El Papa León XIV visitará el lunes 8 de junio la catedral de la Almudena para honrar a la Virgen. No será el primer Papa que le rece a la patrona de Madrid. La primera vez que un Papa vino a España fue en 1982. Juan Pablo II había sido elegido Sucesor de Pedro tan solo cuatro años antes, y fue esta una visita apostólica de hondísimo calado en la sociedad española.
En este contexto tuvo lugar el primer encuentro del Papa con la Virgen de la Almudena. La Misa de las familias que se celebró en la plaza de Lima el 2 de noviembre contó con Ella como protectora excepcional.
Para la ocasión se trasladó la talla original al escenario montado para la Eucaristía. Al no estar terminada aún la catedral, era la imagen que se custodiaba en la colegiata de San Isidro, que hacía las veces de catedral, y la que actualmente se venera en el camarín de la Almudena. Fue la única vez que esta imagen ha salido fuera de un templo.

Juan Pablo II se volvió a encontrar con la Virgen de la Almudena once años después. Fue un deseo suyo consagrar la catedral de la Almudena durante su segundo viaje a España. Cuentan quienes lo vivieron in situ que ese 15 de junio de 1993 hacía en Madrid calor, mucho calor de hecho. Pero nada impidió a miles y miles de personas agolparse en las calles para ver pasar el papamóvil.
Su primera parada fue en el Palacio Real, donde lo recibieron los Reyes Juan Carlos y Sofía. Allí se revistió y fue hacia la catedral de la Almudena, a la puerta de la fachada principal, para dar comienzo a la Eucaristía. Sin romper la solemnidad, la catedral se vino abajo en aplausos al Papa polaco cuando accedió al templo, y no dejaron de sonar hasta que subió al presbiterio.

En su homilía el Pontífice se refirió a la advocación de la Almudena como «antiquísima, que se remonta a los orígenes de la Villa y cuya devoción ha ido creciendo con el tiempo». Esto manifiesta, dijo, «la veneración y afecto profundos que los católicos madrileños sienten por la Madre de Dios».
Y continuó: «Al dedicar este templo en honor de Santa María, la Virgen de la Almudena, toda la Iglesia de Madrid, y cada uno de sus fieles, debe mirar hacia Ella y aprender a ser también signo visible de la presencia de Dios entre los hombres».
«Iglesia de Madrid —concluyó—, tienes que fijar tus ojos en la mujer que un día recibió el gozoso anuncio de la Encarnación del Hijo de Dios. Ella, que precede a la Iglesia “en el peregrinar por la fe”, te mostrará el camino. Mírala a Ella y, como Ella, da tu sí a la gracia para que te llenes de Cristo y puedas tú cantar también su mismo canto de alabanza».

Oración del Papa
Después, al terminar la celebración, subió la escalinata hasta el camarín y allí, a sus pies, rezó la siguiente oración:
Virgen de la Almudena, Madre y Señora nuestra,
vengo hasta tu Imagen santa para venerarte
con filial devoción.
En tu honor se construyó esta Catedral,
para que fuera digna morada tuya y luminoso
lugar de encuentro con todos tus hijos.
Tú, que estuviste oculta
en murallas del viejo Madrid,
te manifiestas hoy
como Madre de inmensa ternura.
Tu nombre de Almudena
hace referencia a la fortaleza;
danos constancia firme
para vivir siempre seguros
en la fe de la Iglesia.
Mantén vivo y fuerte nuestro amor,
para que ningún obstáculo
pueda desviarnos del camino de la salvación.
Enséñanos a verte siempre Madre,
manantial de misericordia,
regazo de perdón, abrazo de la esperanza,
puerta de la Gloria.
Llena con tu presencia maternal
la dura soledad de los que sufren.
Acoge con amor los deseos de sus hijos.
Abre nuestros corazones
a la alegría del espíritu.
Como excelsa Patrona de Madrid,
bendice y protege
a quienes pronuncian cada día,
con devoto amor,
tu nombre santo y el de tu Hijo.
Que vive y reina por los siglos de los siglos.
Amén.

Los recuerdos de san Juan Pablo II en la catedral
De san Juan Pablo II quedan en el primer templo de Madrid muchos recuerdos: los cálices que usó, su casulla —con las imágenes de la Virgen de la Almudena y san Isidro bordadas— el sillón en el que se sentó, la custodia para el Santísimo con la que bendijo al pueblo…
Son reliquias, a las que hay que sumar la más importante: una ampolla con su sangre que fue regalo del cardenal Stanislaw Dziwisz, que fuera secretario de Juan Pablo II, al cardenal Antonio María Rouco Varela, arzobispo emérito de Madrid, durante la Jornada Mundial de la Juventud del 2011.
El relicario en el que se colocó la ampolla tiene forma de Evangelio abierto –como el que se depositó encima de su féretro cuando murió– y en él se grabaron las primeras palabras de san Juan Pablo II, «¡No tengáis miedo! ¡Abrid de par en par las puertas a Cristo!», así como su escudo papal y la imagen de sus manos agarrando la cruz pastoral. Colocado en una de las paredes del templo, junto a la capilla del Santísimo, se trasladó a la capilla de San Juan Pablo II, inaugurada en noviembre de 2022.

Diseñada por el estudio de arquitectura Cano y Escario, se ubica junto a la sacristía mayor y es una forma de recordar la estrecha relación del santo polaco con Madrid.
Además, la catedral de la Almudena cuenta con una estatua del Papa san Juan Pablo II en el acceso desde la calle Bailén, junto a la tienda. Fue realizada por Juan de Ávalos en 1998 para conmemorar la consagración del templo. Se trata de una escultura de bronce de 3,5 metros de altura.

Benedicto XVI
El otro Pontífice que ha visitado a la Virgen de la Almudena ha sido Benedicto XVI. Fue el sábado 20 de agosto de 2011, durante una Eucaristía con los seminaristas. Al concluir la homilía, los invitaba: «Mirad, sobre todo, a la Virgen María, Madre de los sacerdotes. Ella sabrá forjar vuestra alma según el modelo de Cristo, su divino Hijo, y os enseñará siempre a custodiar los bienes que Él adquirió en el Calvario para la salvación del mundo».
Aquel encuentro lo vivió de forma muy especial Pablo Lamata. Hoy vicario parroquial de Santo Tomás Moro de Majadahonda, Pablo era entonces diácono. Él fue el encargado de saludar al Papa al comienzo de la Eucaristía en nombre de todos los seminaristas.
«Le damos nuestra calurosa bienvenida», comenzaba su discurso. «Su testimonio nos ayuda a caminar hacia la plenitud de la vocación que hemos recibido de Dios». «Merece la pena dar la vida por Cristo y por los hermanos», aseguró, haciendo suyas las palabras del entonces beato Juan Pablo II.

El seminarista recordó también la exhortación que el Papa les había hecho, en la que los animaba a la oración, el estudio y la vida centrada en Cristo como una «guía segura en el camino hacia el sacerdocio». Al tiempo que le reconocía que no resultaba fácil ser testigos de Cristo en el mundo de aquel engonces, le afirmaba que «queremos ofrecer la esperanza del Evangelio con nuestra futura entrega sacerdotal».
«Muchas gracias por ejemplo de su vida —concluía—; cuente siempre con nuestro cariño y nuestra oración».
