Madrid, a 22 de enero de 2026
Queridos hermanos y hermanas:
Un año más, nuestra Iglesia en Madrid se une con gratitud y esperanza a la Campaña de Manos Unidas, que celebra su 67ª edición. No sólo con motivo de esta campaña, sino a lo largo de todo el año, vuelve a resonar la llamada del amor de Dios que nos precede y nos sostiene, y que, en Cristo —hecho carne y carne pobre—, ilumina nuestra mirada para reconocerle presente en el que padece hambre; resumen de tantas injusticias que pueblan nuestro mundo.
El lema elegido ha sido: “Declara la guerra al hambre”. Una forma de hablar, tristemente muy actual, pues no dejamos de oír noticias sobre conflictos bélicos, presentes o posibles. Sin embargo, en este caso, la palabra “guerra” simplemente pretende convertirse en una llamada urgente a movilizar lo mejor de nosotros mismos: la conciencia, la solidaridad y la fraternidad. Una llamada para que cada uno discierna qué puede hacer para acabar con el hambre; esa lacra que hiere la dignidad humana y contradice igualmente el designio de Dios, que creó la tierra para que, gracias a sus frutos, tuviéramos lo necesario para alimentarnos y vivir.
El hambre, además, es, como bien sabemos, consecuencia de la desigualdad, de la exclusión, de conflictos olvidados, del deterioro de las condiciones de vida de comunidades enteras y del abandono de los más vulnerables. Por eso, trabajar contra el hambre es también trabajar por la justicia, por la promoción humana y por la paz. Con razón se ha dicho que combatir la pobreza es construir la paz.
“Manos Unidas”, organización nacida en Madrid gracias a un grupo de mujeres de Acción Católica, y que llega a todos los rincones de nuestro mundo, nos invita a tomar parte activa en esta guerra, en este compromiso. Lo hace poniéndonos delante una simple cuchara: instrumento cotidiano para comer, simple y sencillo; y, al mismo tiempo, signo de lo esencial y de la dignidad de toda vida humana. Se trata de una imagen que nos habla de que, con muy poco, podemos hacer mucho; y que, aunque seamos también pobres y tengamos pocos recursos a nuestro alcance, podemos realizar grandes empresas. Basta que estemos dispuestos a compartir, sabiendo que Dios multiplicará nuestro pequeño gesto. Los que trabajan en Manos Unidas lo saben bien, y con el ejemplo de su generosidad nos invitan a ser generosos.
Unido —y agradecido— a cada una de las personas que, día a día, con su entrega y su esfuerzo, renuevan el milagro de la multiplicación de los panes y los peces, os invito a participar, el viernes 6 de febrero, en la jornada del Ayuno Voluntario. Un gesto sencillo que nos permitirá acercarnos a lo que viven aquellos que cotidianamente no tienen lo suficiente para alimentarse a sí mismos ni a sus familias; un gesto que nos permitirá sentir nuestra propia fragilidad y pobreza, y nos hará más solidarios con los desfavorecidos de nuestro mundo. Un gesto que, asimismo, se convertirá en súplica al Padre de todos, para que el mundo se parezca más a lo que soñó cuando lo creó.
Ojalá que la celebración eucarística del 8 de febrero, V domingo del Tiempo Ordinario, donde escucharemos al profeta Isaías proclamar: “Parte tu pan con el hambriento”, disponga nuestro corazón a acoger una vez más la luz de la Palabra; e iluminados por ella, en Cristo, nos convirtamos en faro que alumbre la esperanza en todos los hambrientos y necesitados de este mundo. Sólo así podremos vivir coherentemente la vocación a la que Cristo nos llamó de ser sal y luz para el mundo.
Confiando en la intercesión amorosa de nuestra Madre, la Virgen de la Almudena, os bendigo con todo mi afecto.
+ Jose Cobo Cano
Cardenal arzobispo de Madrid
