Homilías

Lunes, 28 septiembre 2026 10:13

Homilía del cardenal José Cobo en la Eucaristía de inicio de curso en el Seminario Conciliar de Madrid (16-09-2025)

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Homilía del cardenal José Cobo en la Eucaristía de inicio de curso en el Seminario Conciliar de Madrid (16-09-2025)

Empezamos un nuevo curso, que viene acompañado de horarios, de estudios, de cambios, de responsabilidades, de personas que llegan. Esto forma parte de nuestra vida y de la vida del Seminario.

¿Qué quiere Dios de nosotros?

Una vez más, siendo dóciles a lo que nos dice, nos ponemos delante de la Palabra. Y nos ponemos delante para hacerle la gran pregunta: ¿Qué quiere Dios de nosotros para este curso? O, dicho de otra manera: ¿Cómo cada uno de nosotros, estemos donde estemos –como formadores, como profesores, o como la comunidad que atienden al seminario–, en cualquier etapa y procedente de cualquier diócesis, queremos dejarnos formar por Dios, queremos que Dios nos forme y queremos que Dios nos conforme?

San Pablo nos dice una palabra fundamental para el principio de curso: os voy a mostrar el camino más excelente. No va a decir una receta ni una aplicación a la que tenemos que responder, ni siquiera un código. Se trata de un camino, y eso es precisamente el seminario. No es una carrera que hay que terminar, no son unos cursos, como en la universidad, que hay que aprobar; ni siquiera es un tiempo de preparación para lo que venga después.

El seminario es un camino, es parte de un camino, es parte de la acción de Dios en nuestra vida y en nuestra Iglesia. Y Pablo, sabedor de lo qué significa esto del camino y cómo cualquier etapa del camino queda ensamblada en el gran camino del discipulado, nos recuerda que cada uno de nosotros tiene carismas y dones.

Dones para construir comunidad

Cada uno de nosotros ha sido bendecido por cosas que el Señor nos ha dado, pero no son para nosotros son para construir la comunidad, construir desde nuestros dones. El don, el carisma, es parte de una construcción. Y Pablo nos dice: podéis ser los mejores seminaristas, podéis hablar muy bien, podéis tener incluso la fe más grande de toda la Cristiandad, pero si falta el amor, es tiempo perdido.

Si falta el amor, se convierte en pasar cursos y entonces aparece la queja, la crítica, la repetición; y cada inicio de año nos parece igual que el principio del año pasado. Es un precioso regalo decirnos que este curso, como cada camino, como parte de este camino, tiene una dirección: ahondar en el amor. Podemos avanzar en muchas cosas, pero si no empezamos el curso en la disposición de amar, de dejarnos amar y de conocer el misterio del amor, no estaremos dispuestos a iniciar nuestro curso. Podemos tener muchos recursos, pero si falta el amor, si falta la dirección, todo lo demás se cae y este curso será un curso más.

Una buena disposición al comienzo del curso, juntos, con todos los que forman parte de esta familia del Seminario, con tanta gente que está a nuestro alrededor, quizá es aprender el sentido del amor, que tiene un rostro y tiene una forma determinada: aprender a amar como Cristo ama a su Iglesia. Al principio del curso, pedir que nuestro corazón, nuestra vida, nuestra inteligencia, ahonden para aprender a amar como Cristo ama a su Iglesia.

Caminar en el amor

Nuestra vocación y nuestra llamada, estar aquí y formar parte de este camino, no es simplemente decir qué me pide Dios a mí, y simplemente empezar este curso con una historia entre Dios y yo. Hay un momento en la vida en que, después de haber oído aquello de «ven y sígueme», después de haber trazado esa historia personal con el Señor, tenemos una honda misión gracias al amor: Dios nos llama a hacer este camino, en forma de amor, siempre mirando a otros, caminar con nuestro pueblo y dentro de nuestro pueblo.

Por eso, una de las preguntas más importantes al comenzar este curso, no es simplemente: «Señor, ¿qué quieres de mí?»; tendremos que aprender a añadir la pregunta: «Señor, ¿qué quieres de nosotros?». Y cómo mis dones, cómo mis carismas, nos ayudan juntos a responder a esa pregunta. Porque tendremos que hacerlo como Iglesia, tendréis que hacerlo en vuestras comunidades cristianas, donde estáis de pastoral, y tenéis que hacerlo en vuestras comunidades formativas: «Señor, ¿qué quieres de nosotros?».

El amor tiene un proyecto para nosotros, porque también la comunidad es parte de nuestra vocación. La gente que Dios ha puesto en nuestro camino –desde los formadores hasta la comunidad que nos acompaña, hasta nuestras parroquias con los lugares de formación– no son añadidos en la formación, son parte de la formación. Todas las personas que se entrelazan en nuestra vida forman parte de esa vocación y ellos nos configuran; ellos nos forman y son instrumentos para aprender el significado del amor de Dios.

Lugares para aprender a amar

Las comunidades donde vivís, las comunidades donde sois enviados, no son simplemente detalles para prepararnos, para aprender dinámicas o técnicas, son fuentes e instrumentos de nuestra vocación. Son el lugar donde aprendemos a amar y donde aprendemos a ser amados. Quien nos va a configurar es desde la señora de la parroquia hasta el formador, desde alguien que nos encontramos en el seminario hasta un compañero que nos habla. Son instrumentos de nuestra formación.

