Vivimos con miedos continuos
Tenemos la impresión de que vivimos tiempos inciertos. Cambian las tecnologías, cambian las relaciones sociales y se tambalean seguridades que durante años parecían firmes. Muchas personas experimentan una inquietud profunda: no saber bien dónde apoyar el corazón.
Por eso resuena con tanta fuerza el Evangelio de hoy. Jesús repite hasta tres veces: «No tengáis miedo». No es una invitación ingenua. Jesús conoce las dificultades de sus discípulos y sabe que seguir el Evangelio no siempre resulta fácil. Pero, precisamente por eso, les invita a levantar la mirada y descubrir que, más allá de las dificultades inmediatas, la historia sigue estando en las manos de Dios. Y que Dios, cuando estamos juntos, se pone de nuestra parte para defender su causa.
Quizá esta sea también una de las grandes llamadas que hemos recibido durante estos días con la visita del Santo Padre León XIV a Madrid. Su lema era sencillo y profundo: «Alzad la mirada». Y muchos respondisteis a esa invitación saliendo de la comodidad para mirar más alto. Hemos visto alegría, entusiasmo, generosidad y una esperanza compartida que necesitábamos redescubrir en medio de tantos miedos.
El Papa nos ha ayudado a levantar los ojos y, al hacerlo, también a encontrarnos con lo mejor de nosotros mismos, sacando a la luz la capacidad de entrega de tantas personas, el compromiso de la Iglesia y la colaboración de tantos. Por encima de la polarización, de las palabras que dividen, del miedo y la indiferencia, hemos vuelto a descubrir que somos pueblo de Dios. Y que cuando alzamos la mirada, Dios sigue actuando en medio de la historia.
Ahora es tiempo de hacernos la pregunta: ¿qué hacemos con todo lo vivido?
Estos días pueden quedar en nuestra memoria como algo hermoso que pasó; o pueden convertirse en una semilla fecunda para cada uno de nosotros y para nuestra Iglesia.
Para que sea semilla y no solo un evento, necesitamos hacer lo que hizo María: guardar lo vivido en el corazón y meditarlo. No dejemos pasar esta oportunidad. Hagámonos en nuestras comunidades, grupos y parroquias una pregunta sencilla y decisiva: ¿qué nos ha dicho Dios estos días? ¿Por dónde hemos visto el paso de Dios?
Será importante releer los mensajes del Santo Padre, pero también atrevernos a desmenuzar cómo Dios ha pasado por nuestra vida y por nuestra Iglesia; dejando su huella en tantas personas, encuentros y gestos de gracia. Solo así lo vivido dará fruto.
Si alzamos la mirada para escuchar el paso de Dios, escucharemos de forma nueva lo que Jesús nos dice hoy: «Lo que os digo de noche decidlo en pleno día; y lo que escucháis al oído proclamadlo desde las azoteas». Es el momento de dar nuevos pasos de fe.
Hemos experimentado que la fe crece cuando se da, cuando se ofrece. La fe no es un secreto que guardar. Es una buena noticia que compartir y hemos de ponernos en marcha para emprender formas de anunciar y de proclamarla y transmitir la fascinación de creer en Dios.
Si nos atrevemos a escuchar lo que Dios nos ha dicho estos días, si acogemos esta siembra de Dios, entonces surge la pregunta: ¿Qué parte de responsabilidad estamos dispuestos a asumir en la vida de la Iglesia?
Hemos contemplado un rostro hermoso de Iglesia: diverso, alegre, unido y capaz de caminar juntos. Allí León XIV nos recordó que nadie camina solo, pero tampoco nadie puede permanecer como espectador. Todos somos necesarios.
Por eso, la visita del Papa nos ha invitado a dar pasos de compromiso e implicación en nuestra parroquia o comunidad. Pero nos ha puesto un horizonte aún más alto: nos ha urgido a sentir como propia la misión de toda la Iglesia diocesana. A comprender que formamos parte de una historia más grande que nuestros grupos o proyectos particulares; tal como lo hemos expresado estos días.
Por eso se nos ha llamado a ser «constructores de vínculos» y a restaurar «el lenguaje universal de la comunión». Ahora es el momento de ver cómo lo haremos con gestos y procesos concretos que acogeremos el próximo curso.
Si leemos el paso de Dios, comprobaremos que una de las imágenes más elocuentes de esta visita fue la procesión del Corpus recorriendo las calles de Madrid. Cristo-Eucaristía saliendo al encuentro de la ciudad y recordándonos que la Eucaristía nunca termina en el templo, sino que está orientada a las calles.
