Homilías

Miércoles, 15 julio 2026 09:50

Homilía del cardenal José Cobo en la Eucaristía en la Parroquia Santo Domingo de la Calzada – Cañada Real (12-07-2026)

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Bienaventurados vosotros porque veis lo que veis y porque oís lo que oís.

Todavía conservamos muy viva la visita del Papa León XIV a nuestra diócesis. Quiso comenzar su peregrinación en un barrio sencillo y en un centro de Cáritas (CEDIA) dedicado a las personas sin hogar. Con aquel gesto nos recordó que en nuestras ciudades hay muchas ciudades; que existen lugares donde las dificultades se viven con mayor intensidad y donde el sufrimiento no puede quedar oculto ni convertirse en paisaje. El Evangelio nunca nos permite acostumbrarnos a la pobreza ni volvernos insensibles ante el dolor de tantos hermanos.

Desde esta parroquia de Santo Domingo de la Calzada, en el Sector 6, una de las casi quinientas parroquias de la Iglesia de Madrid, queremos abrir también esa ventana para contemplar la vida a la luz de la Palabra. Porque precisamente desde aquí, desde quienes tantas veces sois olvidados, contemplamos el mundo con más verdad. Nos ayudáis a descubrir un mundo donde conviven el sufrimiento y la esperanza, el esfuerzo silencioso de tantas familias y el deseo de una vida mejor.

Cada domingo la Iglesia se reúne aquí con vosotros para celebrar la Eucaristía. Aquí vive Cristo; aquí reza y crece una comunidad cristiana que es el rostro de Jesús en medio de La Cañada. Por eso, os traemos también el abrazo y la oración de toda la diócesis, porque en la Eucaristía todos formamos una sola familia.

El Evangelio comienza diciendo que Jesús salió de casa y se sentó junto al lago. No esperó a que la gente fuera a buscarle; Él fue donde estaba la vida, donde estaban las heridas y las esperanzas de las personas. También hoy se acerca a La Cañada, a nuestras familias, a quienes viven la enfermedad, el desempleo o la exclusión. Y donde otros ven pobreza o abandono, Jesús ve hijos e hijas de Dios llamados a la esperanza.

Entonces comienza a contar una historia muy sencilla: un sembrador que salió a sembrar.

Jesús no empieza hablando de las malas hierbas o las dificultades, sino de un sembrador. El Evangelio siempre comienza por lo que Dios hace, antes que por nuestros límites o nuestras dificultades.

Y nos presenta a un sembrador que no selecciona el terreno antes de sembrar. No dice: «Aquí merece la pena y allí no». Esparce la semilla por todas partes. Incluso podría parecer poco prudente, pero así es Dios. No calcula dónde amar más o menos. No reparte su gracia según el código postal, la nacionalidad, la situación administrativa, la economía o la historia de cada uno. Nadie queda excluido de su amor.

La primera noticia del Evangelio no es que nosotros tengamos que dar fruto. La primera noticia es que Dios sigue confiando en nosotros antes incluso de que aparezca el fruto. Todo comienza por esa confianza.

Y esta es una gran noticia. Porque muchas personas han escuchado demasiadas veces que no sirven, que no valen o que nunca cambiarán las cosas, que son un problema. El Evangelio dice exactamente lo contrario: Dios sigue creyendo en vosotros y quiere devolveros la esperanza que nadie puede arrebatar.

La pregunta no es si Dios continúa sembrando. La pregunta es qué hacemos nosotros con esa semilla.

Jesús habla de cuatro tipos de terreno. En realidad, todos llevamos un poco de cada terreno en el corazón. Hay momentos en que nuestro corazón se endurece. Después de tantos golpes, de tantas promesas incumplidas, de tantas decepciones, uno levanta muros para no sufrir más. Entonces la Palabra rebota porque el dolor ha cerrado la tierra y uno se vuelve ácido y escéptico.

Otras veces recibimos el Evangelio con alegría, pero enseguida llegan los problemas, las preocupaciones, la falta de trabajo, la enfermedad, las adicciones, los conflictos familiares... y la esperanza parece secarse demasiado pronto. Tiramos la toalla y no cuidamos la semilla.