Así, la convivencia, las relaciones, la capacidad de escuchar, de dejarse ayudar, de trabajar por los otros, es el lugar donde Dios va modelando el corazón del futuro sacerdote, donde Dios va trabajando este camino y por donde Dios nos va configurando. Porque, en definitiva, son las escuelas de amor que Dios va poniendo en nuestra vida. Allí, con toda esa gente –que es el pueblo de Dios que nos está formando y configurando– aprendemos que el amor es paciente, es servicial, no busca su interés, no lleva cuentas del mal, se alimenta con la verdad, espera y todo lo soporta.

Al comienzo de curso podríamos reflexionar sobre la suerte que tenemos: el que hay tanta gente que está haciendo esto en mí; que va haciendo, año a año, esta verdad en mí. Y lo hace no simplemente para que sea mejor, sino para que me confirme en el amor de Jesús y para que aprenda cómo Jesús ama a su Iglesia.

Aprender a descentrarnos

Pero este amor exige además no ponernos en el centro. Jesús en el Evangelio también nos advierte sobre la tentación de estar cada uno a lo suyo, del que nada nos parezca bien. Cuando yo me coloco en el centro, lo que hace Dios lo miro por mis ojos y a mi ritmo, y no al ritmo de Dios. El amor nos enseña a descentrarnos. El amor nos enseña a ver cómo habla Dios y a acompasar nuestro corazón al ritmo de Dios. Cuando yo no me acompaso, cuando yo me pongo en el centro, quiero que Dios se acompase a mí, no acompasarme a Dios.

Estar en el seminario y entrar en este camino discipular de amor nos lleva a descentrarnos y a ponernos en sintonía al principio del curso con el sonido de Dios. La pregunta es cómo hago un paso de mi corazón a lo que Dios va sonando y no al revés; cómo hago un paso en mi corazón a lo que la comunidad me va marcando y no al revés; cómo reconozco y aprendo a reconocer el ritmo y el paso de Dios para adaptarme a Él y no adaptarlos a todos a mí, porque entonces me despego de las pautas del amor y me convierto en el centro del mundo.

Para eso será necesario el aprender a discernir o, dicho de otra manera, aprender a desmontarnos en todo momento. Discernir y desmontarnos continuamente a lo que está haciendo Dios ahora, no lo que yo quiero que haga, sino qué es lo que está haciendo ahora, por dónde está haciendo, qué nos está diciendo a través de las personas que están con nosotros, qué es lo que nos está marcando ahora mismo.

Para eso necesitamos comenzar el curso renovados con una espiritualidad muy atenta al ritmo de Dios, al ritmo de nuestros compañeros, de la gente que está caminando con nosotros, porque son los que nos van a decir cuál es el sonido de Dios y son los que nos van a pedir que nos acompasemos al ritmo de Dios. La historia, nuestras comunidades, la gente que tenemos a nuestro alrededor. se convierte en el lugar y en el instrumento para escuchar cómo Dios está sonando en este momento de nuestra vida, en este camino que hemos empezado.

Discernir y oír el ritmo de Dios

La pregunta necesaria al principio del curso es si estamos aprendiendo a escuchar o solamente queremos responder, ser los primeros en responder y decir las cosas bien. No se trata de decir las cosas bien, se trata de escuchar y aprender a discernir y a oír el ritmo de Dios.

Los sacerdotes que necesitará Madrid, los sacerdotes que necesitará cada una de las diócesis de las que venís, no pueden ser simplemente los que se lo saben de todo, ni los que tienen mejor currículo. Son aquellos que sean capaces de escuchar el ritmo de Dios y de decírselo a la gente. Son aquellos que son expertos en discernir, en trabajar con otros, en ponerse y sincronizarse con los demás, en generar comunidad y en reconocer y ayudar a reconocer por dónde Dios está sonando y qué música está sonando en este momento.

Jesús nos dice: no os encerréis tanto en vuestros esquemas, sino abriros al horizonte que el amor de Dios está poniendo en nuestro camino. Este es el objetivo de este curso: caminar sabiendo dónde está el amor y aprendiendo el ritmo y el sonido del amor; estará a través de la vida de la comunidad, a través de las celebraciones, a través de la oración y a través de todo el mundo de Dios que está cambiando con vosotros. Por eso, demos gracias a Dios por esta comunidad del Seminario.

Este año en la diócesis queremos seguir alzando la mirada hacia el amor de Dios, pero hacerlo juntos. Aprender no solo a que cada uno alce la mirada, sino que podamos alzar juntos la mirada para escuchar en las mismas direcciones y para enfocar en los lugares donde Dios nos está llamando.

Gracias por ser parte de este camino, gracias por pertenecer a esta comunidad que quiere ahondar en el sentido del amor. Y gracias a toda la gente que, de una u otra forma, forma parte de esta comunidad porque está comprometida con el proceso de formación y porque, en definitiva, es el dedo de Dios que os va conformando y os va llevando a ser nuevos discípulos.

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