Y es que no podemos arrodillarnos ante el Señor y pasar de largo ante quien sufre, como se nos dijo. No salimos de este momento sin ser convocados a escuchar de nuevo el clamor de quienes viven en los márgenes de nuestra ciudad: quienes buscan una oportunidad, quienes padecen soledad, quienes no encuentran vivienda, quienes atraviesan dificultades familiares o económicas. Y, especialmente, estamos convocados a acoger el reto de las migraciones en nuestro entorno con las claves que el Papa nos ha dado.
Si lo vivido estos días nos lleva a una fe más compartida, a una Iglesia más comprometida y a una mayor cercanía con los más vulnerables, entonces esta visita habrá sido mucho más que un acontecimiento. Habrá sido una verdadera siembra de Dios en medio de nosotros.
Y si leemos el paso de Dios —y este es el sentido de esta Eucaristía—, sale de nosotros una gran acción de gracias. Es la que presentamos hoy con nuestras ofrendas para que el Señor la acoja.
Gracias a Dios, en primer lugar, por el regalo que ha supuesto la visita del Santo Padre y por la siembra que ha realizado en nuestra Iglesia.
Gracias al Papa por posibilitar que nos hayamos reconocido de nuevo como Pueblo de Dios, y poder descubrir que el Señor sigue caminando con nosotros.
Gracias por poder experimentar la alegría de sentirnos parte de una comunidad mucho más grande que nosotros mismos.
Y, junto a la acción de gracias a Dios, quiero expresar también nuestro agradecimiento a tantas personas que han hecho posible esta visita.
Gracias a las instituciones públicas, al Ayuntamiento, a la Comunidad de Madrid y a los distintos organismos y servicios que han colaborado con generosidad para que todo pudiera desarrollarse con normalidad.
Gracias a las fuerzas y cuerpos de seguridad, a los servicios de emergencia, a quienes han trabajado muchas horas lejos de los focos para cuidar cada detalle.
Gracias también a los benefactores y colaboradores que, con discreción y generosidad, han puesto sus recursos al servicio de esta misión común. La Iglesia siempre avanza gracias a muchas personas que sostienen silenciosamente la obra de Dios.
Y, cómo no, gracias a los miles de voluntarios de todo tipo que han regalado su tiempo, su esfuerzo, hasta los que han gastado sus vacaciones en esto.
Hemos visto estos días una Iglesia con rostro de servicio. Jóvenes y mayores, familias, sacerdotes, consagrados y laicos que han entendido que evangelizar muchas veces consiste simplemente en estar, acoger, orientar, escuchar o ayudar.
Gracias a quienes han participado en los actos, a quienes han llenado nuestras plazas y templos, a quienes han seguido las celebraciones desde sus casas, a los enfermos y personas mayores que han ofrecido su oración, y a tantos monasterios contemplativos que han sostenido espiritualmente esta visita. Quizá muchos de ellos no aparezcan en ninguna fotografía, pero forman parte esencial de lo que hemos vivido.
Gracias a los que habéis desatascado problemas, a quienes habéis puesto la voluntad de Dios y la Iglesia por encima de vuestros intereses. A quienes os habéis sacrificado y soportado dificultades y problemas, pero habéis respondido desde criterios del Evangelio y de la sinodalidad.
Gracias a los que habéis llevado la Comisión Ejecutiva: don Vicente, Yago y Laura, Fernando, José María, Paula, y todos los coordinadores que teníais detrás.
Porque si algo hemos aprendido estos días, es que la Iglesia se construye cuando cada uno aporta lo que tiene. Todos formando parte de una misma misión que nos descentra y nos capacita para lo importante: dar a conocer a Cristo en medio de nosotros.
Por eso, el mejor agradecimiento que podemos ofrecer ahora no es sólo recordar lo vivido, sino asumir la responsabilidad de hacerlo fecundo. Que esta visita no quede reducida a una hermosa página de nuestra historia reciente. Que se convierta en una llamada renovada a servir, a evangelizar y a caminar juntos como Iglesia diocesana, como una Iglesia que sirve.
No tengáis miedo a anunciar el Evangelio.
No tengáis miedo a servir.
No tengáis miedo a dialogar con el mundo.
No tengáis miedo a abrir las puertas.
No tengáis miedo a construir puentes.
No tengáis miedo a comprometeros con vuestra Iglesia.
No tengáis miedo a asumir responsabilidades en vuestra comunidad y en vuestra diócesis.
Porque el Señor sigue acompañando a su pueblo y sembrando su presencia. Y porque, cuando levantamos la mirada, descubrimos que la esperanza tiene siempre la última palabra.
