Homilías

Martes, 03 noviembre 2026 10:25

Homilía del cardenal José Cobo en la Eucaristía en la Solemnidad de Todos los Santos en el Cementerio de Nuestra Señora de la Almudena (01-11-2026)

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Homilía del cardenal José Cobo en la Eucaristía en la Solemnidad de Todos los Santos en el Cementerio de Nuestra Señora de la Almudena (01-11-2026)

Necesitamos santos que hagan crecer la vida

Hoy volvemos a encontrarnos en este cementerio de la Almudena. Muchos hemos pasado antes por una tumba, hemos llevado unas flores o hemos permanecido un rato en silencio recordando a alguien que fue importante en nuestra vida.

Y quizá nos hemos hecho alguna pregunta: ¿qué queda de aquellos a quienes hemos querido? ¿Qué permanece de su vida cuando ya no están con nosotros?

Hay personas que, aunque hayan muerto hace muchos años, siguen presentes en nuestra manera de vivir. Hoy recordamos sus palabras, nos descubrimos haciendo gestos que aprendimos de ellas y, ante determinadas decisiones, todavía nos preguntamos qué habrían hecho o qué nos habrían dicho.

La vida siempre siembra vida. Algo suyo ha quedado sembrado en nosotros.

La tradición de nuestro pueblo trae hoy y mañana el recuerdo agradecido de quienes nos han precedido. Mañana especialmente rezaremos por ellos, confiándolos a la misericordia de Dios. Pero estos días también reconocemos cuánto bien hemos recibido de tantas personas sencillas. Porque todos somos, en buena medida, fruto de lo que otros han sembrado en nuestra vida.

La primera lectura nos presenta una multitud inmensa, de todos los pueblos, lenguas y naciones. Son quienes han llegado a la presencia de Dios, a esa meta hacia la que también nosotros caminamos. Entre ellos están los santos que conocemos y veneramos, pero también tantos hombres y mujeres cuyos nombres quizá nunca aparecerán en los libros de historia pero que Dios guarda en su corazón.

Y aquí, en medio de este cementerio, nos vienen al corazón tantas personas sencillas que han amado y nos han ayudado a vivir.

Madres y padres que sacaron adelante a sus familias con grandes sacrificios; abuelos que nos transmitieron la fe enseñándonos a rezar y a confiar; personas que cuidaron durante años a un enfermo o permanecieron junto a alguien cuando las cosas se pusieron difíciles.

No fueron personas perfectas. También tuvieron sus errores y momentos de cansancio, pero han sido buena gente. Aprendieron a amar entre dificultades y sembraron algo bueno a su alrededor. Vivieron en nuestras casas, recorrieron nuestras calles, trabajaron con nosotros y se sentaron a nuestra mesa.

A veces, cuando alguien muere, descubrimos mejor lo que significaba su presencia. Reconocemos su paciencia, los sacrificios que hizo sin contarlos, las veces que nos perdonó o nos sostuvo cuando no sabíamos por dónde seguir.

Quizá una de las mejores maneras de honrar hoy su memoria sea atrevernos a mirar la vida desde Dios. Mirar al Padre bueno, dueño de la vida, y preguntarnos qué estamos haciendo con todo ese bien que recibimos, si lo dejamos traslucir o no.

Porque lo que ellos sembraron no puede terminar en el recuerdo, sino en el seno de Dios. Está llamado a seguir creciendo en nosotros si lo ponemos en manos del Resucitado.

«Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!», nos dice san Juan. Y añade: «Ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos».

Aquí está la raíz de nuestra santidad y el horizonte de nuestra esperanza. Somos hijos de Dios. Y el bautismo nos ha incorporado a la vida de Jesucristo. Tenemos toda la vida para desvelar este misterio.

El bautismo es la fuente que nos coloca ante el camino de la vida resucitada: la de los hijos de Dios. A lo mejor lo vivimos como algo que sucedió hace muchos años, pero el bautismo no es solamente un acontecimiento de nuestro pasado. Es una vida que hemos recibido y que está llamada a continuar por el mismo camino del que nos precedieron.

Dios ha puesto en nosotros su propia vida para que podamos llegar a ser plenamente lo que estamos llamados a ser, aprendiendo a vivir como hijos suyos y, por tanto, como hermanos de todos.

La santidad comienza ahí, es el futuro al que estamos convocados cada uno de nosotros. No consiste en convertirse en alguien extraordinario ni en alcanzar una perfección reservada a unos pocos. Consiste en dejar que la vida de Dios vaya creciendo en nosotros, como el bautismo, transformando según el Evangelio nuestra manera de mirar, de querer y de relacionarnos con los demás.

