Madrid, 19 de enero de 2026.
Queridos hermanos y amigos sacerdotes:
Queda ya poco para que tengamos la oportunidad de encontrarnos en la convocatoria de la asamblea presbiteral Convivium.
Agradezco de corazón a quienes ya habéis respondido, a quienes habéis acogido el camino interior propuesto y a quienes participáis en los diversos encuentros preparatorios.
Y precisamente ahora, que comenzamos a vislumbrar el horizonte del encuentro, es también un momento oportuno para llamar a la puerta de quienes aún no se han animado a responder: hermanos sacerdotes que, entre múltiples tareas, responsabilidades y preocupaciones legítimas, todavía no han encontrado el momento o la claridad para dar este paso.
I.- Estoy seguro de que en todos nosotros sigue resonando aquel primer «Ven y sígueme» (Mc 1,17) con el que el Señor salió a nuestro encuentro. Esa llamada no fue solo un impulso íntimo ni una decisión aislada: fue —y sigue siendo— una voz que nos llegó a través del testimonio de otros, del ejemplo concreto de hombres y mujeres creyentes y, muy especialmente, de sacerdotes que nos ayudaron a descubrir el rostro del Buen Pastor y a configurar nuestra vida con la suya. Así la vocación se ha ido tejiendo mediante una red de relaciones eclesiales que elegimos o que algunas veces nos vienen regaladas.
Quisiera que ahora el eco de esa voz vuelva a resonar de forma nueva por medio del presbiterio diocesano y de la comunidad cristiana en este Convivium. Que cada sacerdote pueda percibirla viva y eficaz porque, con el paso del tiempo, la voz que nos llamó se convierte en un eco cada vez más claro de la voz misma del Señor. Responder a esa llamada es acoger, una y otra vez en lo concreto, el principio de la unidad interior con Cristo, sin la cual la vida apostólica corre el riesgo de fragmentarse. Como afirma el Concilio Vaticano II, «los presbíteros no podrían cumplir dignamente su misión si no permanecieran unidos a Cristo con íntima amistad» (Presbyterorum ordinis, 14).
Si juntos aprendemos a no fijar la mirada únicamente en nuestras tareas, en la multiplicidad de compromisos o en la eficacia de la acción pastoral, sino a mirar a Jesucristo, entonces nuestro ministerio crecerá y hará crecer a la Iglesia.
La mirada común a Cristo nos abre, como consecuencia inmediata, a la fraternidad de quienes también han escuchado la llamada. Es por eso que la pertenencia al presbiterio no es un acto administrativo, sino que se enraíza en la misma ordenación sacerdotal. No es un añadido externo ni una opción secundaria, sino una dimensión constitutiva de nuestro ser presbíteros. Por eso, como enseña el Concilio, «todos los presbíteros, en cuanto constituyen un solo presbiterio, están unidos entre sí por vínculos íntimos de fraternidad sacramental» (Presbyterorum ordinis, 8). No se trata solo de un ideal inspirador o de un eslogan pastoral, sino de un ámbito concreto de conversión y compromiso, que requiere ser vivido con renovado vigor.
Nos recuerda Pastores Dabo Vobis que «no hay auténtico ejercicio del ministerio sacerdotal sin comunión efectiva con el propio presbiterio» (n. 74). Esta comunión no es solo efectiva, sino también afectiva: se expresa en la presencia, en la participación y en la corresponsabilidad.
Gracias al presbiterio escuchamos hoy la llamada del Señor en este momento histórico concreto de nuestra Iglesia diocesana. Esto supone la humildad de reconocer que el Espíritu Santo es quien va por delante, quien prepara los caminos y nos precede en la misión. A nosotros se nos pide ahora confianza, disponibilidad interior y la capacidad de discernir —personal y comunitariamente— ocupaciones, tiempos y dedicaciones.
II.- Queridos hermanos, deseo de corazón que esta asamblea Convivium sea un signo visible de este camino que, con el Espíritu al frente, estamos llamados a recorrer. En él, cada uno de vosotros es parte insustituible. Somos un presbiterio amplio, rico y diverso y, precisamente por eso, estamos llamados a vernos, a dialogar con paciencia y a aprender a trabajar juntos al servicio de la Iglesia que peregrina en Madrid. El Concilio Vaticano II nos recuerda que la Iglesia «es, en Cristo, como un sacramento, o sea, signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano» (Lumen gentium, 1); esta vocación a la unidad comienza siempre por quienes estamos llamados a servirla.
