Miércoles, 05 Julio 2017 13:20

Santas Justa y Rufina celebra la fiesta de las titulares de la parroquia

La parroquia Santas Justa y Rufina (c/Santa Aurea, 7) celebra el próximo 17 de julio, lunes, la fiesta de las titulares de la parroquia. En esta jornada habrá una Misa solemne a las 19:30 horas.

La parroquia, que celebró su fiesta con la feligresía antes del inicio del periodo vacacional, atiende a una población de unos 10.000 habitantes.

Historia

Las santas Justa y Rufina nacieron por los años 268 y 270 respectivamente en Sevilla. Era de familia de clase ilustre y distinguida, que vivían sencillamente. Sus padres se preocuparon porque recibieran la mejor educación, al tiempo que les enseñaron el tremendo horror al pecado y el especial amor a la virtud; a rezar todos los días a la Virgen Madre de Dios; y a amar a Jesús, a quien consagraron su virginidad y a quien amaban con especial predilección.

Huérfanas desde muy niñas, el obispo de la ciudad, amigo de la familia, las visitaba con frecuencia para animarlas a perseverar en la virtud y a que emprendieran un oficio para poder ganarse honradamente la vida. Así, montaron en la Puerta de Triana un negocio de alfarería en medio de un ambiente que no les era favorable, ya que los cristianos eran perseguidos a muerte. Para hacerse fuertes empezaban el día oyendo misa y orando. Durante la jornada despachaban en su tienda y atendían las faenas de su propia casa. Eran especialmente caritativas con los pobres. No obstante, su mayor preocupación era la conversión de los paganos. Rezaban por ellos y siempre que tenían ocasión aprovechaban para anunciar el Evangelio y enseñar las verdades de la fe a los ignorantes gentiles. Cuando la persecución era más recia, muchos cristianos amigos pasaban por su tienda para desahogarse mutuamente y animarse en secreto a perseverar en la oración y la penitencia, para estar preparados para lo que Dios quisiera de ellos.

En Sanlúcar la Mayor había un bosque y un templo dedicados a la diosa Salambona. Construida de barro cocido, estaba hueca como un botijo y sujeta por dentro a un armazón de hierro. En aquellos tiempos, el día mayor de fiesta en Sevilla era el primero de junio: se sacaba a la diosa en procesión por toda la ciudad, y varias muchachas iban delante pidiendo limosna para el culto. Al llegar a la casa de las Santas, ellas respondieron que solamente adoraban al verdadero Dios creador del mundo y de todas las cosas, y que no contribuirían al culto de una ridícula imagen de barro. Las muchachas paganas las denunciaron por blasfemas, y los miembros del cortejo destrozaron su exposición de cacharros. Para demostrarles el poco poder de su ídolo, las hermanas le arrojaron algo pesado, con lo que quedó destrozado en mil pedazos.

Las cogieron presas y las llevaron atadas, entre insultos y malos tratos, hasta el Palacio de Justicia. La muchedumbre pedía a gritos su muerte. El Prefecto mandó que las llevasen a la cárcel para castigarlas por el ultraje hecho a la diosa. Ofreció a las hermanas la posibilidad de salvarse, pero ellas no aceptaron adorar a sus dioses. Así, sufrieron los más terribles suplicios: el potro, donde las descoyuntaron los huesos; desnudas, con uñas de hierro les arañaron todo el cuerpo surcando con indecible dolor sus carnes. Abandonadas en los oscuros calabozos, oraron fervorosamente a Dios y se encomendaron con especial ternura a la Reina de los Cielos. El oscuro calabozo se iluminó con celestial resplandor apareciendo en medio de la luz la Virgen Santísima, tan hermosa que les desaparecieron todos los dolores, y, arrobado el espíritu en dulcísimo éxtasis, sintieron en su alma delicias celestiales.

Al día siguiente, bajaron de nuevo los verdugos y, atándolas a unas argollas del techo por los cabellos, las flagelaron a latigazos. Solo cuando las creyeron expirando, las descolgaron y las abandonaron en el suelo, envueltas en su propia sangre. Y antes de abandonarlas, les arrancaron las uñas de los pies. Como nuevo castigo, las ataron a las colas de dos caballos y las llevaron a dar un paseo por lo más abrupto y pedregoso de Sierra Morena. Al terrible dolor de los pies, cada vez más hinchados, se añadía el sofocante calor y el cansancio. Cuando su fatiga llegó al extremo de no poder dar un paso, y agobiadas por los dolores cayeron desvanecidas, fueron trasladadas en los caballos a Sevilla, para que volvieran con vida.

Encerradas de nuevo en los calabozos, Santa Justa tenía calentura y le subió la fiebre. Pidió agua a su hermana, que se puso a rezar y el agua empezó a manar: bebieron las dos la que quisieron. El obispo Sabino, habiendo expuesto su vida y dando mucho dinero a los guardias para que lo dejasen pasar, les dio la absolución y la Sagrada Comunión. Justa falleció esa noche.

Al día siguiente, iban a ser llevadas al anfiteatro para luchar con los leones, y morir entre sus garras. Como una estaba muerta, el Pretor mandó salir a Rufina, que estaba tranquila y serena, y que caminó con paso seguro y firme hacia el centro de la arena, donde se postró de rodillas y, elevando el rostro al cielo, hizo fervorosa oración. El león, hambriento, se acercó a ella, pero una vez a su lado se puso a lamer sus pies. El público, indignado, pidió su muerte, y el verdugo cortó su cabeza: tenía 18 años.

El obispo Sabino recogió sus restos por la noche para darle cristiana sepultura en el cementerio de los cristianos, donde también había enterrado a su hermana. Este cementerio estaba en el mismo sitio donde está hoy la iglesia de los PP. Capuchinos de Sevilla, en la llamada Ronda de Capuchinos. En este mismo lugar hubo antiguamente un templo más pequeño que llamaban "La Basílica de las Santas Justa y Rufina", y cuenta la tradición que el obispo San Leandro, muy devoto de las Santas, lo visitaba asiduamente. Como el templo era pequeño y estaba ruinoso, lo mandó reconstruir mayor, y puso en la fachada una inscripción en latín que decía: «Esta es la casa de las santas vírgenes Justa y Rufina».

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