Dios no nos llama a ser santos para apartarnos del mundo. Nos necesita santos precisamente para iluminar con su luz este mundo. La luz de Dios va a llegar a este mundo a través de cada uno de nosotros. Y esto nos hace más plenamente humanos, más capaces de amar, de comprender al otro y de descubrir la alegría de una vida entregada.

Por eso hoy suena con fuerza, desde la Iglesia, el canto de las bienaventuranzas, provocador y siempre nuevo.

Jesús mira a aquella multitud, conoce sus heridas y esperanzas, y les anuncia un camino de felicidad que seguramente desconcertó a muchos. «Bienaventurados los pobres en el espíritu... Bienaventurados los que lloran... Bienaventurados los misericordiosos... Bienaventurados los que trabajan por la paz».

Desde ellas Jesús nos muestra su propia manera de vivir y nos invita a participar de ella. Nos descubre dónde encontrar una vida verdaderamente plena.

Lo provocativo es que esa felicidad no se alcanza a costa de los demás, pivotando la vida sobre cada uno o cada una. Crece cuando nos entregamos, cuando aprendemos a vivir con otros y a procurar también su bien.

Esto es muy distinto a tantas propuestas que escuchamos hoy. A veces parece que lo importante es conseguir nuestros objetivos y asegurar nuestro bienestar, aunque otros se queden por el camino.

Jesús nos muestra otra forma de vivir. Son felices los que saben compadecerse, los que no se acostumbran a la injusticia, los que trabajan por reconciliar y no pierden la capacidad de llorar con quienes sufren.

Quizá hoy, mirando esta ciudad desde este cementerio, deberíamos hacernos una pregunta: ¿qué santos necesita Madrid en este momento?

Necesitamos santos que proyecten las bienaventuranzas de Jesús en nuestras familias, nuestros barrios, los lugares de trabajo, los hospitales y las escuelas.

Personas capaces de construir vínculos donde hay soledad y acompañar a quienes atraviesan dificultades. Jóvenes que descubran que merece la pena entregar la vida por algo más grande que uno mismo. Familias donde se aprenda a querer y a perdonar.

Cristianos que no pasen de largo ante el sufrimiento. Comunidades donde cada bautizado descubra su misión, donde nadie se sienta extraño y todos aporten algo de la vida que han recibido de Dios.

Porque la santidad tiene mucho que ver con esto: hacer sitio a los demás en nuestra vida, incorporarles a nuestra vida y dirigir la mirada a este Dios que siempre nos ilumina.

Estas son las bienaventuranzas que hoy compartimos, y esta es la vida que Jesús nos presenta y que celebramos hoy. Jesús nos invita y nos dice que hoy puede ser el principio de una nueva etapa en nuestra santidad.

Por eso necesitamos santos. Personas que sepan caminar mirando ese horizonte y que, precisamente porque esperan la vida eterna, se comprometan apasionadamente con la vida de los demás.

Hoy damos gracias por todos los santos, por los que conocemos y por tantos cuyos nombres solo Dios sabe. Rezamos por nuestros difuntos, confiándolos a la misericordia del Padre, y renovamos nuestra esperanza en la vida que Cristo nos ha prometido.

Por eso hoy celebramos la Eucaristía, como la celebramos a menudo en cada parroquia y en cada lugar. Aunque no estemos nosotros, siempre se reza por nosotros y por todos aquellos que necesitan luz.

Hoy en esta Eucaristía queremos estar cerca de toda la gente que lo necesita, y agradecemos a todos los que han sido santos que hemos conocido y que, desde Dios, nos siguen diciendo que la vida es eterna, que tenemos esperanza.

Desde Dios, lo único que nos preguntan hoy es: ¿Qué estamos sembrando nosotros y qué estamos haciendo con el bien que hemos recibido?

Caminemos, unidos a los santos, hacia la vida bienaventurada que Dios nos ha prometido. Y mientras avanzamos hacia ella, podemos ir sembrando algo bueno que consiste en ser buena gente, como han sido los que nos han precedido.

Que María, Nuestra Señora de la Almudena, nos acompañe en este camino de santidad. Que nos enseñe a guardar con gratitud lo recibido y que no nos prive de poder mirar dónde vamos: hacia la bienaventuranza de Dios y hacia la felicidad que Dios siempre nos regala, en una vida que nunca terminará.

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