También tenemos zarzas que enredan y hacen daño a quien se acerca a ellas, aunque de lejos parecen hasta bonitas: la violencia, el dinero fácil —aunque sea a costa de la salud y de la vida de otros—, el miedo, la desesperanza, el resentimiento, la soledad o la tentación de dejar de ser buenos. Todo eso acaba ahogando la semilla.

Pero Jesús termina hablando de la tierra buena que también todos llevamos dentro. Quizá alguno piense: "Eso será para otros o estará hablando de otro lugar". No. Precisamente el Evangelio quiere decirnos que cualquier tierra puede llegar a ser fértil cuando se deja trabajar por Dios. La tierra buena no nace perfecta. La tierra buena se cultiva, se riega, se limpia de piedras y se cuida con paciencia. Y, sobre todo, como bien sabéis, se trabaja entre todos.  Como hacéis en esta parroquia.

Nuestra comunidad no está aquí para juzgar terrenos. Está para anunciar la Buena Noticia en medio de La Cañada, para sembrar esperanza, acompañar a quien cae, defender la dignidad de cada persona y crear fraternidad donde otros levantan fronteras. Para recordar que nada ni nadie está definitivamente perdido. Nadie da fruto solo.

Por eso, no olvidamos que para dar fruto en La Cañada y en tantos lugares como este, necesitamos que las administraciones públicas dejen a un lado las diferencias y unan esfuerzos para responder a la realidad de quienes viven aquí.  Os pedimos desde esta parroquia que las administraciones publicas cojáis los aperos del diálogo y la búsqueda creativa del bien común, como recordaba el Papa a nuestros políticos en su largamente aplaudido discurso ante el Congreso de los Diputados.

La Iglesia no permanece en el Sector 6 porque aquí exista un problema social. La Iglesia está aquí porque aquí vive Cristo y porque vosotros sois la presencia de Jesús entre vuestros vecinos. Aquí no solo hay necesidades; la Iglesia descubre talentos, familias que luchan cada día, jóvenes que sueñan, niños que quieren aprender y personas que siguen creyendo que merece la pena hacer el bien.

Vosotros sois las manos de este sembrador para continuar sembrando y recordando que Jesús vive en cada niño que estudia con esfuerzo, en cada anciano, en cada enfermo, en quien busca trabajo, en quien lucha por salir de una adicción, en quien ha llegado buscando un futuro o en quien decide no mancharse las manos con el dinero fácil y la corrupción. Allí donde el mundo solo ve un terreno olvidado, Dios sigue viendo un campo capaz de dar fruto. Y nosotros hoy podemos contemplar brotes verdes por toda La Cañada.

Quizá no podamos resolver todos sus problemas de La Cañada, pero aquí está la Iglesia en vosotros.  Por eso podemos hacer que aquí haya un poco más de Evangelio y un poco menos de olvido. Resulta difícil aceptar que, a tan pocos kilómetros de la Puerta del Sol, persistan condiciones de vida como las que nos rodean.

Hoy Jesús vuelve a sembrar entre nosotros. No pregunta si somos perfectos, solo nos pide que no cerremos el corazón y que permitamos que su Palabra eche raíces, que cuidemos unos de otros.

Dios nunca deja de sembrar. Nunca dice de una persona: «Ya no merece la pena». Nosotros damos a veces a la gente por perdida, pero Dios nunca. Él sigue sembrando esperanza incluso donde solo vemos heridas. Por eso la Iglesia permanece aquí.

Para Dios no existen barrios de segunda ni personas de segunda. Allí donde nosotros ponemos etiquetas, Él pone semillas. Como lo hace en esta parroquia, en Cáritas Diocesana y en tantos proyectos sostenidos por tanta gente buena que cuida los brotes verdes del Reino, haciendo florecer, en medio de tantas dificultades, la fraternidad, la justicia, la paz y la esperanza.

Señor, sigue sembrando en La Cañada tu semilla. Y no permitas que nosotros dejemos de cuidar la tierra que Tú nunca has dejado de amar.

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