Por ello, no convocamos simplemente una reunión, sino un camino presbiteral que tiene como un paso más el encuentro fraterno de la asamblea.
Ahora permíteme que te invite de manera especial, como obispo, a participar junto a tus hermanos y a inscribirte, si aún no lo has hecho. Sabes bien, por la experiencia de tu pastoral y de tu comunidad, cuánto bien hacen los momentos en los que todos nos reunimos para celebrar y reconocernos como un solo cuerpo. Sé que existen muchas tareas y demandas; siempre las habrá. Pero te invito a orar y a discernir esta llamada que la Iglesia te dirige a través del presbiterio al que perteneces y al que estás unido sacramentalmente.
Si eres sacerdote religioso, mi invitación es igualmente explícita y agradecida. Participáis de la vida diocesana y, mediante vuestro envío pastoral, quedáis incorporados a la misión de la Iglesia particular desde el carisma que habéis recibido. Vuestra presencia enriquece y sostiene la pastoral diocesana con una pluralidad que es don del Espíritu. Por eso, os invito a venir, a escuchar y a caminar con vuestros hermanos como signo de una participación efectiva y afectiva en este presbiterio diocesano. La diócesis de Madrid necesita vuestra voz y vuestra presencia para el bien de todos.
Si eres del clero diocesano y aún no te has inscrito, habla y contrasta con tus hermanos sacerdotes. Déjate acompañar, deja que ellos te animen y, desde ahí, reordena prioridades y tiempos. La construcción del presbiterio necesita de tu presencia. Este es tu momento para dar un paso. Inscríbete y reconoce este encuentro como algo importante, excepcional y necesario, porque la fraternidad sacerdotal a la que perteneces lo es.
Necesitaremos tu presencia para seguir caminando juntos en este proceso de hacer Iglesia y para discernir, unidos, lo que el Espíritu pide hoy a la Iglesia que peregrina en Madrid. Y necesitamos que animes apostólicamente a tus hermanos sacerdotes, los de tu equipo sacerdotal, los de tu comunidad religiosa. Sé eco de la llamada de la Iglesia para ellos.
III.- Te pido que participes de manera continuada en el encuentro, todo el día 9 de febrero y la mañana del 10, en lugar de una forma de participación “intermitente”, que seguro la “sufres” en muchos de los encuentros parroquiales y ya sabes cómo los dificultan.
Entre las cuestiones prácticas que se presentan está la celebración de la eucaristía durante ese día. Será un momento excepcional, en el que el pueblo de Dios necesita atención pastoral, pero también el presbiterio diocesano requiere la presencia de todos sus sacerdotes. Como sucede en la misa crismal, queremos subrayar la importancia de este encuentro y pedir a nuestras comunidades que lo comprendan, animen a sus sacerdotes a participar y los sostengan con su oración.
Ante un encuentro tan excepcional, te pido que no celebres la eucaristía en tu parroquia o comunidad a la misma hora que se celebra en la catedral con todo el presbiterio reunido. Sería un signo poco constructivo de comunión de cara al pueblo de Dios que acompañamos. Busca alternativas celebrando a otras horas o animando a que los laicos de la comunidad asuman responsabilidades y dispongan ese día una oración o celebración de la Palabra. En muchos lugares hay consagradas o agentes de pastoral instituidos que también pueden preparar una celebración según el ritual de celebraciones extraordinarias en ausencia de presbítero.
La celebración de la eucaristía en la catedral el 9 de febrero a las 19:30h, abierta a todo el mundo, puede ser una ocasión providencial para que el pueblo de Dios acompañe a sus sacerdotes y participe activamente en esta convocatoria diocesana.
Doy gracias al Señor, que camina siempre con su pueblo y no deja de llenar nuestros corazones de esperanza y de paz, y le pido que este encuentro sea un paso más en ese camino, para que seamos una Iglesia unida, signo de comunión y fermento de reconciliación para el mundo.
Querido amigo sacerdote, gracias sinceras por tu ministerio, nos vemos en breve en Convivium.
Un abrazo fraterno.
