aprovechó».

Era «cultísimo, inteligentísimo». Nada clerical en el sentido peyorativo. «No os dejéis manipular por los curas —decía—, y menos por el que os habla». Pero «fue un sacerdote como la copa de un pino, enamorado de su vocación y de la nuestra». Efectivamente, Pedro entró al seminario después de su Cursillo. Se emociona cuando recuerda la reacción de Sebastián al decírselo. El abrazo que le dio (imagen inferior, recién ordenado).

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Sebastián tenía una biblioteca extensísima. «Vivió de las fuentes del Concilio toda su vida», tercia Roberto. Escribió mucho. Todo lo escribía. A mano. Con una letra menuda y pulcra. Y era experto en oratoria. «Poseía un dominio del lenguaje absoluto», continúa Rey. «Era un gran orador; llenaba las palabras de conceptos y les daba profundidad». Esto le hacía ser siempre «novedoso» en sus homilías.

A Roberto lo conoció también de chaval, en 1985, 19 años, cuando hizo su Cursillo y no estaba ni en el seminario. «Nos entendíamos muy bien». Le preguntaba por las cosas de la facultad —estudiaba Derecho en la Autónoma—, por la fermentación evangélica de ese ambiente suyo que era el núcleo del carisma de Cursillos, y le comprendía porque el sustrato de Roberto había sido el Opus Dei y Sebastián fue asistente eclesiástico de la Obra en Mallorca durante varios años.

Le atraía de Sebastián su «respeto a la libertad de las personas» y su cercanía. Tanto, que «se te olvidaba que estabas con un sacerdote».

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Imán para la juventud

Llevaba muchísimas direcciones espirituales de jóvenes. Los atraía como un imán. Había en él autoridad y verdad, pero nunca imposición. El Espíritu Santo soplaba, explicaba el propio Gayá, y él ayudaba a desvelar por dónde. Los chavales se amontonaban en Magallanes, 25, sede del primer Secretariado Nacional de Cursillos, mientras esperaban.

Uno de ellos era entonces Santiago Fernández. Un «hombre de malvivir como técnicamente se conoce» —se define a sí mismo—, que se había encontrado con Cristo en un Cursillo de Cristiandad. Sebastián acompañó a Santiago durante 18 años, «lo cual dice mucho en su favor; era un hombre resistente». Entre medias celebró su matrimonio con Inma (imagen inferior), bautizó a sus hijos y estuvo con él en cada nuevo servicio que iba asumiendo en el movimiento de Cursillos.

Sebastian gaya clausura inma

«Para mí fue como un padre». Hay frases que le decía que las tiene grabadas a fuego: «El que es a medias de Dios es a medias del diablo; un traidor» o «una idea nunca morirá mientras haya un hombre dispuesto a dar la vida por ella». Sebastián «podía ser un místico y el hombre más pragmático a la vez», «te formaba espiritualmente pero descendía a los detalles». Concluyendo, «no se quedaba en las nubes».

Fue amigo, porque el sentido de amistad lo tenía muy hondo. Eran los mismos sentimientos de Cristo, que llamó «amigos» y no «siervos». Tenía una forma de entender la fe «viva, ilusionante», y un «corazón tierno». Poseía el don de consejo y el de discernimiento de almas y «hacía ver que eras importante cuando creías que no lo eras».

Sebastián tenía «pasión con los laicos», sostiene Pedro Pérez. «Se creyó el Concilio» y les daba «cancha», y así Cursillos era «un escándalo», porque se veía a laicos hablando de la fe, de la gracia…

Sebastian gaya clausura reloj

Como el postulador de la causa, Carlos Mora-Rey: «Con el testimonio de lo que Dios ha hecho en tu vida das testimonio a los demás; esto es irrebatible y no pasa de moda». Espetó un «¿Sebastián, santo? Y a mí qué» cuando le llegaron los primeros comentarios de santidad en él, pero en estos años, sus trabajos le han llevado a «considerar absolutamente en mi fuero interno que es santo».

La llamada para postulador la recibió Carlos justo cuando se iba a jubilar (imagen inferior, durante la apertura de la causa). «Tenía una lista grandísima de cosas para hacer; el otro día me apareció, y no he hecho nada», dice elocuentemente. Pudo conocer a Sebastián en su día, «pero no quise». «Lo que ahora daría por haber ido al funeral».

Sebastian gaya clausura carlos

Estos años le han ayudado a «confiar muchísimo en la providencia de Dios». Esta ha sido «una causa humilde, con los recursos justos», en la que «lo que ha ido haciendo falta, el Espíritu lo ha puesto en el camino: que faltaba un documento, aparecía; testigos que no fueran cursillistas, aparecían…».

Sebastián, para él, «fue una de esas personas que entendió el Evangelio y lo hizo vida». Un hombre con una gran capacidad de trabajo —ayudado por los dos cafés sin falta que había de tomar por la mañana—, con un afán de atraer a la Iglesia «a los alejados», pero también a los «acomodados».

Era un hombre sencillo. Lo primero que puso en la sede del secretariado nacional fue un retrato de la Virgen; después, una máquina de escribir. Su vida fue entrega, «negarse a sí mismo para hacer la voluntad de Dios (imagen inferior, su mobiliarioen la sede de la Fundación Sebastián Gayá, en Madrid).

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Como un padre

A Patricia Franco la conoció también de jovencilla, cuando hizo su Cursillo, con 18 años. La acompañó espiritualmente desde el año 1995 hasta su muerte, el 23 de diciembre de 2007. Fue un padre para ella, hasta en los detalles típicos de padre. «"Una chica joven que no tenga ni para una coca-cola…", decía», y le daba unos durillos; «¡iba con zapatos rotos y le daba dinero a todo el mundo!».

«Siempre resalto sus ojos» porque cuando Sebastián miraba a alguien, lo miraba de verdad. Y se preocupaba por conocer los nombres. Amaba el Cursillo, pero por encima de ello amaba a la Iglesia. Y le encantaba la canción Hombres nuevos. «Hombres nuevos, creadores de la historia, constructores de nueva humanidad…». «Es la canción del cursillista», le decía a Patricia.

«Encendía los corazones» cuando hablaba. «¡A Santiago, santos! ¡De Santiago, santos y apóstoles!», animó a los jóvenes mallorquines a finales de los 40, desde el balcón del ayuntamiento de Palma. Tuvo ese «don con la juventud» hasta su muerte.

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«Elogio a la normalidad»

La causa de Sebastián es un «elogio a la normalidad», sostiene Roberto, a decir que es posible ser santo, que se puede «poner amor en lo ordinario, en lo de cada día». Sebastián acerca la santidad al hombre. «Fue un hombre bueno, sencillo, fiel», que vivió para propiciar ese «encuentro de la libertad del hombre con la gracia de Dios».

Pedro cita Hebreos 13 para hablar de lo que supone el proceso de canonización de Sebastián. «Acordaos de vuestros dirigentes, que os anunciaron la palabra de Dios; fijaos en el desenlace de su vida e imitad su fe». «Si cogemos esto para imitar su fe [la de Sebastián] es una bendición; si lo queremos poner en un cuadro y decir “yo lo conocí”, no servirá de nada». Porque «poner a una persona como modelo es un bien para la Iglesia universal». Y ojalá en Cursillos, desea, esto «nos lleve a leerle más, a conocerle mejor, no como una vanagloria». Lo dice quien durante los prácticamente últimos 18 años ha sido consiliario diocesano del movimiento en Madrid.

Sebastian gaya clausura foto

Ahora, se abre una nueva etapa en Roma. Como decía Sebastián en cada clausura tomando palabras del mismo Cristo en el Evangelio: «Mayores cosas veréis». «Siempre nos lanzaba al futuro, a la esperanza», resume Roberto (imagen inferior, en su ordenación), y Pedro concluye: «Ponía en nosotros el deseo de la comunidad, de evangelizar».

Cada Cursillo que acaba es un regalo para la diócesis. «La causa de Sebastián —sostiene el delegado de las Causas de los Santos— supone reconocer una gracia especial de Dios para la Iglesia en Madrid, donde Sebastián se ha desgastado en su ministerio». «Se reconoce la vida de gracia que ha dado Cursillos en Madrid» y a su vez «nuestra Iglesia se ha visto beneficiada de la entrega ministerial de Sebastián».

Sebastian gaya clausura roberto

Fernández reconoce que «en Madrid tenemos el privilegio de ser una de las diócesis del mundo con más causas de beatificación abiertas», lo cual es una «señal de que estamos especialmente bendecidos por Dios con muchos frutos de santidad». De hecho, hace escasas tres semanas se cerró también la fase diocesana de la causa de beatificación de Carmen Hernández, coiniciadora del Camino Neocatecumenal junto a Kiko Argüello.

Han sido «dos causas de magnitud» en apenas dos meses, destaca el delegado, que referencian a «dos realidades de primer anuncio, kerigmáticas», y que revelan algo que el delegado percibe con frecuencia: «Que lo que Dios ha ido tejiendo a lo largo de la historia se refleja en los procesos de beatificación», y de hecho «es muy difícil que en una causa no aparezca otro siervo de Dios o un beato…». 

En este caso, Argüello tuvo un profundo proceso de vuelta a Dios a raíz de un Cursillo de Cristiandad. «Dios va uniendo historias pequeñas para hacer una historia de gracia», concluye el delegado.

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